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Despertemos, nace un nuevo Día: Cristo

Homilía de Pascua, 3 de abril de 2021

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“Muy temprano, el primer día de la semana...” A Jesús le gustaba madrugar. El Evangelio nos cuenta que se levantaba cuando aún estaba oscuro para adorar al Padre. No extraña así que resucitara también de madrugada, levantándose del sueño de la muerte. Y es que la resurrección es el despertar, o el ser despertado de Jesús por el Padre. La Iglesia recuerda esto, dice san Agustín, al celebrar las vigilias. La vigilia es propia de la fe cristiana, porque es la fe en la resurrección, en una vida tan intensa que deja atrás el sueño y a la vez no nos fatiga. Agustín llega a afirmar que quien no gusta de vigilias es que no espera ya la resurrección de la carne, donde todo será vigilia (Sermón 221,3). Por el contrario, quien se acostumbre a velar tampoco remoloneará cuando suenen las trompetas para que nos levantemos del sepulcro.

1. ¿A qué vida se despierta Cristo? La imagen de la vigilia nos pone en el centro del misterio que hoy celebra la Iglesia. Junto al contraste entre vida y muerte hay otro entre vida y sueño. Este nos ayuda a entender que la vida humana tiene muchos grados de plenitud. ¿No vivimos en un duermevela, un “sueño fatigoso y frecuentemente interrumpido” (diccionario RAE)? San Agustín no sabía si describir esta vida como vida mortal o como muerte vital (Confesiones I 6). Solo la vida que nos trae Jesús, añade, es “vida vital” (Enarr. in Ps. 89).

Esta distinción entre vida y vida se hace vigente en los tiempos pandémicos. Nos lo ha enseñado el conflicto entre mantener la salud y mantener otras actividades. No era posible el confinamiento total porque la vida humana no consiste solo en sobrevivir. Viendo que en otra ciudad las medidas de confinamiento eran más laxas que en la suya, alguien comentaba: “allí la vida humana se valora menos”. Pero no es cierto. Se podría decir, si acaso: “allí se entiende de otra forma la vida humana y lo que significa una vida lograda”.

Hay personas, por ejemplo, para las que no poder participar en la liturgia, hace menos valiosa la vida. Y deciden correr entonces ciertos riesgos por no arriesgare a perder los fundamentos de la vida. La vida humana no es solo salud biológica, sino que tiende siempre más allá de sí misma, movida por una grandeza que la supera. De ahí que sea posible, por ejemplo, vivir para otro, y que sea posible también dar la vida a otros o por otros. Y esta es en realidad la diferencia entre la vigilia y el sueño, como la describía el filósofo Heráclito: que cuando estamos despiertos habitamos un mundo común, y cuando soñamos cada uno se retira a su propio mundo. Vivimos en este fatigoso duermevela porque no vivimos vida juntos.

Jesús aparece hoy con el título que le da el Apocalipsis: el Viviente (Ap 1,18). Y los antiguos Padres le llamaban “el Día”. Creer en la Resurrección no es solo creer que está vivo, sino creer que Él tiene la vida plena e insuperable. Él ha abierto ese mundo común de la vigilia, donde los hermanos son tan reales como nosotros, y Dios más real que todo, y así la vida se potencia al ser vida grata y común. Para quien encuentra al Resucitado, todo lo que vivía anteriormente sin Él solo puede considerarse un sueño. Recordemos que el bautismo ha sido llamado desde antiguo “iluminación” (photismós), evocando la luz matutina. “Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos, y Cristo será tu luz” (Ef 5,14).

2. Si esto es así, entonces creer en Jesús es confesarle como vida que se nos comunica a cada uno, como “nuestro inseparable vivir”, “nuestro vivir para siempre” (san Ignacio de Antioquía). Si Cristo es llamado Día, los Apóstoles (y en ellos toda la Iglesia) se han identificado con las doce horas del día, que escancian esta luz (San Ambrosio, Comentario a san Lucas VII).

Decía un novelista que en todos los cuentos y leyendas del mundo la Muerte aparece como un personaje que se esconde o disfraza, por ejemplo, como señora anciana. Quiere asaltarnos por sorpresa donde menos se la espera. El escritor añadía que en realidad esto puede decirse también de la Vida. También ella se disfraza y esconde, y en el momento menos pensado, ¡zas!, se nos aparece, nos despierta del sueño en que vivíamos, y nos convoca a una grandeza que no sospechábamos: un gran amor, una gran causa, un gran sacrificio...

La cosa se cumple literalmente con Cristo, el Viviente. Desde que resucitó anda por ahí suelto, despertando al mundo. Se hace el encontradizo, como a los dos adormilados o sonámbulos de Emaús, que caminaban sin ver. Toma distintas formas y en cuanto nos descuidamos, ¡zas! surge en nuestra vida y nos llama a seguirle, a tomarle como medida de todas las cosas. Pero, atención: no es que nos llame a otra vida, sino que nos llama a nuestra vida, a esta, a la que surgió del Padre en la creación, vida corporal entretejida en relaciones corporales. Lo que hace Cristo, el Viviente, es mostrarnos cuán grande es esta vida en la carne, cuánto puede dar de sí, qué fecundas promesas contiene. Él nos enciende de llama en llama, como nuestras velas que han prendido del cirio pascual. Es decir, no nos da solo luz, sino también calor para tocar nuestra carne y prender nuestra vida y nuestro amor.

Esto se puede aplicar a vosotros, esposos. Santo Tomás de Aquino enseñaba que el matrimonio se instituyó en la cruz. Algunos, bromeando, señalan esta frase: “perdónales, porque no saben lo que hacen”. Pero fue, más bien, cuando gritó: “está cumplido” (el amor). Y es cierto que vuestro amor se basa sobre este amor del Crucificado hasta el extremo. Pero podría añadirse que el matrimonio se instituyó también en la resurrección. Os habéis casado, no solo porque la cruz de Cristo puede reparar vuestra fragilidad, sino sobre todo porque la resurrección de Cristo os ha revelado cuánto futuro tiene vuestro amor y qué alto destino. Y habéis tenido hijos porque sabíais, desde que Jesús resucitó, lo grande y bella que puede llegar a ser la vida.

Y lo mismo sucede a quienes vivimos la virginidad consagrada. En ella la resurrección de Jesús, llama que enciende otras llamas, sigue mostrando hoy su fuerza. No permanecemos vírgenes para testimoniar lo pobre que es la vida, sino lo sobreabundante que ella es en Cristo. Permanecemos vírgenes, decía Ignacio de Antioquía, para honrar la carne del Señor. Es decir, para mostrar la fuerza de su resurrección, capaz de centrar en el Padre todo deseo y todo afecto, inaugurando ya aquí el señorío de Dios sobre toda carne.

3. Propio de los sueños es que en ellos no se puede crecer. Quien despierta no solo se incorpora al mundo común, sino también al relato común, a la vida como camino hacia la plenitud del amor. Necesitamos hoy, más que nunca, recuperar ese relato, que el coronavirus parece haber interrumpido. A muchos la pandemia se les hace una pesadilla: ¿cuándo despertaremos? Desde la Pascua ya no hace falta esperar a que pase el virus para despertar, para recuperar el mundo y el relato común, para reanudar la vida. El resucitado nos despierta, pues nos revela el manantial del Padre, manantial de amor que nos une e impulsa nuestra historia juntos. Todo es real si Dios está presente y lo mueve hacia sí. Todo es real si le respondemos amando como Jesús nos amó y nos potenció para amar.

Un ejemplo de este camino nos lo da Rembrandt en sus cuadros sobre Emaús. Emaús es el desafío más grande para un pintor. ¿Cómo retratar precisamente el despertar, el momento exacto en que se reconoce a Jesús y se abandonan los sueños? En un cuadro de juventud Rembrandt muestra este despertar como evento que irrumpe en la vida. Uno de los discípulos ha tirado la silla y está arrodillado ante el Maestro, a quien se ve de perfil y a contraluz. El otro discípulo le contempla con ojos dilatados de espanto. La madurez alcanza en Rembrandt otra mirada: otro cuadro presenta ahora a Jesús de frente, con un rostro lleno de luz. Es un rostro curioso: el de alguien que ha sufrido mucho, como si el rostro llevara las heridas, y su luz es su paz. Ahora los discípulos no hacen aspavientos, y ni siquiera miran a Jesús, sino al pan que parte. Miremos nosotros también a este pan de vida eterna que recibiremos, un pan lleno de la luz del resucitado y de su fuego. Los sacramentos, base de nuestra comunión en la Iglesia, son el espacio de la realidad, donde se disipa el sueño. Que desde ellos se dirija toda nuestra vida común hacia el eterno Día. ¡Despierta, pueblo que duermes, sé luz en el Señor!

 

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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