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Esperanza, desde la Eucaristía: clave para reedificar, tras la pandemia

Conferencia retiro sobre la esperanza, octubre 2021

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Tras las olas que han marcado esta pandemia, se suscita la pregunta por la esperanza. ¿Qué futuro nos espera? ¿Y puede nuestra acción generar un futuro nuevo, que nos acerque al futuro pleno? Estas preguntas se responden precisamente desde la acción cristiana por excelencia: la Eucaristía.

La relación entre Eucaristía y esperanza está arraigada en la Última Cena de Jesús. El Señor celebra la Eucaristía mirando al futuro, dando gracias por el cuerpo resucitado que le concederá el Padre. Y la Iglesia la celebra también tendida hacia el futuro, para que la Eucaristía nos transforme según el modelo del cuerpo glorioso de Cristo, con su energía para sometérselo todo (Fil 3,21).

Si san Agustín ha llamado a la Eucaristía “sacramento de la esperanza”, esto significa que la esperanza se hace visible y se concreta en la Eucaristía. Dime cómo es la Eucaristía y te diré cómo es la esperanza cristiana. Y también: dime cómo celebras la Eucaristía, y qué puesto tiene en tu vida la Eucaristía, y te diré cómo es tu esperanza.

Es momento para reavivar la esperanza, reavivando la energía de la Eucaristía para transformar al hombre. Podemos desglosar esta energía en tres aspectos: a) el hombre nuevo; b) la comunión nueva; c) el fruto nuevo.

a) El hombre nuevo

Comencemos por el poder transformativo de la Eucaristía. La teología ha descrito esta potencia como algo solo equiparable al poder creador, y por tanto solo atribuible a Dios mismo. Pues a Él sólo compete producir el ser de la nada, creando el mundo, y a Él sólo también compete transformar un ser en otro ser, la sustancia del pan en la sustancia del cuerpo de Jesús. En cada Eucaristía se contempla y se recibe la misma energía que desplegó el universo.

Afinando, se tendría que decir: la Eucaristía sólo compete a Dios porque esta no es simplemente un cambio entre dos sustancias (del pan al cuerpo), sino que es la transformación de la sustancia de este mundo creado (representada por el pan y el vino) en el cuerpo resucitado de Jesús. Es decir, es el paso de este mundo creado a su meta definitiva en Dios, pues el cuerpo de Jesús es el que se sienta a la derecha del Padre. Es un cuerpo, como dice san Ireneo de Lyon, que se ha olvidado de sí y ha asumido las cualidades del Espíritu. Por eso la Eucaristía no solo se compara al acto creador, sino que lo supera, porque, más grande que el paso de la nada al barro, es el paso del barro a Dios.

Esto implica que la transustanciación del pan y vino en cuerpo y sangre de Jesús es precedida por otro cambio, por otra transformación radical, que es el cambio del cuerpo mortal de Cristo al cuerpo resucitado, que no solo vuelve a esta vida mortal, sino que se alza lleno del Espíritu Santo. Cristo ha transformado la muerte en un acto de amor, para que el Padre transformase su cuerpo mortal en un cuerpo resucitado y lleno de vitalidad. Y a este cuerpo nos asimilamos en la Eucaristía.

Pues bien, este poder transformador, de la sustancia de este mundo a la sustancia del cuerpo de Cristo, es la medida de nuestra esperanza. Para verlo podemos acudir a Benedicto XVI, que en Spe Salvi 7-8 comenta Heb 10,34: “aceptasteis con alegría que os confiscaran vuestra sustancia, sabiendo que tenéis una sustancia mejor y permanente”. Allí dice el Papa que es propio de la esperanza reconocer que nuestra sustancia, aquello sobre lo que se sustenta o apoya nuestra vida, no son los bienes materiales perecederos. El creyente tiene otra sustancia, y esta sustancia está en el futuro, en Cristo resucitado que ha penetrado los cielos. Por eso puede renunciar a sus bienes e incluso soportar con paciencia las persecuciones y llegar a la promesa (Heb 10,36).

En Heb 10,36 “paciencia” traduce el griego hypomoné, que dice en realidad algo más hondo que una simple capacidad de espera. Tiene hypomoné aquel que está radicado más hondo (hypo) que en los bienes pasajeros, y por eso puede renunciar a ellos y confesar su fe en medio de la persecución que le priva de los bienes, porque sus raíces están ya en la plenitud adonde esos bienes apuntan, en Cristo resucitado. Los bienes inmuebles, que normalmente se llaman “bienes raíces”, no lo son para el creyente, pues Él tiene sus “bienes raíces” arraigados arriba, es decir, en el cuerpo resucitado de Jesús.

Así que la Eucaristía tiene que ver con la esperanza porque en ella se da la transustanciación, el paso de una sustancia a otra sustancia, que es el movimiento propio de esta virtud. En la Eucaristía pasamos a arraigarnos en el cuerpo de Cristo, de modo que nuestras raíces pasan a estar en la futura plenitud de todas las cosas. No extraña que los Padres hayan llamado al pan eucarístico “pan del mañana”, traduciendo así la petición del Padrenuestro (“nuestro pan de cada día”). Ni que el grito de la Eucaristía sea el “marana tha”, “¡Ven, Señor Jesús!”

San John Henry Newman habla, en uno de sus sermones, del “mundo invisible”, que existe y nos rodea sin que lo percibamos con los sentidos. Es el mundo de la gracia, de los santos y de los ángeles. Podríamos decir, a la luz de la esperanza, que ese mundo invisible que nos rodea es el mundo futuro, que ya se ha anticipado. Lo que existe ya, aunque no lo percibimos, es la plenitud a que está llamada cada cosa. Según esto, la vocación última de las cosas y personas no es para el cristiano una mera posibilidad, sino una realidad, pues existe ya en el cuerpo de Cristo y él convive con ella. Está garantizado que podemos llegar a la plenitud a la que estamos llamados. Y esta es la base firme de nuestra esperanza.

Tal relación entre Eucaristía y esperanza está muy presente en las cartas de san Ignacio de Antioquía. El santo obispo vive de esperanza, anticipando su martirio, pues una voz grita dentro de él: “¡ven al Padre!”. En un momento afirma Ignacio que “la fe es el inicio, la caridad es la consumación” (Ef 14,1). Añade luego que “las dos unidas son Dios mismo”, y aquí tenemos una alusión a la esperanza, que completa la terna de virtudes. Si la fe es principio y la caridad es consumación, puede decirse que la esperanza es el “más”, aquello que supera toda expectativa, y adonde nos propulsan la fe y el amor, hasta la unión con Dios mismo.

Ignacio se refiere además a la Eucaristía como “medicina de inmortalidad, antídoto para no morir, sino vivir para siempre en Cristo Jesús” (Ef 20,2). Para Ignacio la Eucaristía contiene en sí la superación de la muerte, porque nos une a Jesucristo, a quien acaba de llamar “el hombre nuevo”.

De hecho, el designio divino consiste “en la fe en Él, en el amor a Él y en su pasión y resurrección” (Ef 20,1). Aquí, el trío fe, caridad, esperanza, parece evocar este otro: fe, caridad, resurrección. De este modo la esperanza se personifica en el Resucitado, que se asocia a nuestra vida, de modo que Jesucristo es llamado “nuestro inseparable vivir” quien “en la muerte, llegó a ser vida verdadera” (Ef 7,2). Pero esta transformación del hombre nuevo no agota toda la energía eucarística. ¿Qué falta aún?

b) La comunión nueva

San Ignacio de Antioquía se refiere repetidas veces a Jesucristo como “nuestra común esperanza” (Ef 21,2). Igual que hay un bien común, un bien que no es solo nuestro bien privado, sino que nace de la comunión entre nosotros, hay que hablar de una esperanza común. Y la Eucaristía contiene esta esperanza común. ¿En qué consiste?

Resulta que aquello que estamos llamados a ser, en su plenitud desbordante, no puede realizarse sin tener en cuenta lo que está llamado a ser el hermano. La verdadera esperanza es una esperanza juntos, según la fórmula de Gabriel Marcel: “espero en Ti (en Dios), para nosotros”. Esto es lo opuesto a la esperanza marxista, que es una esperanza para todos, pero no una esperanza juntos. En efecto, en el utópico estado de total sobreabundancia que será la plenitud de la historia según Marx, cada cual viviría para sí mismo, sin necesitar de los otros.

Podemos imaginar esta esperanza común a la luz de los padres que quieren tener un hijo. No hay aquí una esperanza tuya ni mía, sino nuestra, que depende de nuestra unidad. Precisamente la esperanza que nace de la Eucaristía se apoya también en la pertenencia a un cuerpo común.

La capacidad de la Eucaristía para generar esperanza se percibe si tenemos en cuenta que la Eucaristía no beneficia solo a quien la recibe, sino que puede ofrecerse por otros y dar vida a quienes no estén presentes en la celebración. En esto se diferencia, dice santo Tomás de Aquino, de los otros sacramentos. Es decir, el fruto de la Eucaristía transciende a quien comulga, se comunica a todo el cuerpo de Cristo, porque en la Eucaristía no nace solo la asamblea local, sino que se edifica toda la Iglesia. Todo esto ya pone la Eucaristía como manantial del “más” de la esperanza, que se difunde allende de cada uno y allende de la asamblea concreta, para vivificar a todo el cuerpo de la Iglesia. Claro que para recibir el efecto de la Eucaristía hay que estar unidos al cuerpo de Cristo por el amor.

Pues bien, hablando de la esperanza, el mismo santo Tomás se pregunta si se puede esperar para otros, y no solo para uno mismo. En un primer momento responde que no, que la esperanza la cultiva cada uno para sí, porque en ella se da la búsqueda de ese bien arduo que es la propia salvación eterna. Ahora bien, santo Tomás matiza enseguida que es posible esperar para otros en la medida en que nos une a ellos la caridad. Fijémonos que esto es precisamente lo que ha dicho sobre la Eucaristía: puede dar fruto en todos aquellos que se unen a Cristo por la caridad.

La lógica de la esperanza y la lógica de la Eucaristía van por tanto de la mano. Producen un desbordamiento a partir de la unión por el amor, a partir de la vida compartida en amistad. Podemos parafrasear lo que decía Aristóteles: lo que anhelamos para nosotros, lo anhelamos en cierto modo para los amigos. Recordamos este aviso que daba el mismo Ignacio de Antioquía, donde la unidad se asocia al impulso hacia el futuro: “Laborad juntos los unos con los otros, luchad juntos, corred juntos, sufrid juntos, reposad juntos, levantaos juntos, como mayordomos y asesores y ministros de Dios” (A Policarpo VI).

La Eucaristía, podemos resumir, no contiene solo el futuro de cada uno, sino que contiene nuestro futuro común. No contiene solo el futuro de nuestras trayectorias individuales, sino el futuro de nuestras relaciones. Es decir, contiene la potencia de todo lo que compartimos y de todo lo que nos vincula. También nuestros vínculos se transustancian, y apuntan a la plenitud de la vida con Dios.

Volviendo a san Ignacio de Antioquía, el santo dice a quienes rechazan que la Eucaristía sea la carne resucitada: “les convenía amar, para resucitar” (Esmirniotas VII 1). Muchos ven en este “amar” (agapein) una referencia a la celebración eucarística o agape, por lo que puede leerse: “les convendría celebrar la Eucaristía, para resucitar”. Se ve así que solo desde la comunión (de la Eucaristía y de la caridad) es posible la esperanza.

c) El fruto nuevo

La Eucaristía nos da esperanza también para el trabajo del hombre, para el fruto que está llamada a dar nuestra vida. Puede ayudarnos pensar que en la biblia los sacrificios (que prefiguran la Eucaristía) están desde el principio unidos a la paternidad. El sacrificio es un modo de salvar la paternidad. El padre, como Abrahán, y como todos los padres judíos que rescatarán a sus primogénitos, reconoce, al celebrar el sacrificio, que existe una fuente de vida que le antecede, a quien debe el ser padre, y en quien se apoya para poder ser padre. Ofreciendo el animal, símbolo del hijo, ofrecen la vida del hijo, no para destruirla, sino para recuperarla. Pues, reconociendo que el hijo proviene de Dios, se salvan a sí mismos como padres, ya que pueden dar testimonio de la fuente originaria y, así, abrir camino a la libertad del hijo.

Esto se aplica a la ofrenda del sacrificio cristiano, que tiene un poder transformador y vivificante. Sucede en primer lugar al sacerdote, que es capaz de decir en primera persona “esto es mi cuerpo, esta es mi sangre”. Estas palabras contienen gran esperanza. El sacerdote confiesa una unión con Cristo, su “inseparable vivir”. Y esta unión sucede porque comparten un cuerpo que se entrega, es decir, una misma capacidad para dar vida a otros, para transformarles hacia la vida plena. “Esto es mi cuerpo” y “mi sangre”, y por tanto mi cuerpo y sangre son capaces de una paternidad transformada, la que nos trajo Jesús para regenerar el deseo de los hombres y que se abra a los dones plenos de Dios. Y lo que vive el sacerdote puede comunicarse a todo fiel, a todo padre y madre y a todo el trabajo de los hombres, porque también el cuerpo de ellos se asimila al cuerpo fecundo de Jesús.

 

Desde la Eucaristía se abre, pues, la esperanza. Todo intento de avivar la esperanza pasa por reavivar la Eucaristía: porque haya más días con Eucaristía y más Eucaristía en nuestros días. Y no es solo que la Eucaristía nos da esperanza, sino que la Eucaristía contiene toda la esperanza, que cada pequeña esperanza nuestra puede asimilarse a la gran esperanza, si participa de la Eucaristía. 

Estamos acostumbrados a llamar a los cristianos “fieles”, y también “creyentes”. No nos parece raro suponerles la fe. Y también la caridad se les atribuye fácilmente: existe “caritas” en todas nuestras parroquias y estamos por lo general orgullosos de cómo funciona. No parece ocurrir lo mismo con la esperanza, como si fuera una virtud que no puede darse por supuesta. Imaginemos que a los feligreses se les llamara, no “fieles”, sino “esperanzados”. ¿Cuántos “esperanzados” hay en esta diócesis o parroquia? O imaginemos que una de nuestras oficinas parroquiales no se llamara “caritas”, sino “spes”.

El uso del lenguaje puede indicar un olvido de la esperanza, y del alto destino al que estamos llamados, que ya se anticipa. Puede indicar una dificultad para mirar nuestras vidas desde su plenitud en Cristo. Ocurre que, en realidad, ser esperanzado es tan connatural al cristiano como tener fe y caridad. Pues la Eucaristía contiene el dinamismo de la esperanza, y participar en la Eucaristía es respirar en el ambiente de la esperanza. Nos conviene, pues “amar, para resucitar”. Nos conviene seguir celebrando la Eucaristía para nutrir nuestra esperanza.

 

José Granados,

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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