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 “El reinado de Cristo: luz, unidad, esperanza”

Homilía, Fiesta de Cristo Rey, Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles, Woodbridge, VA, 21 noviembre 2021

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Cristo es Rey. La fiesta de hoy lo celebra no solo como rey de cada uno de nosotros, sino como rey también de la sociedad, rey del cosmos.

Pero ¿para qué necesitamos un rey? Hoy vivimos una crisis de autoridad. La profesión política parece desacreditada. ¿No es el gobierno un mal menor? ¿No hay ya suficientes jefes para tener que aceptar un rey más?

Por varias razones necesitamos los hombres gobernantes, y no solo como un mal menor para evitar desórdenes. En primer lugar, venimos a un mundo que no hemos diseñado, y que recibimos de otros. Necesitamos alguien que nos introduzca en la sociedad, en su historia y tradiciones, que nos de un nombre y así nos permita conocernos a nosotros mismo. Por eso la primera autoridad es la del padre y la madre. Y los gobernantes están llamados a recordar lo que hemos recibido como sociedad, a dar testimonio de una historia y de un proyecto compartido, a respetarlo, a honrarlo.

Pero el hombre necesita autoridad también porque sin ella cada uno iría por su lado, buscando su propio bien, sin atender a lo común. Sin alguien que gobierne nos dispersaríamos como ovejas que han perdido al pastor. Y el hombre necesita la convivencia con otros, más aún que necesita aire para respirar.

Finalmente, necesitamos alguien que nos gobierne porque nuestro futuro es incierto y no podemos preverlo. Pues para ver el futuro hay que tener en cuenta la totalidad, y esto es lo propio del gobernante, que cultiva la mirada a largo plazo. Por eso es tan importante que el rey tenga sucesores: “el rey ha muerto, larga vida al rey”.

Así que necesitamos a un rey: para saber quiénes somos y lo que hemos recibido; para vivir juntos; para abrir nuestro futuro. Entendemos también que la respuesta última a estas preguntas solo puede venir de Dios. Sólo Él sabe quiénes somos y quiénes estamos llamados a ser. Sólo Él nos puede mantener unidos. Sólo Él conoce nuestro futuro último y lo tiene en su mano.

Pues bien, Cristo es Rey porque ha venido a traernos a Dios y, de este modo, tiene la respuesta última a todas estas preguntas.

 

En primer lugar, Él ha venido a enseñarnos de dónde venimos, Él nos conoce plenamente y conoce cuál es nuestro nombre y a qué estamos llamados. Por eso podemos fiarnos de Él.

Hoy estamos acostumbrados a que el conocimiento sea poder de unos sobre otros. Quien tiene los datos puede manipular, porque conoce cómo nos comportaremos. La verdad se confunde con el interés, con el deseo de los poderosos.

Pero Jesús no quiere tener nuestros datos para dirigirnos, sino que quiere revelarnos nuestro nombre y nuestra identidad más honda. Por eso, ante Pilatos, se confiesa como rey precisamente porque Él da testimonio de la verdad. Y la verdad última del hombre es que somos imagen de Dios. La verdad que nos revela este rey es que somos hijos, hijos del rey, y por eso la autoridad de este rey es la autoridad de un padre que quiere transmitirnos una herencia. Su proyecto es hacernos crecer para que seamos plena semejanza suya, para que conozcamos la verdad y la verdad nos haga libres y reinemos con Él.

 

En segundo lugar, necesitamos un rey que nos mantenga unidos, y Cristo ha venido a reunir a los hijos de Dios dispersos. A los poderosos les interesa que estemos separados. Pero no a Cristo, que ha venido para reunirnos. Aún más, para darnos unidad ha querido compartir nuestra vida, hacerse uno de los nuestros.

Se cuenta del rey Cristián X de Dinamarca que, durante la Segunda Guerra Mundial, vio izada una bandera alemana que violaba el concordato. Al anunciar que enviaría un soldado a retirarla, y responderle los alemanes que abatirían a ese soldado, el rey replicó que ese soldado sería él, el mismo rey. Y no le dispararon.

Es lo que ha pasado con el rey Cristo, que ha venido a luchar como uno de nosotros, compartiendo nuestros trabajos para darnos parte en su gloria, como decía san Ignacio de Loyola. La diferencia es que Él sí que ha sufrido, hasta la muerte. El trono de su reinado es la cruz, y solamente al acercarse a la cruz dejó que le llamaran rey y que le confirieran el título de rey. Y esto fue así porque no le bastaba con hacerse soldado, sino que quería que los soldados llegaran a ser reyes, para que reinaran con él. Cristo es rey no solo porque es Dios, sino también porque es hermano nuestro, y puede ser rey del amor, rey de nuestros corazones.

 

Finalmente, Cristo es un rey que mira al futuro. No le preocupa tanto el corto plazo, como la mirada larga. Y el futuro de Cristo es el futuro que llega más allá de la muerte. Sólo en el caso de Cristo se ha dicho de la misma persona: “El rey ha muerto. ¡Viva el rey!”, porque ha muerto y resucitado, y en estos dos eventos unidos está la clave de su realeza.

Por eso quien acepta a Cristo como rey cuenta con el futuro. Es el futuro de la fidelidad hasta la muerte y es el futuro del fruto. Si ponemos en sus manos nuestro amor de esposos, sabemos que ese amor durará. Si ponemos en sus manos nuestra misión de padres, sabemos que podremos transmitir la fe a nuestros hijos, y la vida eterna.

 

Cristo rey, porque nos revela la verdad, y podemos percibirla por la fe. Cristo rey, porque se he hecho uno de nosotros para mantenernos unidos, y es lo que practicamos en el amor. Cristo rey, porque nos abre un futuro nuevo, que es el futuro de la esperanza. En la fe, el amor y la esperanza, se hace eficaz en nuestras vidas el reinado de Jesús.

Y recordemos: Cristo no quiere ser rey solamente de cada uno de nosotros por separado, sino que quiere ser rey de nuestra familia. No le damos solo nuestra persona, sino que le damos nuestro tiempo juntos, le damos nuestro trabajo y oración y descanso juntos.

 

Cuentan de un rey que regresó a su reino tras cuarenta años de exilio. Al recibir a sus siervos, que se habían mantenido fieles, se acercó uno muy anciano. El rey le preguntó cuántos años tenía, y el anciano dijo: cuarenta. Era una cifra inverosímil, por lo que el rey sonrió y quiso saber cómo era así. “No cuento como vida” respondió el anciano “los años que no pude servir a mi rey.

Esto podemos decir nosotros de Jesús rey. Solo hay vida si Él es rey, porque solo entonces conocemos la verdad de quiénes somos, solo entonces entendemos la verdad de nuestro amor, solo entonces se abre el futuro común en esperanza. Si queremos todo esto, elijamos a Cristo como rey. Sólo Él tiene vida porque lleva a plenitud los deseos más profundos del corazón. Y no solo eso, sino que supera nuestros deseos. “El Rey ha muerto, ¡larga vida al Rey!”

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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