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Al dejar el arca: tres vuelos

Discurso en la graduación de la primera promoción de estudiantes del colegio Stella Maris La Gavia, 6 de mayo de 2021

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Queridos alumnos de esta primera promoción del Stella Maris, es una alegría acompañaros cuando, al graduaros, partís del colegio. Y no es que os vayáis como se marcha un inquilino o un prisionero, sino que más bien os desprendéis, como se desprende un fruto. Por boca de vuestros representantes ya hemos escuchado cómo vivís este momento. Yo querría transmitiros ahora la mirada desde otro punto de vista, el del colegio que de alguna forma os lanza al mundo. Me viene a la cabeza una imagen. Es la del sembrador que arroja la semilla al surco, consciente del riesgo que asume al lanzarla, desprendiéndose de ella, que tan segura estaba en su mano cerrada. Lo hace con la esperanza de que, precisamente desprendiéndose de la semilla, esta le vuelva multiplicada.

Arrojar la semilla, asumiendo el riesgo y esperar confiadamente su fruto. ¿No es esta una imagen que describe la labor de todo educador, de todo padre, de todo maestro? Y es una imagen que sirve también para vuestra vida, pues expresa bien lo que es cada acto de libertad, en que nos arrojamos a la vida con confianza, sin tenerlo todo en la mano, seguros de que este arrojo será fecundo.

La imagen de la siembra me ha evocado otra imagen, esta vez bíblica. Se halla representada en el templo del colegio, mirando desde el altar hacia lo alto, en el arca de Noé. Se trata de la paloma que el patriarca envió desde una ventana del Arca para comprobar si ya estaba seca la tierra y podía volver a habitarse en ella. Nos da la impresión de que estáis en las manos del colegio como la paloma, temblorosa y llena de vida, y que va a ser soltada al mundo, un mundo agitado por las olas del diluvio, con una misión y un destino. Esta arca que es el colegio Stella Maris, unida a vuestras familias, os ha ofrecido un lugar seguro ante los vaivenes de las olas, y ahora os invita a que extendáis las alas y voléis. ¿Cómo ha de ser ese vuelo?

En realidad, la paloma de Noé fue enviada desde el arca tres veces y cada vuelo nos enseña algo.

 

Tras el primer vuelo la paloma regresó al arca. Regresar al arca: bella imagen de la necesidad de la memoria. La graduación no consiste en abandonar el colegio, no es dejar atrás las raíces. Pues quien pierde la memoria no podrá saber nunca si avanza derecho o en círculos. Ojalá haya quedado en vuestros corazones, como semilla perenne, la gratitud por los dones recibidos. Dejamos de ser niños, pero nunca dejamos de ser hijos. Madurar no es desligarse del origen, sino saber reconocer la riqueza inagotable del manantial. “¿Dónde estás fuente?”, decía Juan Pablo II. Salís del colegio para seguir buscando la fuente que desde el principio de vuestra vida mana en vosotros.

Vuestros padres, vuestros maestros, dan testimonio de esa fuente, pero esa fuente es todavía más profunda, es la fuente que está en el Creador. Creer en el Creador es reconocer la profundidad de la memoria, es reconocer que en nuestro origen más profundo no está el azar, ni la necesidad, sino un acto de amor, al que siempre es posible volver para reencontrar nuestro nombre. Ojalá haya arraigado en vosotros, como semilla fecunda, la memoria de todos los dones recibidos, y del mismo don de la vida, un don que no es solo pasado, sino don continuo, que nunca deja de manar agua fresca.

 

Si este primer vuelo de la paloma indica la necesidad de no olvidar lo pasado, los dos siguientes se abren hacia una novedad, hacia el ramo de olivo y hacia la tierra que renace de las aguas. Voláis ahora para emprender un vuelo nuevo, que no lo es solo para vosotros, porque lleváis la esperanza de todo el colegio, de vuestras familias, de la sociedad. Los griegos llamaban a los que estaban educándose “los nuevos”. En el mundo al que ahora el colegio os lanza encontraréis muchas inercias, muchos obstáculos y muchos agoreros que os dirán: “no hay futuro”. En realidad, cada vida humana inicia siempre algo nuevo, porque tiene que responder libremente a la llamada de su propia vocación. Y esta es una fuente continua de esperanza en la historia.

Antes de enviar la paloma Noé había soltado a un cuervo, que no regresó. Dicen los comentaristas que el cuervo se alimentaba de cadáveres, y que así se pudo sostener sobre las aguas del diluvio. El cuervo representa una vida que busca solo tomar, sin entregar nada, parasitando de lo que otros hicieron, una vida preocupada simplemente de sobrevivir, que es malvivir.  ¡Qué distinta la paloma! Ella no quiere solo aprovecharse de lo muerto, sino que busca la vida que florece. Es decir, no busca solo vida que se auto-mantiene, sino la vida generosa, que continuamente se recibe y se da y por eso se difunde más allá de sí. Ojalá en el Stella Maris hayáis aprendido que la vida solo merece la pena si se pone al servicio de aquello que la supera – lo bueno, lo bello, lo noble – y que la hace fecunda.

Precisamente en esta apertura a la novedad se coloca, de nuevo, la fe en Dios. La fe no sirve solo para proporcionarnos raíces en lo pasado. La fe no es solo la red para un trapecista a quien amilanan las alturas, sino más bien el viento en las velas de un navío aventurero. Creer en Dios es aumentar el abanico de posibilidades, pues es creer que todo es posible, y es confiar en la hondura inagotable del asombro. ¿No es verdad que Dios, como último acto de su creación, llenó el mundo de semillas y se las confió al hombre?

 

Esta novedad aparece ya en el segundo vuelo de la paloma que encuentra el ramo fresco de olivo, recién despuntado, lleno de la vida que renacía tras el diluvio. El ramo de olivo es símbolo de la paz o concordia entre los hombres. Pues el olivo produce el aceite, que unge los músculos y tendones y les permite compenetrarse para actuar en armonía. Tras el diluvio, causado por la discordia y la división, reaparece en el olivo la esperanza de unidad. Se nos indica así el espacio fecundo donde renace la vida: las relaciones. En el colegio Stella Maris habéis encontrado una alianza, la alianza con los maestros y con vuestros padres, y habéis crecido a la sombra de esa alianza. Y no ha sido este o aquel profesor del colegio en solitario quien os ha formado durante vuestro tiempo en el Stella Maris, sino que quien os ha formado es la alianza entre ellos y con vosotros. Tenéis aquí el secreto de una vida buena: cultivar las alianzas, echar raíces y dar fruto en ellas. Pues solo podéis florecer como personas si florecéis en comunión. Lo han dicho los poetas. “¿Qué vida tenéis si no tenéis vida juntos?”, exclamaba T.S. Eliot. Y Dante describe el cielo como aquel lugar donde “cuanto más se dice ‘nuestro’ más posee cada uno de propio”. La paloma, en realidad, no sois cada uno de vosotros por separado – batallón de palomas – sino una sola paloma, porque partís y voláis juntos.

Esta es la tarea, pues: ser hombres y mujeres para la alianza.

Y ha de ser una alianza que dure, que pueda sostener todos los pasos de la vida. La paz del ramo de olivo la veían los antiguos como paz perpetua, porque el olivo es árbol de hoja perenne. En el camino de la vida encontraréis una gran llamada, la llamada del amor, la llamada a elegir a otra persona, a recibirla y a entregaros a ella, cultivando vuestra alianza. La vida solo merece la pena, decía el filósofo Julián Marías, si se pone toda ella a una carta. Poned la vida a la carta de un gran amor que pueda sostener toda vuestra ruta.

De nuevo aparece aquí la presencia de Dios. Creer en Él significa ser capaz de superar el instante, significa poder narrar nuestra vida de principio a fin, sostenida por su alianza y su amor. Dios es el hilo que tejerá vuestros días, meses y años, para que no os desperdiguéis en mil segundos. Siguiendo a san Juan Pablo II, no dejéis nunca de poner en conexión vuestro amor con el Amor absoluto, el amor que es el principio y la plenitud de todo amor.

 

La tercera vez que la paloma salió del arca fue para no regresar. Ya no hacía falta el arca, porque el mundo se abría, saliendo joven de las aguas. Dicen los intérpretes que la paloma no volvió al arca porque se elevó hacia arriba, para contemplar la maravilla de la nueva creación. Por eso este vuelo es el vuelo de la mirada, de la visión que busca comprender, de la sabiduría. Ojalá hayáis cultivado en el Stella Maris la capacidad para interpretar el mundo al que salís y, sobre todo, para descubrir cómo edificarlo para que llegue a plenitud. La cultura de hoy está fragmentada, rota en pedazos, pero la esperanza de unidad sigue ahí. ¿Dónde? La clave de unidad está en el hombre, si lo sabéis mirar en su totalidad, abierto al misterio. Haceos, por tanto, las grandes preguntas, las preguntas que van al fondo, y sobre todo planteaos la gran pregunta que sois vosotros mismos. Vuestros profesores os han enseñado muchos contenidos, y estos son importantes. Pero lo que han querido, sobre todo, no es meteros cosas en la cabeza, sino encenderos una luz en los ojos, para que sepáis ver profundamente todas las cosas y, al iluminarlas, que crezca cada vez más la luz.

Y aquí, en la luz que alumbra toda la vida, se abre también la pregunta sobre Dios. Creer en Dios no significa achicar la pregunta, sino al contrario, hacerla grande. El que no tiene a Dios hace siempre preguntas penúltimas. Un filósofo contemporáneo decía: cuando hayamos respondido a todas las preguntas que la ciencia puede plantear, no habremos comenzado todavía a contestar la gran pregunta que es el hombre mismo. Quien cree en Dios puede seguir siempre preguntando sin cansarse, porque no pregunta desde el vacío, sino desde el asombro de su don primero y de su presencia; no desde sus tinieblas individuales, sino desde el resplandor excesivo de la luz; no desde la sequía agrietada, sino desde la sobreabundancia del manantial.

 

Por tanto, queridos alumnos que hoy sois como la paloma de Noé: volved al arca, con la memoria agradecida; buscad los brotes de olivo, es decir, la vida en la alianza que os llama a un gran amor; y abarcad con vuestra mirada el mundo, entendiendo su origen y su destino. La paloma de Noé puede llamarse “paloma del mar”, porque Noé la envió a surcar los mares. En latín: “columba maris”. Así nos recuerda a la estrella del mar, “Stella Maris”. La estrella del mar representa a María, que nos enseña la luz de la fe, una luz pequeña, que no lo resuelve todo, pero que es esencial para orientar los pasos. Que vuestros ojos nunca pierdan la agudeza joven capaz de captar el brillo de esta estrella.

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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