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“Los votos: buscar a Dios”

Profesión religiosa en los DCJM, 12 de junio de 2021, memoria del Inmaculado Corazón de María

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La fiesta del Corazón de María nos la presenta buscando a Jesús perdido en el Templo. De este modo el corazón se define como aquello que nos mueve a la búsqueda. Quien busca tiene corazón; quien ha dejado de buscar, ya no tiene corazón. Y es que la búsqueda es indicio de que se posee ya el amor, un amor que nos mueve a buscar al amado. Y lo que el corazón busca es, sobre todo, al origen y a la plenitud del amor: el corazón busca al Padre Creador.

Corazón de Jesús y corazón de María: ambos buscan en este Evangelio. María busca, con José, a Jesús. Jesús busca, en el Templo, al Padre. Son búsquedas distintas: la angustiosa de María y José, la sosegada de Cristo, porque ya está en la Casa de Dios, allí donde hay seguridad de encontrarle.

Queridos novicios, hacéis hoy vuestros primeros votos de castidad, pobreza, y obediencia en los Discípulos de los Corazones de Jesús y María. El voto significa esto: la dedicación de la vida a una búsqueda, la búsqueda de Dios como futuro último y perdurable, como aquello por lo que merece la pena buscar todos los demás bienes. Buscáis, con María, a Jesús, para encontrar, con Jesús, al Padre. Ponéis el corazón en estado permanente de esta búsqueda de Dios, de modo que ella sea la clave para vivir cada jornada. Como nos recordó Benedicto XVI, buscar a Dios, “quaerere Deum”, es lo que ha movido desde antiguo a los monjes cristianos, lo que ha dado forma a sus vidas.

Hay que decir que esta búsqueda no está muy de moda. Dios, desde la creación, ha querido que el hombre le buscara. Hoy, más que negarle, parece que hemos perdido el interés por la misma búsqueda. Recuerdo aquella historia rabínica, en que el nieto se acerca llorando a su abuelo. Resulta que jugaba al escondite con sus primos, quienes decidieron cambiar de juego sin decirle nada. Él seguía escondido, pero nadie le buscaba ya. Y el abuelo le replica: “Lo mismo le pasa a Dios. Se esconde para que indaguemos dónde está. Pero ya nadie le busca”. ¿Es posible, entonces, seguir hoy buscándole?

Para responder hay que entender bien cómo es esa búsqueda. Ocurre que no buscáis a Dios como se busca algo que no se conoce, no lo buscáis por curiosidad o “por si acaso”, sino desde el querer firme que se expresa en el voto. Y es que, según un pensamiento de san Agustín, le buscáis porque Él ya os ha encontrado. O, con san Pablo, habéis sido alcanzados por Cristo y os lanzáis por eso a alcanzarlo (Fil 3,12). Vuestro camino hasta estos votos empieza allá al fondo de la Iglesia, en la pila bautismal, pues hoy respondéis radicalmente a aquella agua que os empezó a manar desde dentro cuando fuisteis bautizados.

Esto significa también que Dios os ha abierto ese lugar donde Él os encuentra y donde podéis buscarle. Recuerdo el monasterio de san Silvestro en Italia, en la cima del monte Soratte, un cenobio de antigua tradición y habitado por diversas órdenes, que al final hubo que dejar desierto porque no paraban de caerle rayos. Así son los votos: un situarse en aquel lugar donde suelen caer los rayos, de fuego y luz, por los que Dios sitia al hombre, hasta darle caza.

Pues uno podría decir que en nuestra época sí que buscamos a Dios, pero que le buscamos en los lugares equivocados, donde no se le encuentra. Le buscamos, por ejemplo, en nuestros sentimientos aislados, pero Él es un Dios de relaciones. Nos pasa como al borracho que buscaba la llave junto a la farola, aunque no se le hubiera caído allí, solo porque era el lugar donde había más luz.

“Buscar a Dios”. Los monjes, según explica el mismo Benedicto XVI, no se limitaron a seguir un deseo individual, pues entendieron que para buscarle era necesario comprender su palabra, estudiarla juntos, y así fueron construyendo una cultura cristiana, e irradiándola hacia fuera. Hacer los votos significa buscar a Dios en esta comunidad de los discípulos, dentro de la Iglesia, la cual nace de los sacramentos. Le buscáis, por tanto, con la alegría de saber que en este lugar Él os encuentra y se deja encontrar por vosotros.

Podríamos decir también que aquí, por medio de los votos, se abre el camino para buscarle. ¿Y cuál es ese camino? ¿Se trata de un camino que se separa de los bienes temporales, del amor humano, del ejercicio de vuestra libertad? ¿Hacéis acaso votos de pobreza, castidad y obediencia porque pensáis que no se le encuentra en los bienes terrenos, y queréis dedicaros a buscar solo lo celeste, más allá de lo corporal?

En realidad, no es así. Recordemos que María y José encuentran a Jesús en el Templo, y que ese Templo es símbolo del verdadero Templo, el cuerpo resucitado de Cristo. Por eso el cuerpo sigue siendo y será para siempre el lugar donde Dios se deja hallar. Propio de la vida religiosa es que esta búsqueda de Dios da forma concreta a vuestra vida en el cuerpo: vuestros bienes, vuestros horarios, vuestros planes, vuestros afectos...

Está primero la pobreza. Renunciáis a poseer bienes para aprender a reconocer en ellos a su origen, el donador de todo bien. Y renunciáis a poseer los bienes para buscar el destino último de ellos, lo que pueden dar de sí cuando son convocados a la esfera del resucitado. Y de esta forma podréis decir que todo es vuestro, con san Juan de la Cruz: “Míos son los cielos y mía es la tierra; mías son las gentes, los justos son míos y míos los pecadores; los ángeles son míos, y la Madre de Dios y todas las cosas son mías; y el mismo Dios es mío y para mí, porque Cristo es mío y todo para mí”.

¿Y la castidad? Con ella no renunciáis al cuerpo ni al cuerpo sexuado, ni a la virilidad. Al contrario, la castidad os enseña que el cuerpo es un lugar de búsqueda, la búsqueda del amor fundante, y la búsqueda del fruto último de ese amor. Con los votos buscáis en el cuerpo un amor, no solo hasta la muerte, como en el matrimonio, sino más allá de la muerte. Pues en el cuerpo experimentáis el afecto nuevo de Cristo, que ha vencido a la muerte.

Finalmente, obediencia. Poniendo vuestra libertad bajo un superior no renunciáis a ella. Descubrís que la libertad es ante todo una respuesta a una llamada y, por tanto, a una concordia con aquel que obra vuestra plenitud. Os hacéis capaces de querer por encima de vuestras fuerzas aisladas.

Así, buscar a Dios significa buscar el fruto último de todas las cosas, el futuro definitivo de ellas. El verbo latino “quaerere” ha dado en español lugar a dos verbos esenciales. Por un lado, el verbo “amar”. Pues solemos decir en español: “te quiero”. Por otro lado, el verbo que indica la decisión firme, el acto de voluntad: “sí, quiero”. Nuestra lengua ha expresado así que tanto el amor como la libertad son en realidad una búsqueda, un “quaerere”. Es decir, ambos esconden un “más” porque apuntan a una plenitud que nos supera y que solo se colma en Dios.

Precisamente por ese lanzamiento hacia el futuro, los votos se realizan plenamente en la cruz, venciendo a la muerte. Por eso recibiréis enseguida el crucifijo. En el Evangelio, María busca a Jesús por tres días, prefigurando así la pasión. Pues al encontrarle en el Templo no terminó la búsqueda, sino que empezó una nueva, tratando de responder a la pregunta que no comprendió: “¿No sabíais que yo tenía que estar en las cosas de mi Padre?” Al llegar la Pasión María sabrá ya qué hacer: buscará con Cristo al Padre. 

“Los que buscan al Señor”, dice el salmo, “no carecen de nada” (Sal 34,11). Es paradójico, pues, si buscan, ¿no es porque les falta algo? Nada les falta, en realidad, porque la búsqueda indica que Dios ya les ha encontrado y porque Dios les abre también el lugar donde pueden encontrarle cada vez más hondamente. Nada les falta, porque tienen ya con ellos al amigo, que se ha hecho camino para conducirles a la meta. Queridos novicios: que, buscándole, le encontréis y que, al encontrarle, le busquéis todavía con más ardor, hasta la patria.

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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