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 La Dormición.png“Fontana vivaz de esperanza”

 Homilía en la fiesta de la Asunción, 15 de agosto de 2021

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Cuando Dante asciende por el Paraíso tiene que superar un arduo examen sobre las tres virtudes teologales: fe, esperanza, caridad. En el Canto XXV de la Divina Comedia aborda la esperanza y allí el poeta confiesa que esperamos la resurrección de la carne. Ahora bien, esta resurrección se ha anticipado, pues en el cielo hay ya dos luces que poseen la estola, que simboliza la gloria del cuerpo. Son Jesús y María, únicos que ascendieron en cuerpo y alma (Paradiso XXV). Así que María, asociada a Cristo, pertenece a la profesión de la más alta esperanza cristiana. Si nos examinamos de esperanza, es necesario hablar de su Asunción.

Los judíos pensaban que la resurrección llegaría al final del tiempo, y para todos a la vez. La fe cristiana trae una novedad. Y es que esta resurrección se ha anticipado dentro de la historia en una persona concreta, en Cristo. De esta forma queda claro que Él es la causa de nuestra futura resurrección. Además, al haber resucitado Jesús, nuestro hermano, se transforma nuestra peregrinación por esta tierra: incorporados a Él por el bautismo su resurrección afecta a nuestra carne. Estamos tocando y vislumbrando ya, en cada momento de la vida, en cada alegría y dolor, la plenitud de nuestra esperanza.

Hoy celebramos que esta anticipación de Cristo no fue solitaria, sino que el Señor quiso asociar a sí a María. Su cuerpo materno en el cielo es como una extensión del cuerpo glorioso de Cristo. De este modo resulta que, junto al cuerpo del varón, se encuentra también el cuerpo de la mujer. Es un mensaje muy necesario para el tiempo actual: el cuerpo humano está completo, en su gloria máxima, solo en su forma dual, como masculino y femenino. Lo masculino y lo femenino, además de formar el eje fundante de la creación de Dios, están llamados también a formar parte de la plenitud de esa misma creación. La polaridad de varón y mujer, que nuestra época tiende a camuflar, se presenta en este día como fuente de plenitud y de nuevo futuro. Dios ha querido formular nuestra esperanza usando la gramática de lo masculino y lo femenino.

¿Qué significa esta presencia del cuerpo de María en el cielo? Podemos recordarlo con tres palabras de la Salve Regina: “vida, dulzura, esperanza nuestra”.

 

El cuerpo de María es, en primer lugar, vida, porque es el cuerpo de la madre de los vivientes. San Juan Damasceno dice que convenía que María fuera asunta, pues aquella que ofreció su seno como primera morada al Hijo de Dios, había de disfrutar de la morada del cielo. Nuestra primera morada ha sido nuestra madre. Toda madre enseña que la vida humana nunca es solitaria, pues desde el mismo instante de la concepción nos acogieron un vientre y unos brazos. El cuerpo femenino nos enseña que no solo podemos estar con otros o vivir para otros, sino que también podemos vivir en otros, que podemos acoger a otros en nosotros mismos y ser acogidos por ellos.

Y esto lo asumió también Cristo. Su cuerpo no fue el cuerpo de un individuo aislado, sino un cuerpo en relación, un cuerpo que habitó entre nosotros porque María le ofreció desde el principio una morada. María es el mejor testigo de que la Encarnación fue también, como decía san Hilario de Poitiers, una con-carnación. Es decir, naciendo en María, Cristo compartió la carne de todos los hombres y la transformó, para poder llevarla al cielo, a la presencia de Dios. Era natural, por tanto, que el cuerpo de María, la primera morada de Cristo, formase parte de la morada definitiva que Cristo nos ha preparado. Así que tenemos en el cielo un cuerpo materno, lo que nos permite imaginar el cielo, que deja de ser un lugar abstracto, pues se parece a la casa materna. Vivir en la Iglesia es saberse ya, anticipadamente, acogidos en esa casa.

El cuerpo de María es, además, dulzura. Al varón, como decía el filósofo Julián Marías, corresponde la gravedad de quien asume con seguridad el peso de la vida, sabiendo a la vez que ese peso le supera. Ahora bien, el varón sólo puede hacer esto, añade Marías, porque existe la mujer, que es gracia, es decir, elevación sobre las necesidades apremiantes de la vida, aquella que abre el reino de lo bello y de lo personal. Así que el hombre sostiene el peso y la lucha porque la mujer lo eleva, y la mujer se deja llevar en volandas por el hombre, siendo ella quien lo mueve y atrae. Esto ilumina la Asunción de María: Ella es la belleza que nos invita a elevar el corazón. La mujer grácil que está en lo alto hace ligera la subida a lo alto.

En otro momento de su viaje Dante contempla, en visión mística, como María asciende a los cielos, “una llama coronada que se elevó detrás de su simiente”, que es Cristo (Paradiso XXIII). Los santos la ven subir y se quedan absortos mirándola. El poeta les compara con el niño pequeño que, tras separarse del pecho de su madre, eleva a lo alto los brazos, por el amor que rebosa en él hacia ella. De esta forma manifiestan “el alto afecto” que les mueve hacia la Señora, es decir, un afecto que les empuja a subir a lo alto. La Asunción es escuela de nuestros afectos, para que apunten a su meta suma.

Y de ahí que, por la Asunción, María sea esperanza nuestra. Pues propio del cuerpo de la mujer es la fertilidad, la capacidad de concebir una nueva vida. De este modo se convierte en un cuerpo que está lleno de futuro. En el cuerpo femenino se alberga, en medio de la experiencia corporal de este mundo, algo que supera este mundo, que viene estrictamente del Creador y tiende hacia Él: una nueva vida. El varón tiene también esta capacidad de procrear, pero no es interna a él, no le corresponde a él hospedar la vida.

Todo esto invita a Dante a afirmar que María, ascendida al cielo, es “aquí abajo, entre los mortales, fontana vivaz de esperanza” (Paradiso XXXIII). Es decir, con su Asunción, María atestigua cuánto puede dar de sí esta creación, aun en su estado mortal y de camino. Y esta fecundidad de nuestra vida corriente –de nuestra familia, de nuestro trabajo, de nuestro dolor y gozo– suscita esperanza. Pues la esperanza cristiana no apunta a algo que llegará después, más adelante, sino a algo que madura en nuestra vida de todos los días.

 

En su examen sobre la esperanza, Dante vuelve sobre un punto que le inquieta: ¿qué añade a nuestra felicidad la resurrección del cuerpo? Según el poeta, la alegría de los beatos por recuperar el cuerpo no es tanto una alegría individual, sino compartida. Es decir, no se alegran solo por ellos, sino por la alegría que darán a su familia y amigos al poder abrazarles, ya que el cuerpo es lugar de relación y de vida juntos (Paradiso XIV).

Podemos imaginar así la alegría de María en la Asunción. No se alegra tanto por ella, sino por nosotros. Es el gozo de tener un cuerpo para poder seguir estando cerca de nosotros, para poder seguir siéndonos madre, con lo que implica de cuidado concreto y cotidiano. Por eso tras ocho días la celebraremos como Reina de todo lo creado, coronada por Cristo, el gran Rey. La Asunción significa una presencia más intensa de María en el curso del mundo, precisamente porque ella ya tiene cuerpo. Nos infunde así confianza en que, tras todas las batallas de la historia, su Corazón inmaculado triunfará.

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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