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“En María, ¡Cristo! Por Cristo, ¡al Padre!”

Homilía en la solemnidad de la Inmaculada, 8 de diciembre de 2020, con ocasión del décimo aniversario de “Familias de Betania”

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Queridas Familias de Betania, “en María... ¡Cristo!” “por Cristo... ¡al Padre! Este saludo, a modo de santo y seña, nos inspira en la fiesta de hoy, la Inmaculada, y en estos diez años de Familias de Betania.

I. “En María... ¡Cristo!” La fórmula nos presenta a María como un lugar donde se puede habitar y encontrarse: en María. ¿Parece extraño que una persona sea un lugar? En realidad, no: lo son todas las madres que albergan en su seno a un niño y luego lo amamantan, lo crían y educan. Pues sabemos que donde hay una madre, allí hay un hogar.

Esta imagen de la madre como “lugar” aparece en los Padres de la Iglesia, cuando comparan a Adán y Cristo. Igual que Adán fue tomado de la tierra virgen, todavía no labrada, que solo Dios había tocado, así sucede con María, tierra virgen donde nace Jesús. Jesús, para nacer, como todo hombre, necesita siempre de un lugar donde se le acoja y reciba.

De hecho, María es inmaculada precisamente por ser ese lugar que había de albergar a Cristo, la tierra donde Cristo iba a plantarse. Pues la tierra preparada para acogerle no podía tener siquiera el recuerdo de un mal o la cicatriz de un mal. Tenía que ser una tierra que recordase el origen bueno de todo en el Padre, que Cristo ha venido a traernos.Por eso Jesús es “el puro que abrió puramente el seno puro, que Él mismo había hecho puro”, como enseña san Ireneo de Lyon.

Y esa tierra pura, sin mancha, es también la Iglesia. La pila bautismal es imagen del seno de la Iglesia, donde hemos nacido de nuevo. En realidad, gracias a la Inmaculada ha nacido la Iglesia, como afirma el mismo san Ireneo al llamar al vientre de María, el que “nos regenera para Dios”. La Inmaculada nos permite a nosotros, dentro de la Iglesia, hacernos terreno puro donde sigan naciendo los cristianos.

“En María, ¡Cristo!” Y en Familias de Betania, ¿qué? Porque vosotros sois también tierra, es decir, no solo una asociación de individuos, sino una asociación de familias, pues la familia está hecha de relaciones, y es como un suelo fértil donde puede nacer algo nuevo. ¿Y qué nace en vosotros?

Vuestra tierra comienza también, como María, por un don inmaculado. Sí, hay algo inmaculado en cada familia. Es verdad que somos débiles y frágiles, y que nos sabemos pecadores. No estamos limpios ni sin mancha. Pero sí está sin mancha el don que Cristo os ha hecho: el don del sacramento del matrimonio y el don del sacramento del bautismo donde lleváis a regenerar a vuestros hijos. ¡Cuidad este don inmaculado!

Gracias a él puede nacer en vuestra tierra la amistad con Cristo. La palabra “Betania” contiene la raíz “Bet”, que significa “casa”. Pues en Betania Cristo era amigo, no solo de Lázaro, María o Marta, sino de toda la familia. Esto significa que Cristo no es solo amigo de los individuos, sino amigo de los padres, de los hijos, de los hermanos. Y de este modo llega a ser más amigo de cada uno. Porque de este modo llega a cada uno, además de la amistad con Cristo, la amistad de Cristo con su marido o mujer, con su padre o con su hermano. “Bet” es un signo de multiplicación de la amistad con Jesús.

“Donde dos o más están reunidos, allí nazco yo en medio de ellos”. Esto es verdad, porque dos o más forman una tierra donde Jesús puede nacer y ser acogido. Y si esto es así, ¿qué será donde dos o más familias estén reunidas? Viendo la amistad con Cristo de las demás familias, sus modos de tratar con Él, ¿no crece esa amistad también en cada una de las demás familias? ¿No es familias de Betania como un terreno donde Él nace plenamente?

Pido al Señor, en este aniversario, que familias de Betania sea para vosotros tierra donde las familias puedan arraigarse. No os contentéis con ser solo ayuda para las familias, a modo de algo de lluvia o sol, o tal vez buen abono. Pues todo esto añade algo a las familias, pero no es su fundamento.  Sed más bien tierra que ofrezca raíces; tierra que no se mueva porque acompaña a cada familia en cualquier situación; tierra que de vida a la planta, pues la tierra está siempre ahí, fiel noche y día, invierno y verano, con o sin agua o lluvia... Que Familias de Betania no sea para las familias como ornamento del que puede prescindirse, sino como suelo donde crece y madura la vocación que Dios os ha dado.

“¿Qué dices de ti misma, familia?”, preguntaba san Juan Pablo II en un encuentro mundial de las familias. ¿Y qué dices de ti misma, Familias de Betania? Tú eres un recipiente donde Dios ha querido poner sus dones. Que Dios, al mirar a familias de Betania, se lance y diga: ¡aquí puedo traer otras familias, porque florecerán, pues la tierra es buena¡

II. “En María, Cristo… Por Cristo... ¡al Padre!” La Inmaculada es también la fiesta de la vocación de María al seguimiento de Cristo. María fue la primera redimida, tan redimida que ni siquiera le tocó el pecado, redimida antes de caer. Además, en ella la tierra que acoge la semilla era tierra dinámica, que mejoraba con el tiempo. Podemos decir que la tierra de María se convirtió en tierra de caminos, pues Ella siguió a Jesús fielmente durante toda su vida. Es la Inmaculada, no porque fuera perfecta desde el principio (no tener pecado no es lo mismo que ser perfecto), sino porque se dejó transformar sin resistencia desde el principio, hasta alcanzar la plenitud.

No pensemos que María, por ser la Inmaculada, tuvo una vida más fácil, sin tentaciones ni esfuerzos. Pues “inmaculada” quería decir también pureza de oído. Es decir, nosotros podemos hacernos los sordos, pero a María no se le escapaba la mínima llamada del Señor, como las madres que oyen llorar al niño y enseguida se levantan, cuando otros no distinguen el llanto y pueden seguir tranquilamente sentados. “Nobleza obliga”, decimos, porque quien es noble tiene que comportarse con honor. “Pureza obliga”, podemos añadir, porque quien es puro escucha la llamada a la vida grande.

De aquí aprendemos algo. Familias de Betania ha nacido para vosotros, para las familias, pues es tierra donde podéis crecer. Pero Familias de Betania no ha nacido para que os quedéis en vosotros, sino para que pongáis a Cristo en el centro y le sigáis, para que vuestra tierra se haga tierra de los caminos. Porque Cristo nos llama a salir más allá de nosotros. Familias de Betania no es un refugio para estar tranquilos y protegernos del mundo. O para proteger nuestra familia. En realidad, la familia solo se protege cuando acepta ir más allá. Cuando sabe que vive de un regalo de Dios y que está en camino hacia la plenitud de ese regalo.

Por eso Familias de Betania ha nacido para que podáis enseñar a vuestros hijos que quien ama a su padre o a su madre más que a Cristo no es digno de Cristo, es decir, no es digno de una vida grande y bella. Y vosotros, jóvenes: el mayor honor que podéis hacer a vuestros padres es amar a Cristo más que a ellos, porque entonces los amaréis de verdad, como quienes os han dado a Cristo. Daréis testimonio de que vuestros padres os han educado para que escuchéis la voz de Cristo y le sigáis, dejando vuestra familia para formar otra familia o para consagraros en el sacerdocio o la vida religiosa.

Una última cosa. María es pura porque vivió tendida hacia Cristo, generando a Cristo, siguiendo a Cristo. Pues María fue salvada por su Hijo, por Cristo, que nacería de ella. Ella es, como decía Dante, “hija de su Hijo”. Esto significa que fue redimida por el fruto que ella misma dio, que fue salvada por su futuro.

También vosotros, en este aniversario, diez años tras vuestro nacimiento como Familias de Betania, miráis al futuro, al fruto que vendrá. Pues vuestro fruto os salvará. Esto significa de un modo especial: mirad a vuestros hijos, en los que Dios os ha dado el don del futuro. Ellos os hacen grandes, si les comunicáis una vida grande. Que en Familias de Betania experimenten la grandeza de la fe, que vean cómo la fe hace madurar la vida, cómo Cristo no nos quita nada sino que multiplica todo lo bueno, verdadero y bello que Dios sembró en nuestras vidas.

Recordad aquel adagio que citábamos con frecuencia al principio del camino de Familias de Betania: “ata tu arado a una estrella”. La grandeza del futuro de estrellas, con la vista puesta en la vida que Dios nos da, nos permite luego vivir en lo pequeño de cada día, arando la tierra. Hay una palabra apócrifa de Jesús que lo afirma de este modo: “Pedid lo grande, y así Dios os dará lo pequeño por añadidura”.

“Por Cristo ¡al Padre!”, porque un padre no nos recuerda solo un origen pasado, sino que nos dice también que hoy puede comenzar un nuevo origen. Algunos me habéis preguntado: ¿qué queremos los Discípulos de las Familias de Betania? Y yo diría: queremos ayudaros a vivir a la altura de los dones que Dios os ha dado para que germinen y florezcan. Queremos ser “sacerdotes para la familia”, es decir, sacerdotes que recuerden a la familia que su grandeza está en ir más allá, en saber entregarse, en alcanzar a Cristo, muriendo para dar vida.

En la creación Dios dijo diez palabras. Así que diez años son recuerdo de un gran don del Creador, un lugar donde la vida puede florecer. Luego, en el Sinaí, dio también los diez mandamientos. Por eso los diez años son apertura de un camino nuevo hasta la tierra prometida del cielo. Y así queda resumido lo que nos llena el corazón y nos inspira hoy: “¡En María, Cristo! ¡Por Cristo, al Padre!”

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

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