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 “Un lugar de esperanza para el año nuevo”

Homilía en la solemnidad de santa María Madre de Dios, 1 de enero de 2022

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Empieza un año nuevo, 2022, en que necesitamos mucha esperanza. Y de esperanza trata la solemnidad de santa María, Madre de Dios. Pues en el vientre de María la carne que compartimos los hombres llegó a ser la carne de Dios. En María, en su cuerpo, en el ambiente que Ella generó en torno a sí, sucedió Dios con nosotros.

Por eso, igual que hay terrenos donde se dan bien determinados frutos, como en Valencia las naranjas, así María es el lugar donde se da bien la esperanza. Ella es el lugar donde esperar se hace fácil y como cuesta abajo.

María pertenece así a la topografía de la esperanza. Pensamos en aquellas letanías que presentan a María como casa o ambiente: casa de oro, torre de David, torre de marfil, vaso espiritual, vaso honorable, vaso de elección. Incluso hallamos “albergue de la divinidad”, hospitium deitatis en latín, lo que nos invita a imaginar a María como casa para acogerhospitalariamente a un Dios peregrino y pobre... Y cobra sentido esperar “en María”. ¿Por qué necesitamos permanecer en ese lugar que Ella abre para nosotros?

1. En María nace Cristo, Hijo de Dios

La primera respuesta suena: porque en ese lugar, en María, ha sucedido y sucede Dios. Y nos quedamos en María porque no podemos correr el riesgo de que Dios no suceda en nuestra vida, de que no suceda Cristo, Hijo de Dios.

En efecto, perderse a María es perderse el misterio de Cristo. El poeta Luis Rosales escribió un largo poema titulado “La casa encendida”. En él se expone la experiencia del poeta, cuando dejó su casa natal de Granada para vivir en un piso de Madrid, solo, y el piso estaba privado de calor y luz. Poco a poco Rosales va llenado la casa de los recuerdos que han animado su vida: los de sus amigos, su mujer, sus padres. Pues bien, cuando habla de su madre se refiere a ella como “mi primer corazón”: “hemos vivido el mismo corazón durante largos meses”.

Y luego describe Rosales el vínculo del hijo con su madre, un vínculo que empieza por el tacto que se hace notar: “he vivido doliéndote... yo he dolido mucho para poder vivir... yo sigo doliendo allá en el centro de tu vientre, allá en el fruto de tu vientre y encendiéndome en él y ardiendo de tu carne…”

Desde aquí se entiende que el corazón de María fue el primer corazón de Jesús. Y fue un corazón que nunca dejó de acompañarle, porque Jesús tuvo siempre un corazón de hijo. Como Luis Rosales, Cristo pudo decir: “sigo doliendo allá en el centro de tu vientre, y ardiendo en tu carne”, pues “yo he seguido consumiéndote, / que yo he querido seguir haciendo desde entonces, / aquel viaje de la sangre que empuja y quiere circular entre dos corazones”. El cuerpo de Jesús llevó toda su vida la marca de la madre, la referencia a la madre, testigo de su origen en el Padre Dios y testigo de que la vida humana nunca está aislada, pues “un corazón solitario / no es un corazón”. Esta relación con la madre no termina nunca, está escrita en lo más hondo del nombre del hijo, la lleva en su carne, como una cicatriz abierta, pero cicatriz de donde recibe calor y vida y cuidado.

Tener carne es tener madre, es nacer de una madre. Como dice Tertuliano: “no hay carne sin nacimiento ni nacimiento sin carne”. Así que, al asumir la carne, el Hijo de Dios asumió madre. De este modo la humanidad de Cristo no fue nunca la de un individuo aislado, sino una carne abierta a la relación. Y, por tanto, abierta también a nosotros. Gracias a María, la Encarnación es siempre, como decía san Hilario, “concarnación”. Y esto nos conduce a una segunda esperanza.

2. En María llegamos a ser Cristo

Hemos dicho que María es Madre de Dios porque en Ella nuestra carne común se ha hecho la carne de Dios. Pues bien, de este modo la maternidad de María se traduce en una maternidad con respecto a nosotros. Ella es el lugar donde nos santificamos y divinizamos, como indica una versión de las letanías lauretanas, que llama a María “forma sanctitatis”, el molde de la santidad.

Esto aparece en la lectura de hoy, de la carta a los Gálatas. Es el único pasaje donde san Pablo se refiere a María, y lo hace muy de pasada, diciendo que Jesús nació de mujer. Pero en esta breve mención hay mucho meollo. Para verlo, basta mirar al contexto: “nacido de mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción”. Esta figura de dicción que usa Pablo se llama quiasmo, y en ella se presentan en orden inverso los miembros de dos secuencias. “Nacido bajo la ley – para rescatar a los que estaban bajo la ley” es la primera secuencia. “Nacido de mujer – para que recibiéramos el ser hijos por adopción” es la segunda.

Por tanto, Jesús nació de mujer, con un nacimiento corriente, pero para que se diera un nacimiento no tan corriente. San Pablo pudo hilar esta conclusión solo porque presuponía los evangelios de la infancia. Cristo nació de mujer, pero este nacimiento fue singular, porque María era virgen. Es decir, quien nació de mujer era el Hijo de Dios, y por eso pudo vivir de modo nuevo la carne que tomó de la mujer. En esta carne Él abrió posibilidades nuevas de relación, de forma que pudiéramos vivir, desde su carne, como hijos de Dios. Así que la maternidad de María es el ambiente de nuestra filiación divina.

San Ireneo de Lyon recoge esta misma idea, al describir el vientre de María como “aquel que nos regenera para Dios”. ¿Qué quiere decir esto? El seno de María nos regenera para Dios porque María ha generado a Dios en la carne. Y cada vez que recibimos la carne de Jesús, para configurarnos a ella, en esa carne está inscrita la maternidad de María, que nos llega a nosotros. Al comulgar estamos comulgando, no el cuerpo de Jesús aislado, sino el cuerpo nacido de María. Si tener carne es tener madre, al asimilar la carne de Cristo estamos asimilando en nosotros a la madre de Cristo, estamos recibiendo el sello de la maternidad de María.

Entonces, en María se cumple plenamente lo que, según el teólogo Giuseppe Angelini, puede decirse a toda madre que espera un hijo: “Podrás ser buena madre para este hijo que nacerá solo si has adoptado antes a todos los hijos del mundo. Y es que solo así habrás aceptado recibir al hijo como viene, no algo hecho por ti, sino alguien que se te ha confiado”. En María se cumple esto plenamente porque se cumple no solo como disposición a acoger a todo hijo, sino como realidad: al aceptar al hijo de Dios en su seno aceptó a todos los que somos hijos en el Hijo.

3. En María nacemos juntos como cuerpo de Cristo

Y, así, hay una tercera razón para permanecer en Ella: que en María nacemos juntos a Dios. Lo que genera María es un ambiente de esperanza, donde se puede esperar, no solo para el individuo aislado, sino para la comunión, para nosotros. María, siendo madre de Dios, es madre de nuestro bien común. Ella es Madre de aquel bien que es el bien último que perseguimos juntos y que solo podemos alcanzar juntos.

Hemos visto las letanías que hablan de María como de un lugar. La madre es, primeramente, una casa. La casa es como el útero, un lugar donde se genera a la persona al educarla. La diferencia es que, mientras en el útero estamos solos, no así en la casa. En la casa la madre no genera solo a personas aisladas, sino a las relaciones entre ellas, entre los hermanos. El poema “La casa encendida” nos inspira de nuevo cuando Luis Rosales describe el hogar como el sitio donde “los latidos del corazón tienen las mismas letras que la palabra hermano”.

Además, llamamos también a María refugio, y aquí tenemos la advocación “torre de David” (Cant 4,4), fortaleza que protege nuestra vida común y la rescata de todo mal que aqueja a nuestras relaciones. Un antiguo villancico dice: “Virgen, vos sois nuestra madre / que a la que el fruto mordió / madrastra la llamo yo”. El verso no es muy halagüeño con Eva, pero sentimos aún más su aguijón si lo aplicamos a descendientes más próximos. ¿Llamaremos madrastras a nuestras abuelas o a nuestra misma madre, porque también ellas mordieron el fruto? Sí y no. Es decir, si no hubiera sido por María, todas ellas serían madrastras. Son madres, y no madrastras, gracias a María. A María le debemos recuperar la maternidad como fuente de beneficios. Y también, gracias a la maternidad divina de María, ya no hay solo hermanastros, sino hermanos.

Por último, la madre abre también el espacio de la ciudad, porque nos enseña la lengua común de los hombres, lengua materna y lengua patria. Dante representó la ciudad perfecta, la Iglesia santa del cielo, como una enorme rosa, que es el arquetipo de la belleza y la perfección. Y el poeta relaciona el nacimiento de esta rosa con el vientre de María: “En tu vientre se reencendió el amor / por cuyo calor, en la paz eterna / así ha germinado esta flor”. De este modo María nos da la clave para toda misión de la Iglesia, que es una generación de vida y de vida juntos. La misión cristiana no es un simple imperativo, algo que hay que hacer porque está mandado. Desde María, desde el bien común que ella alberga, cambia el sentido de la misión. Pues la misión brota de la vida común que se lleva dentro y que aumenta cuanto más se expande, y por eso la misión es siempre gozosa.

Concluyamos con una imagen. El Greco, en su “Entierro del Conde de Orgaz”, ha representado a María en el útero celeste donde el hombre nace para el cielo, donde se genera lo eterno. Lo que en la pintura sucede después de la muerte se anticipa a nuestro hoy. María es lo contrario de eso que los americanos llaman comfort zone (es decir, nuestra zona segura, donde las cosas están bajo control, pero también donde la fecundidad se reduce o ahoga). Pues entrar en María es entrar en ese lugar donde somos lanzados más allá de nosotros, para encontrar a Dios con nosotros, para generar a Dios en nosotros.

Por todo esto María es fuente vivaz de esperanza. Lo cual se resume en el lema: “En María, Cristo”, que podemos desglosar: “¡En María encontramos a Cristo! ¡En María, nos hacemos Cristo! ¡En María, juntos, llegamos a ser el cuerpo de Cristo!”

 

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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