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 “Los votos religiosos, desde la esperanza: una paternidad nueva”

Homilía de votos perpetuos en los Discípulos de los Corazones de Jesús y María, 19 diciembre 2021, cuarto domingo de Adviento

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En este tiempo de pandemia, donde el futuro se hace tan incierto, celebramos unos votos perpetuos. Y esta es la paradoja: pues en el voto vais a realizar un acto que asume y anticipa el porvenir, vais a entregar a Dios vuestro futuro. Cuando todo el mundo dice: “no hay visibilidad”, vosotros tenéis la visibilidad de decir: “para siempre”. Hoy que se habla poco de vida eterna vosotros, al emitir los votos, dais testimonio de la vida eterna. Hay tres personajes de las lecturas de este domingo de Adviento que nos ayudan a entender mejor cómo es esto posible.

1. Está, primero, Juan Bautista. En el Evangelio, Isabel escucha el saludo de María y salta en ella su hijo, es decir, salta el futuro que germina en su vientre. Isabel siente moverse su futuro, y su futuro se mueve porque se ha encontrado con otro futuro más grande. Es el futuro que lleva María en su seno, el futuro que es Dios mismo, el que es, era y viene. Es decir, el futuro del Precursor, el futuro de nuestras pequeñas esperanzas, se encuentra con el futuro de Jesús, el futuro de Dios que cumple sus promesas. De este modo, no solo responde a nuestros anhelos, sino que los colma y hace rebosar.

Este futuro de Juan tiene que ver con el voto del nazareato, con el que el Bautista se consagró a Dios, según reveló el ángel Gabriel a Zacarías, su padre. El nazareo simbolizaba la acción fecunda de Dios, y de ahí que uno de los requisitos fuera dejarse crecer el cabello, y se llamaba nazir también a las viñas que se dejaban crecer libremente. Por eso el nazareo tampoco podía tocar nada que estuviera muerto. Y la prohibición de beber el fruto de la vid se explica desde la acción del Espíritu en Él, que bastaba para alegrarle y embriagarle, sin necesidad de otros caldos.

De este modo el nazareato llevaba a plenitud la práctica de los votos en Israel. En los votos se ofrecía algo futuro, porque se pedía a la vez que Dios protegiera nuestro futuro salvándonos de algún peligro. Pero con el nazareato ese peligro era el peligro de todos los peligros: el peligro de perder la alianza con Dios, que da sentido a toda el caminar del Pueblo. Por eso los consagrados eran jueces, guerreros y profetas, que rescataban a Israel. Y por eso no bastaba al nazareo ofrecerle algo a Dios, sino que se ofrecía a sí mismo.

¿En qué peligro os encontráis quienes hacéis votos perpetuos al Señor? Os encontráis en el peligro de no llegar a la meta última, en el peligro de no alcanzar a Dios mismo, de no poder vivir en Él y para Él. Es el peligro de que vuestro corazón nunca deje de estar inquieto. Y este peligro no solo toca a quien hace los votos, sino a todos los hombres. Por eso, hacéis votos perpetuos para ayudar a todos a salir de ese peligro mortal, porque toda vocación lo es en la Iglesia y para la Iglesia. Es un voto en que pedís a Dios que él mismo sea nuestro futuro.

¿Y que prometéis, en el caso de que Dios cumpla lo que le pedís? Sería absurdo prometerle pequeñeces, como: si te das a Ti mismo, te daré tanto de mi sueldo o te ofreceré esta renuncia, o me fatigaré en esta peregrinación. Lo único que puede prometerse, si Dios está dispuesto a darnos un don tan grande, es todo lo que somos.

Aún más, como el hombre vive en el futuro, como un porcentaje alto de su identidad está en el porvenir, en los votos ofrecéis todo lo que queréis y podéis ser. Santo Tomás de Aquino decía que, en los votos, no le damos a Dios solo unos frutos, sino que le damos el árbol. Es como si los pastores de Belén no llevaran al niño un poco de leche, sino que le dieran sus ovejas. Lo agradecerían, sin duda, aunque no pudieran aceptarlas, pues sería imposible huir a Egipto de incógnito con un rebaño a cuestas.

2. Ahora bien,no basta con ofrecer a Dios lo que podemos y lo que queremos ser. Pues por grandes que sean nuestros deseos y fuerzas, no logran conducirnos más allá de la muerte, ni, desde luego, llevarnos a Dios. En realidad, quien pide tanto a Dios, quien pide la unión plena con Él, solo puede entregar esto a cambio: su disponibilidad para acoger el don de Dios mismo, su disponibilidad para que Dios sea Señor de su futuro. En los votos religiosos le pedís a Dios que se os dé totalmente, y por eso lo único que podéis ofrecerle consiste en acoger lo que le pedís.

Esto implica que, al hacer los votos, no se trata ante todo de realizar algo para Dios o de entregarle algo. Venís en primer lugar a recibir de Él. Esto nos invita a pasar de Juan Bautista a Jesús. Es Él quien impulsa a Juan a moverse en el seno materno. Si en los votos se anticipa un futuro que nos supera, y que es el futuro de Dios, esto solo puede ser porque, antes de que hagamos los votos, Dios mismo hace votos, prometiendo que se nos dará. Y es este voto de Dios, este deseo y esta promesa suya, y esta paciencia suya que nos espera y persigue, lo que sostiene cada día nuestra fidelidad a los votos.

La paciencia de Dios ha llegado a tanto, que ha asumido nuestra carne. Este es el voto de Dios, su promesa de que nunca nos abandonará. Pues nunca dejará esa carne asumida, nunca dejará de ser hermano nuestro. Por eso decimos en el Credo: “su reino (el reino del hijo del hombre) no tendrá fin”. Al encarnarse, Cristo se compromete a llevar esta carne al cielo, con lo cual nos será posible a todos alcanzar a Dios. Por eso, al entrar en este mundo dijo, como hemos escuchado en la Epístola: “he aquí que vengo, ¡oh, Dios!, para hacer tu voluntad” (Heb 10,7).

Este voto de Jesús, fundamento de nuestros votos, se encuentra con nosotros y nos toca en el bautismo. La raíz de los votos en el bautismo muestra bien que el voto es ante todo una acción de Dios hacia nosotros, que nos consagra a Él. Esta entrega queda recogida en una frase de Orígenes, que dice que nuestro Jordán, en el que entramos al bautizarnos, es Jesús mismo, “Jesús nuestro Jordán”.

Esto evoca lo que un sacerdote alemán respondió a unos inmigrantes que había acogido en su Iglesia, los cuales, al pertenecer a otra religión, le pidieron que quitase o cubriese la cruz. Simplemente replicó, señalando al crucifijo: “vosotros estáis aquí porque Él estuvo allí”. Pues es la caridad de Cristo hasta el extremo lo que mueve a los cristianos a acoger al forastero. Recordad: vosotros estáis aquí, haciendo los votos, porque Él estuvo ahí, en la Cruz. Más aún, estáis aquí, porque Él sigue ahí, el Crucificado que ha resucitado y os insufla amor y vida.

3. Si Jesús es nuestro Jordán, entonces en el bautismo no se trata solo de recibir el don de Dios, sino que entramos en la corriente abierta por Cristo, y colaboramos con Él para sembrar vida. Por eso en el bautismo se renuncia al diablo y se emite la profesión de fe. Y, del mismo modo, en los votos no decís solo a Dios: “toma mi futuro”, sino “toma lo que te pido que generemos juntos, te ofrezco el mundo que, a través de mi pobreza, nace en Ti y para Ti”.

Por eso es posible pensar en los votos desde la paternidad: generáis al mundo para Dios. Y esto dirige nuestros ojos a un tercer personaje de las lecturas de hoy, la Virgen María, que lleva en su seno el futuro pleno que es Jesús.

Los antiguos Padres invitaban a los cristianos a “conservar vuestro bautismo”, a “custodiar vuestro sello”. Pues bien, la mejor forma de custodiar el bautismo, dado que el bautismo es semilla de vida eterna, es lanzarlo a la tierra para que germine. Con los votos apostáis por custodiar el bautismo como se custodia una semilla, para que de un fruto del ciento por uno.

El filósofo personalista Gabriel Marcel llamó a la paternidad “voto creativo”. El padre desea y pide que el futuro se haga más grande, que aporte un fruto más allá de sí mismo, más allá de sus propias fuerzas y allende su propia muerte. Para ello es preciso pedir a Dios: “que me abra a ti, de modo que tu acción pueda ser fecunda en mí y desbordarse en otros”.

Esta dimensión paterna arroja una luz distinta sobre los votos: la luz de la esperanza. Es verdad que en los votos hay una cierta muerte. Ahora bien, no se trata de una muerte como renuncia al mundo creado. Se trata, más bien, de una muerte como paso hacia la plenitud, hacia la resurrección. Vuestros votos son una muerte, no como la muerte que trunca la rama de un árbol, sino como la muerte del fruto maduro que se desprende por su propio peso. Venís a los votos a recibir de Dios un futuro pleno, para poder imaginar con Él y proyectar junto a Él un porvenir eterno, para vosotros y para todos los hombres.

4. Resumiendo: en los votos, con Juan Bautista, le dais a Dios lo que queréis y podéis ser. Pero lo hacéis desde la novedad de Jesús, desde lo que Él quiere hacer en vosotros y de vosotros, dándole vuestra disponibilidad. Y lo hacéis como María, para que la acción de Jesús en vosotros se haga fecunda, dando a Dios lo que podéis generar junto con Él. Todo esto queda recogido en el bautismo, donde se encuentran estos tres personajes: la preparación de Juan, el don de Jesús que nos abre camino, la colaboración de María para dar a luz a Cristo en todas las cosas.

Tratemos de iluminar, pues, desde el bautismo, vuestros tres votos. Lo que se recibe en el bautismo es lo mismo que recibe un niño al nacer en una familia: un cuerpo, una morada, un nombre. Y estos tres dones se corresponden con los votos. Me explico.

El bautismo supone, en primer lugar, entrar en un cuerpo nuevo, un modo nuevo de relacionarnos y de amar. Ese cuerpo nuevo pide un amor radical por Jesús mismo, es decir, pide la virginidad. Y esta virginidad os hace capaces de generar el futuro pleno, más allá de la muerte, ese futuro al que ha llegado Cristo. No se promete la virginidad, decía san Juan Pablo II, en el Reino, pues el Reino no ha llegado aún, sino virginidad por el Reino, es decir, para generar el Reino, para que venga el Reino.

En segundo lugar, el bautismo nos da una morada donde habitar, que es la Iglesia, y que son los discípulos dentro de la Iglesia. Ese lugar, ese modo de habitar, pide la pobreza. Es decir, renunciamos a tener nuestra propia morada, para anticipar la morada definitiva, la nueva Jerusalén. No es que despreciemos los bienes del mundo, sino que nos apropiamos de ellos en su destino último, cuando se revele que la vocación última de todos los bienes consiste en ponerse al servicio de la comunión con Dios y los hermanos. Y se cumple lo de san Pablo: “como quienes no tienen nada, pero lo poseen todo” (2Cor 6,10). Es igual que el padre que, tras generar al hijo, posee ya de otra forma su casa y su tierra y todos sus haberes como cosas que cobran una estabilidad nueva en el tiempo, porque se podrán dar en herencia, y otro las hará dar más de sí.

Y finalmente en el bautismo se nos da un nombre, que contiene una vocación y un destino, pues está asociado al nombre de Dios. Ese nombre, en los votos, pide la obediencia, que consiste en hacer nuestro el proyecto y el futuro de Jesús, y nos permite firmar: “dcjm”. También a un padre se le transforman sus proyectos cuando tiene un hijo. Entiende con humildad que el futuro se le escapa, pero sabe también que, educando al hijo, ese futuro se agranda. Así en la obediencia se agranda vuestro futuro, a la medida de Cristo, nuestra común esperanza.

San Juan de la Cruz ha expresado este lanzamiento del voto hacia el futuro en la poesía donde se repite como estribillo: “volé tan alto tan alto / que le di a la caza alcance”. La imagen viene de la caza con cetrería, y quien vuela es halcón o águila. San Juan aclara que se trata de un “lance de amor”, y que solo se puede alcanzar la caza si es Dios mismo quien nos eleva: “Dije, ‘no habrá quien alcance’ / y abatíme tanto, tanto / que fui tan alto tan alto / que le di a la caza alcance”. Que al pronunciar y cumplir vuestros votos os apoyéis tanto en Cristo, que esto os propulse a lo más alto, pues, como añade la poesía de san Juan: “esperanza de cielo / tanto alcanza cuanto espera”.

Votos perpetuos: acto de confianza en el futuro, en tiempos de incertidumbre. Ayer os preguntaba un joven, cuando ofrecíais vuestro testimonio vocacional: “¿dónde querríais estar dentro de cinco, diez años?” A la luz de los votos la respuesta es simple: querría estar más en Cristo, ser más Cristo. Querría más Cristo en mí, y más Cristo en aquellos que el Señor me ha confiado. ¡Cristo es más, sed más Cristo!

José Granados

Superior General de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María

 

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