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“Pentecostés: caminos del Espíritu en nuestra carne”

 Homilía en la “Discipulada”, 23 de mayo de 2021

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Hoy es un día de gratitud para los Discípulos, que recordamos nuestra aprobación por la Iglesia en Pentecostés de 2002. La presencia del Espíritu en el origen nos ayuda a ver nuestra historia como un don de Dios, y este es precisamente un nombre que la tradición ha dado al Espíritu. Él es un don especial: el don que nos ayuda a reconocer los demás dones y a acogerlos como tales. Hoy, diecinueve años después de aquella fecha (y treintaicuatro desde la primera aprobación), es ocasión de agradecer aquel descenso del Espíritu sobre nuestras vidas, que se ha expandido poco a poco sobre la gran familia discipular.

¡Pentecostés! Irrupción del Espíritu como viento huracanado y fuego devorador. Valentía de los Apóstoles que predican y unidad de la Iglesia que comparte un solo corazón y una sola alma. ¿Describe esto todo el caudal del Espíritu?

Algo más nos trae el Espíritu para el momento concreto que vive nuestra sociedad y nuestra Iglesia, cuando parece que se calman las olas pandémicas. Pues percibimos la necesidad de reconstruir lo caído y de mantener en pie lo que aún resiste. Y por eso es preciso atender a la paciente acción del Espíritu en el camino de la Iglesia.

Como sucede con todas las personas, conocer al Espíritu es conocer su relato, conocer su paso por el tiempo, recordar sus acciones pasadas e imaginar sus proyectos futuros. Pero, ¿puede el Espíritu tener historia, narración, ritmo temporal?

Sí, puede, en la medida en que se derrama sobre nuestro humilde barro y lo va acostumbrando a seguir sus inspiraciones. En realidad, los Hechos de los Apóstoles no acaban en Pentecostés, sino que siguen adelante, mostrando la acción del Espíritu. Lo que nos asombra, al leer los Hechos, es precisamente la discreción con que Él obra, su gentileza y su guía paciente. El fuego y el viento se hacen brasa y brisa, brasa que arde lenta y brisa que sopla suave. Recorramos algunos momentos de la historia de los Apóstoles que nos revelan quién es el Espíritu y nos enseñan a ser fieles a Él.

El primero tiene por protagonista al diácono Felipe, y narra la evangelización de aquel eunuco, dignatario de la reina de Candaces. Bajaba de Jerusalén a Gaza (camino que hoy evoca tristes imágenes de guerra) e iba leyendo al profeta Isaías, intrigado por conocer quién era el siervo del Señor (Hch 8,26-40). Pues bien, el Espíritu no dijo a Felipe: “haz que se detenga y proclámale el Evangelio”, sino esto otro: “Acércate y pégate a la carroza” (Hch 8,29).

“Acércate y pégate a la carroza”. El Espíritu nos invita a acercarnos y a adaptar nuestro paso al ritmo de los hombres. Nos pide que escuchemos atentamente, y que suscitemos la pregunta que habita en el corazón de ellos. Es una pregunta que tiene que ver con el origen, pues la profecía es una promesa antigua, sembrada en nosotros desde el principio, y que anticipa ya el futuro.

Querríamos, como Discípulos, escucharos hablar de los dones que Dios os ha confiado, y así apuntar el camino de su plenitud desbordante, del mismo modo que Cristo llevaba a plenitud aquella palabra de Isaías sobre el varón de dolores, como cordero llevado al matadero. Y que vosotros, padres y maestros, compartieseis también el don de saber acercaros a la carroza de vuestros hijos, reconociendo los dones y ayudándoles a ver cómo Cristo es su plenitud.

Solo se puede decir: “Jesús es Señor” en el Espíritu Santo, nos ha recordado la primera lectura (1Cor 12,3). Es verdad que la fórmula, en sí misma, pueden pronunciarla hasta los demonios, que no tenían Espíritu. Pero san Pablo quiere decir: sólo en el Espíritu, en el amor que nos liga a Cristo y a su Iglesia, es posible reconocer a Jesús como Señor, es decir, como quien lleva a su colmo todas las promesas y deseos que percibimos en nuestra memoria y origen.

Un segundo momento ocurre en el llamado “Concilio de Jerusalén”, cuando los apóstoles tienen que decidir si los paganos deben o no cumplir la ley mosaica (Hch 15,1-35). Todos se juntan y cada uno aporta su opinión, se discute, se reflexiona, se pide claridad a Dios, iluminados por el Evangelio de Jesús. Una vez tomada la decisión, al comunicarla por carta, se dice: “hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros...” (Hch 15,28).

Vemos aquí de nuevo la discreción y gentileza del Espíritu, que ha estado presente, pero sin impedir la deliberación de los Apóstoles. El Espíritu aparece ahora ligado al “nosotros”, un “nosotros” que es lo propio suyo, como Espíritu Santo. Recordemos que, mientras que “ellos” es plural de “él”, y “vosotros” de “tú”, “nosotros” no es el plural del “yo”, no es la mera suma de individuos. Para que exista un “nosotros” hace falta un “yo”, pero también un “tú”. Y el “nosotros” supera al “yo” y al “tú”, haciendo de ellos una unidad, de forma que puedan nombrarse juntos (“nosotros”), lo que implica compartir una visión y una acción comunes. El Espíritu es el “nosotros” donde el Padre y el Hijo desbordan su amor, y es también el “nosotros” que nos vincula a Dios y con los hermanos.

Todo esto significa que el Espíritu arroja su luz donde hay vínculos, donde hay ambientes que nos unen, que nos sacan del aislamiento, que explican nuestra vida a la luz del amor. Como familia de los Discípulos, nos sabemos llamados a cultivar estos espacios comunes, a darles contenido con prácticas e itinerarios, de modo que sobre ellos pueda arrojar su luz y su fuerza el Espíritu. No podemos forzar al Espíritu para que se muestre y actúe, pero nos es dado habitar esos lugares de comunión – en la familia, en la escuela, en el trabajo – donde el Espíritu gusta de mostrarse y actuar.

Pero consideremos todavía una tercera escena de los Hechos, un tercer relato donde actúa el Espíritu. Es san Pablo y es su viaje evangelizador por Asia. El Apóstol tendría probablemente su programa: buscaba los caminos de Éfeso, rutas comerciales hacia ciudades habitadas. Pero ocurre que el Espíritu les impide continuar por ese camino (Hch 16,6). Intentan, pues, ir hacia el norte, acercándose al Mar Negro, pero de nuevo el Espíritu les obstruye (Hch 16,7). Es entonces cuando Pablo, en sueños, verá al macedonio que le pide: “Pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9). El Evangelio entrará entonces en Europa.

Asombra de nuevo la delicadeza del Espíritu. Se limita a impedir ciertas acciones, a actuar negativamente, vetando por así decir algunos caminos. De este modo queda claro que no elimina la libertad, que le permite descubrir la ruta y lanzarse a ella. Asombra también la capacidad de Pablo para entender que era el Espíritu quien les impedía el paso. El profeta Balaam no tuvo esta perspicacia, y tuvo que ser la burra quien le hiciera ver al ángel que impedía pasar (Nm 22,22-35).

He indicado antes que es propio del Espíritu ayudarnos a reconocer todos los dones de Dios. Él es el don que consiste en hacernos percibir los dones y, con ello, la gratitud al donante. Ahora vemos que el Espíritu ayuda en algo no menos decisivo: nos ayuda a percibir que Dios está también en los obstáculos del camino, en los parones, en las dificultades para llevar a cabo los proyectos. Y normalmente, cuando impide un camino, es porque se trataba del camino fácil que empequeñece, porque Él quiere abrir ante nosotros, como a Pablo, nuevos continentes, porque pide que dejemos transformar nuestros deseos y desear la verdadera grandeza. En su conversión, Pablo cae de su caballo y elige otro medio de transporte, el barco de vela. Deja su paso fuerte y seguro para buscar el mejor soplo del viento, símbolo del Espíritu, y así agrandar sus horizontes.

Finalmente, hay una referencia al Espíritu en lo que se podría llamar la “pasión” de san Pablo, cuando acepta ir a Jerusalén para ser hecho prisionero, y conducido luego al martirio en Roma (Hch 19,21). El Apóstol dice que el Espíritu le anuncia persecuciones, y que se dirige a su martirio “encadenado por el Espíritu” (Hch 20,22). Es curioso el contraste: del Espíritu viento de valentía y libertad, al Espíritu como vínculo o cadena. Aprendemos así que el trabajo del Espíritu es ligarnos cada vez más a un lugar concreto, como se liga un árbol a la tierra fecunda, porque es el lugar del fruto. El Espíritu liga a los esposos a sus alianzas y a sus religiosos a sus votos, y a los cristianos a las promesas de su bautismo. El Espíritu nos liga a la confesión de fe, como ligó a Jesús a su cruz y a nosotros a la cruz de Jesús. Sopla donde quiere, pero ha querido soplar en la carne de Cristo y en la carne humilde de la Iglesia, porque ese es el lugar donde nuestra vida puede florecer. Nos liga por la gratitud (como dicen los portugueses para agradecer: “¡obrigado!”) y nos liga como liga la nobleza al hijo que ha recibido grandes dones. Nos ligará, ahora enseguida, a la Eucaristía, para sellar allí nuestra alianza y pedirle al Espíritu que nos vincule cada vez más a Cristo, y así ascendamos con Él, sin miedos a un futuro dilatado a la medida de su grandeza.

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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