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“Educar a lo grande”

 En la dedicación del auditorio Francisco Martín del Stella Maris College, 19 de mayo de 2021

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Ante todo, saludo cordialmente a toda la familia Martín, y junto a ellos al director y al equipo del colegio Stella Maris, a la madre general de la compañía del Salvador, a la directora del colegio Mater Salvatoris, a los patronos de las fundaciones Andreia y Didáskalos, a todos los demás profesores, familias, alumnos y amigos presentes.       

Es una alegría y un honor poder inaugurar este auditorio y dedicarlo a D. Francisco Martín Fernández de Heredia. Su nieto, el P. Ignacio de Ribera Martín, ha dibujado su semblanza, en la que hemos podido ver su espíritu de fe, su generosidad, su grandeza de ánimo, así como su gran ilusión por apoyar las obras de los Discípulos.

Este paso del abuelo al nieto dice ya mucho, pues en la Biblia los vínculos familiares no se suelen limitar al de padres e hijos, sino que incluyen tres generaciones. Este es el mínimo para poder hablar de la historia sagrada, como si la transmisión de un patrimonio no se realizara hasta llegar al nieto. Recordamos a Abrahán, Isaac, Jacob, pero también a Jesé, David, Salomón. Es decir, no basta hablar del camino del padre al hijo, porque la herencia solo es verdadera cuando el padre, a su vez, enseña al hijo a ser padre, para que pueda convertirle en abuelo. En ese momento, según la Biblia, se ha llevado a cabo la obra, ejercitando la mirada larga, junto a la paciencia que sabe aguardar el fruto, y asegurando así que prosiga la cadena de las generaciones. Hace poco publicamos en la editorial Didáskalos un libro de título ¿Tendrán fe nuestros hijos? y pensaba ahora si no sería necesario otro título, sin duda más inquietante: ¿Tendrán fe nuestros nietos?

Mucho le debemos los Discípulos a D. Francisco y a toda la familia Martín. Estamos en deuda, singularmente, en lo que toca a la obra de los colegios. Pues hemos contado con su ayuda concreta, con su entusiasmo alentador y con su consejo certero, a la hora de enfocar bien la travesía de nuestros colegios.

Hay además algo muy propio en poder dedicarle precisamente el auditorio del colegio. Para ello hay que entender la función de este espacio que hoy hemos bendecido y que inauguramos. El colegio tiene aulas y patios, tiene también capilla, ¿por qué es necesario además un auditorio?

Podemos pensar en el colegio, en alianza con la familia, como un lugar en que los niños son introducidos en el arte de la vida, y esto quiere decir en la vida de nuestra sociedad de hoy. Ciertamente, introducirles no quiere decir troquelarles de modo que se acoplen al engranaje social y que, así, perpetúen nuestro mundo. Esa es la tentación que asedia, en realidad, a toda ideología, que contempla la educación como forma de perpetuar su propia idea de las cosas.

Se olvida de este modo que los niños llevan en sí una fuente de novedad, y no les educamos para que nos repitan. Al contrario, la educación busca que florezcan con un fruto nuevo, desde su libertad, y, así, hagan avanzar la historia hacia su verdadera meta. Esta meta, ciertamente, no es la meta del mero progreso técnico, sino la búsqueda de la excelencia humana en servicio al bien, la verdad y la belleza. Y esta excelencia refleja, a su vez, como decía Dante, “la gloria de aquel que todo lo mueve” hacia sí, la gloria de Dios (Paradiso I).

El colegio tiene la tarea, por tanto, de presentar a nuestros hijos la mejor versión de la tradición en la que les introducimos, a la que pertenecemos como padres y maestros, para que puedan asumir protagonismo en ella. Por eso el colegio tiene que separarles o protegerles de la sociedad, que les adaptaría demasiado a sí misma, es decir, tiene que proteger el caudal de novedad que nuestros hijos llevan consigo. Y de ahí que el colegio posea, como reza la antigua poesía, “tutelares muros”, que protegen al niño.

Pero entre estos tutelares muros está también el auditorio. Es como un ariete que sale de ellos como primera avanzadilla hacia la vida pública, que supera el aislamiento de cada uno y también el aislamiento de los pequeños grupos. Los hijos, inmersos en la vida del colegio, solo ven aquellas relaciones más cercanas, las de los amigos, maestros, las de su clase o curso. Es más difícil que se les presente el colegio entero, y más aún que aparezca el colegio en su misión social, tendido hacia la cultura que nos rodea.

Y aquí está la misión propia del auditorio. Desde él se percibe la totalidad y, de este modo, se puede entender el puesto de cada uno y también empezar a asumir protagonismo en la tradición a la que se pertenece, renovándola, haciéndola crecer. Se trata, pues, de un espacio donde se cultiva la anchura de alma que capta una misión universal para expandir lo humano. Por eso, desde el auditorio el colegio se abre ya a la sociedad entera, y los hijos difunden su novedad, ensayan su contribución a la cultura y al bien común. Esto puede ser así porque en el colegio no se da solo un ensayo de la vida o una preparación a ella, sino la vida misma.

Entendemos ahora por qué resulta idóneo, tras escuchar la presentación de la vida de D. Francisco Martín por parte del P. Ignacio, que podamos dedicarle este auditorio. Pues hay, en efecto, dos rasgos de su vida que están muy unidos a su carácter emprendedor, y que ponen de relieve la capacidad del colegio de inyectar futuro en el cuerpo social. Se trata de la magnanimidad y la magnificencia. Ambas modulan, según la visión clásica, la pasión de la esperanza, por la cual nos atrae el bien lejano y arduo.

Magnánimo es el que espera alcanzar honor, lo cual no es vanagloria, no es brillo propio, sino la capacidad de vivir a la altura de los dones recibidos, reflejando un brillo que nos precede. Se trata de aquel honor del que decía nuestro clásico: “al rey la hacienda y la vida / se ha de dar, pero el honor, / es patrimonio del alma, / y el alma solo es de Dios...” Y la magnificencia, por su parte, espera grandeza en las obras realizadas, poniendo así los bienes materiales al servicio de muchos. Esta virtud honra así la obra de Dios creador, en cuanto es una obra fecunda.

El auditorio quiere promover por tanto la magnanimidad y la magnificencia, haciendo madurar la esperanza. Pero la esperanza va unida a la fortaleza porque, como hemos escuchado, la vida de D. Francisco estuvo plagada de obstáculos que vencer. Su ejemplo nos mueve, siguiendo el dicho italiano, a “lanzar el corazón más allá del obstáculo”. Se ha notado que en español el sentido originario del término “valor” no está referido a los “valores” sino a la valentía. Su primera acepción no es, por tanto, la de valorar el precio de las cosas, sino que se refiere a una virtud, a la capacidad de percibir aquello que hace grande la vida y de arriesgarla por ello. Se ve así que los valores no significan nada si no hay a la vez valentía, un alma formada para percibir su grandeza humana, luchar por ellos y conquistarlos. Educar, por tanto, no puede quedarse en los valores, sino que su tarea primordial son las virtudes, la formación de un corazón esperanzado y valiente.

Julián Marías habla en sus memorias de cómo le pareció siempre importante ser “fiel al futuro”. Puede parecer contradictorio, porque la fidelidad mantiene lo que ya hay. Y, sin embargo, si se trata de una vida humana, en ella hay desde el principio promesas, dones llenos de semillas, esperanzas que inauguran el porvenir. Y si somos fieles a esas promesas que se han dado desde el principio, si mantenemos el alma en tensión hacia la grandeza que intuimos en nuestra vocación, entonces estamos siendo fieles al futuro. Esta intuición encuentra su plenitud en la fe cristiana, que consiste precisamente en eso, en ser fieles al futuro: el futuro que se nos inauguró en Cristo resucitado, el futuro que nos brota desde que recibimos el bautismo. En la fe viva de D. Francisco hay que encontrar las razones de las grandes obras que forjó.

Termino, por eso, con un deseo o voto: que este auditorio inspire magnanimidad, magnificencia, valentía, siendo así fiel a ese futuro que animó la vida de D. Francisco. Y que el camino se continúe, no solo de abuelo a nieto, sino más allá, por generaciones.

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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