La pastoral evangelizadora y la verdad del amor

P. Luis Granados, dcjm

4 de noviembre de 2022

Texto original: «La pastoral evangelizadora y la verdad del amor» en review.veritasamoris.org 

 

Dos males ha cometido mi pueblo. Me abandonaron a mí, fuente de agua viva, y se cavaron cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua”[1]. Las palabras del profeta Jeremías nos invitan a considerar la crisis de la pastoral evangelizadora de la Iglesia desde la exhortación divina a regresar al origen, al manantial. Como ha señalado papa Francisco, es urgente una verdadera conversión pastoral y misionera[2]. Para poder ofrecer una valoración atinada (2) y una propuesta inteligente de renovación (3), es preciso considerar en primer lugar la atención pastoral de Cristo, el buen pastor (1). Solo desde la contemplación y la escucha de las obras y palabras de Jesús podemos comprender la profundidad de la crisis y ofrecer un camino de renovación. Nos inspiraremos en el diálogo de Jesús con la samaritana. Allí veremos que solo una pastoral evangelizadora configurada desde la verdad del amor permite que la gracia de Cristo ilumine y transforme el corazón humano y la sociedad.

1. El modelo de la conversión pastoral: Jesús y la samaritana

¿Cuál fue la perspectiva de la pastoral de Jesús con la samaritana? El Señor “dirigió una palabra a su deseo de amor verdadero, para liberarla de todo lo que oscurecía su vida y conducirla a la alegría plena del Evangelio”[3]. En este pasaje clave del evangelio de San Juan, la verdad del amor se presenta como un elemento imprescindible y el hilo conductor del pastoreo de Jesús.

En primer lugar, el evangelista nos dice que Jesús “tenía que pasar por Samaria”. No estaba obligado a ello. Si “tenía que pasar” era porque quería acercarse al corazón de la samaritana. La presencia de Jesús junto al pozo es prueba de la prioridad de la gracia. Toda la pastoral comienza con la iniciativa de Dios que busca activamente al ser humano. Para ello, el Creador salva la distancia infinita con la criatura. El itinerario divino pasa por la encarnación del Señor y culmina en el camino en su humanidad, hasta llegar, fatigado y sediento, a Sicar.

Jesús se acerca a la samaritana desde la vulnerabilidad, no fingida sino auténtica. Tiene sed y está cansado y no tiene cubo con qué sacar el agua. La prioridad divina se realiza a través de la pobreza de medios y la debilidad. La fuente se acerca al pozo, pero lo hace “sedienta”, poniéndose a nuestro nivel[4]. Su debilidad es una provocación. Así desde la experiencia común de necesidad, la mujer puede abrirse poco a poco al diálogo y a la conversión.

La pastoral de Jesús comienza junto al pozo, símbolo del deseo y de la contingencia humana. En la Sagrada Escritura es el lugar de encuentros y desencuentros, de amores y nuevos inicios. “Encontramos continuamente a los Patriarcas tratando de excavar pozos”[5]. La historia de la salvación comienza siempre junto al pozo[6]. Si salimos de los pozos y recorremos toda la Escritura buscándolos, llegamos a los Evangelios y encontramos el de Sicar, en cuyo brocal descansaba nuestro Salvador[7].

La hora del encuentro con la samaritana es relevante. En concreto, Cristo se acerca al pozo en el momento en que nadie iría al pozo. La hora sexta (mediodía) no era la más apropiada para sacar agua. Era el tiempo del calor agobiante, de la soledad y la desesperación. Este es el momento oportuno (el kairos) escogido por Jesús para sanar los deseos de la mujer.

La iniciativa divina no se detiene aquí. Además de hacerse presente, es Jesús quien comenzará la conversación, rompiendo así el muro invisible que le separaba de la mujer. “Dame de beber”. Al dirigirse a ella, Jesús la provoca e interpela de un modo personal y directo. No se queda a la espera pues está movido por el deseo divino: que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad[8].

“¿Cómo tú siendo judío…?” La samaritana manifiesta extrañeza ante la petición. Se refleja aquí la hostilidad moderna y posmoderna ante el evangelio. Ante ello, Jesús no se ofende ni se impacienta. No le recrimina, sino que le da tiempo, pues, como señala san Agustín, aquella mujer no era todavía objeto de instrucción sino de compasión. Necesitaba caminar. La pastoral es el tiempo de la paciencia divina. Ante la hostilidad de la mujer, Jesús no ceja, sino que refuerza su invitación. “Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice…”

Llegamos así a un segundo momento, el de la promesa. Desde una iniciativa vulnerable, Jesús le invita a profundizar en su experiencia de sed. Desea llevarla del pozo de Jacob a la fuente de su corazón, de la multitud de deseos al Deseo que subyace a todos ellos, de su humanidad herida y dispersa al amor de Dios que sana su insatisfacción endémica. Cristo le hablará del don de Dios que la permitirá salir del círculo vicioso establecido entre el deseo inagotable y una satisfacción siempre provisional.

En el corazón de la samaritana se despierta la curiosidad y, con ello, una segunda objeción. Sin nada con que sacar el agua, ¿de dónde sacará esa agua viva? “¿Eres tú más que nuestro padre Jacob?” La mujer manifiesta su perplejidad y se abre a la memoria del origen del pozo del que bebe a diario. Se pregunta si será posible encontrar un origen más radical, un agua que no defraude. Se abre así a la posibilidad de un milagro, de un nuevo inicio en su vida. Jesús no saciará la sed física de la mujer, sino que le invitará a caminar y a elevarse. Avivará en ella el deseo de salvación, oculto en sus muchos deseos. Poco a poco será salvada de sus deseos e irá despertando en ella el deseo de salvación.

La pedagogía paciente de Cristo acompaña a la mujer del pozo a la fuente, de sus necesidades al don de sí, del eros al agape. Esta purificación del deseo va acompañada de una promesa: un agua que sacia para siempre. Jesús llega así a generar en ella una petición sorprendente, aunque todavía confusa e imperfecta: “Dame de esa agua”. La mujer está intrigada por Jesús pero permanece todavía en el círculo de sus deseos inmediatos. No quiere volver al pozo a buscar agua. No quiere permanecer en la superficie, pero tampoco sabe cómo proseguir.

En este momento, el diálogo toma un giro inesperado: “Llama a tu marido”. El que antes mendigaba agua, ahora ordena a la mujer que traiga a su esposo, a su familia. Pone en juego a la samaritana en el ámbito de sus relaciones. Esta palabra de Jesús no es un exabrupto, o un cambio de tema sino que entra en la lógica propia de la terapía y salvación de los deseos. La conversación con Cristo no se queda fuera, sino que entra en la vida de la familia y transforma las relaciones más íntimas. El agua del Espíritu solo puede actuar en la persona entera, sanando el corazón y todos los vínculos que la constituyen. La referencia al marido no manifiesta un legalismo farisaico por parte de Jesús, sino que es la consecuencia lógica del diálogo. La mujer, que ha aceptado iniciar un camino, manifiesta ahora su frágil soledad: “No tengo marido”.

Llegamos aquí al momento clave de la conversión y purificación. Jesús ilumina la situación: “Has dicho verdad. Has tenido cinco maridos y el que tienes ahora no es tu marido”. El Señor alaba su confesión de humildad y la confronta con la verdad de sus relaciones. La pastoral actual está tentada de corregir el evangelio y considerar versiones más aceptables de este diálogo. Parecería mejor que Jesús hubiera dicho: “No seas tan dura contigo misma. Si le amas, no pasa nada. Todos tenemos derecho a rehacer nuestra vida. Sigue como estás. En el fondo, ya dejaste de amar a tus anteriores maridos. Y si murió el amor, desapareció el compromiso. Haz lo que te diga tu conciencia. No hace falta que cambies tu vida”. La de Jesús es pastoral de verdad del amor, es decir, de auténtica misericordia que ilumina la situación de la mujer y le llama a la conversión, sin falsificar su situación ni edulcorarla. No le invita a “discernir” ni a justificarse. Tampoco le acusa sino que, con amor, llama a las cosas por su nombre: “Has dicho verdad. No has buscado excusas. Has reconocido que necesitas un Salvador que cure las heridas de tus relaciones. Cristo, el esposo, viene a iluminar, sanar y hacer florecer tu vida.”

En este momento, la samaritana pregunta por la adoración en verdad. El cambio de vida propuesto por Jesús no es posible sin la presencia de Dios y el trato con él. Esta no depende ya del lugar – el templo de Jerusalén o el monte Garizim – sino que se realizará en el Espíritu y la verdad.

Llegan entonces los discípulos, interrumpiendo la conversación, pero quizá también provocando a la mujer en su avance hacia la fe. Recién convertida deja el cántaro y sale corriendo hacia el pueblo. El cántaro, que hasta ahora era imprescindible para saciar la sed, es abandonado. La samaritana ha encontrado la perla y lo venderá todo. Se convertirá en misionera de Cristo. Ni el pozo ni el cántaro son ya necesarios: la mujer se ha convertido en fuente. No lo tiene todo claro, pero ha recibido suficiente luz como para abandonar el pozo y correr al pueblo. A través de su apostolado, los samaritanos irán a Jesús y creerán en él, y de este modo, la misma fe de la mujer será fortalecida.

“Me ha contado todo lo que he hecho”. Al evangelizar a sus vecinos, la samaritana manifiesta que el pastoreo de Jesús toca la vida de la persona, desde la unidad de fe y vida, y la integración de verdad, misericordia y libertad. La Iglesia, experta en humanidad, sigue el camino de su maestro, sin justificar ni acusar, sino llamando a la conversión y a la verdad del amor[9].

2. Diagnóstico de la pastoral actual

A la luz del estilo pastoral inaugurado por Jesucristo podemos considerar la situación actual de la Iglesia. En la samaritana podemos reconocer al individuo posmoderno que mira a la Iglesia con indiferencia y hostilidad. Tras el fracaso del proyecto moderno de construir un mundo como si Dios no existiera, el hombre contemporáneo ha reducido sus pretensiones. Podríamos decir que el posmoderno vive “como si el hombre no existiera”. El eclipse de Dios conduce inevitablemente a la degradación de lo humano. El abandono de Dios, la fuente de agua viva, lleva a cavarse cisternas agrietadas que no pueden contener el agua y generan la desesperación y un proliferar de las pasiones tristes[10]. Así lo muestra el hastío de la samaritana, que vive aislada en relaciones líquidas, sin vínculo ni fidelidad. En sus cinco maridos, san Agustín veía el símbolo de una existencia encerrada en los cinco sentidos, sin apertura a la trascendencia a que estos apuntan.

Y sin embargo, el hombre que ha rechazado a Dios no puede apagar la nostalgia y la sed insaciable de su corazón. Incluso en sus negaciones se descubre el dolor por la patria perdida: “Dicen que no tienen sed. Dicen que no es una fuente; dicen que no es agua; dicen que no es la idea que ellos se hacen de una fuente y del agua. Dicen que el agua no existe…”[11].

La pastoral actual debe tener en cuenta que el abandono de Dios ha conducido a la pérdida de la idea de la identidad y excelencia humanas. El sujeto moral no solo ha cambiado: en cierto sentido, ha desaparecido. Ya no es generado en las relaciones familiares y sociales. Esta tragedia se relaciona con el naufragio de la moral actual señalado por MacIntyre. Después de la tormenta moderna, han quedado fragmentos del barco, conceptos (ley, virtud, fortaleza…) separados entre sí y que nadie sabe cómo conectar. El problema ya no es solo la inmoralidad, la falta de coherencia o incluso el relativismo corrosivo. Estamos ante una auténtica crisis del sujeto moral[12]. El hombre es movido por una razón emotivista y utilitaria. Es preciso reconstruir el sujeto moral desde sus fundamentos, desde la sanación de los deseos y relaciones. Este es precisamente el camino que comenzará Jesús con la samaritana.

Sin embargo, nuestro diagnóstico de la pastoral evangelizadora no puede detenerse aquí. Debemos considerar algo todavía más grave y profundo. Debido a su carácter contagioso e invasivo, esta crisis del sujeto moral no se ha quedado a las puertas de la Iglesia. El círculo vicioso del emotivismo y utilitarismo del ambiente ha entrado en ella, permeando sus acciones y su visión pastoral. Desde semejante planteamiento, la misión de la Iglesia consistiría en generar emociones religiosas que conecten con el hombre de hoy, y en ofrecer programas e iniciativas que entretengan y favorezcan los sentimientos religiosos. Pero, al igual que las cisternas agrietadas, estas propuestas no pueden contener el agua, y solo satisfacen por un breve periodo de tiempo. Además, los criterios utilitaristas prevalecen a la hora de considerar estrategias catequéticas y sacramentales, confundiendo el éxito y la eficiencia con el fruto.

Desde esta perspectiva, el objetivo de la pastoral queda reducido a ofrecer consuelo espiritual y entretenimiento. Todo, incluso la oración y los sacramentos, será juzgado desde el filtro de las emociones, según el sentimiento generado en la persona. Desde esta perspectiva, podríamos decir que lo que importa no es la existencia de Dios o nuestra amistad con Cristo en la vida cotidiana, sino que la persona lo experimente y lo sienta[13].

“¿Cómo te sientes?” No encontramos esta pregunta en el diálogo de Jesús con la samaritana. Como hemos visto, Jesús se hace verdaderamente cercano y misericordioso al invitar a la mujer a elevarse y salir del círculo vicioso de sus emociones y sentimientos superficiales. Se sienta junto al pozo y se hace vulnerable con la intención de liberar a la mujer de las cadenas del emotivismo y utilitarismo, de una vida sin Dios y sin humanidad. Una pastoral meramente emotiva, por su parte, acude al pozo de los deseos humanos sin el manantial de agua viva de Cristo. Ofrecerá más de lo mismo: emociones religiosas más o menos intensas que no pueden saciar el corazón.

Desde este diagnóstico general podemos ahora valorar algunas manifestaciones o síntomas de la crisis. En primer lugar, debemos considerar la falta de claridad en el telos, el objetivo de la pastoral. Parece que la Iglesia existe para consolar, generar emociones positivas y ayudar al fiel a que se sienta bien. Cuando se predica a Cristo, se hace desde una perspectiva filantrópica de la autenticidad, no desde la llamada a la conversión personal. Se busca tranquilizar las conciencias[14].

En segundo lugar, sin claridad en los fines, el proyecto pastoral pierde toda unidad[15]. Se emplean muchos recursos, tiempo, dinero y talentos para organizar muchas actividades que desembocan en una fragmentación de la pastoral y el activismo. Todo esto refuerza una perspectiva consumista en la que el creyente acude a la Iglesia para recibir un producto religioso que le satisfaga. La acción pastoral queda así atomizada y dividida. Es preferible estar ocupados que afrontar los verdaderos problemas. Esta multiplicación de acciones pastorales supone a menudo el aumento excesivo de la burocracia en la pastoral, que tiende a convertirse en algo mecánico y no personal. Se generan comités, reuniones, programaciones, sínodos, formularios y documentación, pero se descuida la frescura del encuentro personal que indicaba Romano Guardini al describir la transmisión de la fe como una vela que enciende otra vela.

En tercer lugar, desde esta falta de telos y de unidad, la pastoral reduce drásticamente su horizonte y resulta incapaz de distinguir lo importante de lo urgente. Prima entonces la solución de problemas en el corto plazo, que tiende a ser superficial y de poco calado. La formación de una persona requiere años y muchos encuentros que no suelen ser urgentes, pero sí muy importantes. Como fruto de ello, la pastoral tiende a ser más reactiva que proactiva. En vez de llevar la iniciativa y desarrollar la preparación remota y la prevención, se limita a gestionar lo inmediato, y ocupa todo su tiempo respondiendo a problemas que hay que solucionar. Esto genera una percepción negativa de la Iglesia, que siempre llega tarde y siempre dice que no. En este sentido, san Juan Pablo II, Benedicto XVI y papa Francisco han coincido en señalar la necesidad de proclamar la belleza de la vocación en Cristo.

Con el fin de evitar la percepción negativa de la Iglesia, la tentación de contemporizar con el mundo y reducir la exigencia de la vocación cristiana es grande. Para estar más en sintonía con la sociedad bastaría con silenciar algunas verdades “antipáticas” para el mundo (como la existencia de acciones intrínsecamente malas, como la anticoncepción o el aborto). Pero eso sería la traición de su misión divina. “Más si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?”

La situación se agrava por la resistencia y dificultad de reconocer la situación en toda su gravedad. Todos los miembros de la Iglesia respiran continuamente el emotivismo utilitario actual. Es preciso reconocer con serenidad y esperanza la gravedad de la situación. Vivimos en tiempos semejantes a los de los apóstoles, pero con la novedad de vivir después de Cristo, pero sin Cristo[16]. El futuro de la Iglesia, como ha señalado Benedicto XVI, pasa por las minorías creativas, pequeñas comunidades con sólida identidad y poderoso afán misionero. Estas actuarán como la levadura en la masa, como sal de la tierra y luz del mundo[17].

3. La pastoral desde la verdad del amor

Podemos ahora regresar al diálogo de Jesús con la samaritana para iluminar el diagnóstico de la pastoral actual. Todo comienza con la iniciativa vulnerable divina. La transformación no llega “por una decisión ética o una gran idea” sino en el encuentro con Jesucristo, que interpela y da a su vida “un nuevo horizonte y, con ello, una orientación decisiva”[18]. En ese diálogo se va conociendo a Cristo (como judío, señor, profeta, y, acaso el Mesías) y conociéndose a sí mismo.

El encuentro con Cristo es, al mismo tiempo, revelación del amor de Dios y de la propia vocación. La samaritana era una gran pregunta para sí misma. Quería saciar su sed. No podía vivir sin amor, pero no era capaz de un amor bello y verdadero[19]. Tampoco podía entenderse a sí misma pues no se le había revelado el amor. En el encuentro con Cristo, Verbo encarnado, se le reveló su misterio y su vocación[20]. Recibió el amor incondicional del Maestro y comprendió su llamada al don sincero de sí, es decir, a la verdad del amor. Así fue comprendiendo que el ser humano, “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí mismo, no puede encontrar su propia plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás”[21].

Como señala san Pablo VI en Evangelii nuntiandicharta magna de la teología pastoral, la base, centro y culmen de la evangelización es la “clara proclamación de que en Jesucristo (…) se ofrece la salvación de todos los hombres”[22]. Esta salvación no es solo la maravillosa purificación del pecado y la sanación de la herida de Adán, sino también y principalmente verdadera divinización a través de la amistad con Dios. Es salvación del amor, de los deseos y de las relaciones personales de origen, de entrega y de destino. La pastoral cristiana presenta a Cristo como aquel que, sin acusar, interpela el corazón humano y busca la sanación y el crecimiento de los deseos. Él es el maestro de la caridad, como explica san Máximo el Confesor: “Muchos han dicho muchas cosas acerca de la caridad, pero, si la buscas, sólo la encontrarás entre los discípulos de Cristo, porque sólo ellos poseen como maestro de la caridad a la Caridad misma”[23].

3.1. Recuperar el telos: formar a Cristo

Asumiendo la perspectiva de la verdad del amor, podemos entender que la conversión pastoral actual exige ante todo recuperar el fin, el telos que la inspira. La Iglesia no existe para entretener ni para generar emociones espirituales en los fieles. Lo que necesita no es crear comités o estructuras, o cambiar el talante, las reglas o el programa que se emplea en la parroquia, sino recuperar el telos. Como dirá san Pablo, la constitución de la Iglesia y de sus distintos ministerios (apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y doctores) busca el perfeccionamiento de los santos y la edificación del cuerpo de Cristo[24]. El objetivo de toda la pastoral es la formación de Cristo en el corazón del creyente por obra del Espíritu Santo en colaboración con la libertad humana. Se busca que todos lleguen “a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al Hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud”[25]. La predicación, la celebración de los sacramentos y toda la catequesis tienden hacia la transformación en Cristo, la divinización de la persona. “Vivo, pero no soy yo el que vive, es Cristo quien vive en mí. Y mi vida de ahora en la carne, la vivo en la fe del Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí”[26].

Este fin, que unifica todas las acciones de la pastoral, nos llega como un don. Todo brota de él y todo se orienta hacia él. La claridad en el fin permite superar la fragmentación de la pastoral, así como la excesiva burocracia. Esto solo es posible cuando la luz del amor de Cristo guía la acción de la Iglesia. El amor divino, que mueve el sol y las estrellas, inicia el dinamismo misionero en todos sus niveles[27].

El fin de la pastoral evangelizadora es el telos perseguido por Dios desde la creación del mundo: nuestra divinización por obra del Espíritu Santo. Por tanto, la Iglesia está llamada a colaborar con Dios en nuestra transformación en Cristo. De barro a hombre, y de hombre a Dios. Esta colaboración exige la predicación explícita del nombre, doctrina, vida, promesas, reino y misterio de Jesús de Nazaret, hijo de Dios[28]. La formación de Cristo en el corazón exige conocerlo internamente, tratar con Él y penetrar en su misterio poco a poco.

A través de esta predicación y trato frecuente, el fiel va participando en las virtudes de Cristo. La obra del Espíritu en la carne es la sanación de los deseos a través de un camino de purificación y ascensión: from eros to agape. Por eso, no habrá verdadera evangelización desde la ignorancia de los deseos, ni desde su mera satisfacción o negación. Como la de Cristo, la pastoral eclesial busca la salvación de los deseos a través de su profundización y crecimiento. El Espíritu ensancha el corazón del fiel y lo introduce en una nueva medida del amor[29].

Este ensanchamiento del corazón no sucede sin dolor y sufrimiento. “El discípulo de Jesús no va a la Iglesia simplemente para cumplir un mandamiento o para sentirse bien con un Dios que no le molesta mucho”[30]. Cristo no se limita a consolar, sino que provoca a través de la experiencia de la belleza. Su presencia afecta todas las dimensiones de la vida e introduce en una nueva visión del mundo y de la vida (de las relaciones, el trabajo, la sexualidad, el cuerpo, la comida, el estudio, el descanso…).

Para que la pastoral cumpla su misión de formar a Cristo en el fiel, es necesario plantearla desde la verdad del amor. Si la evangelización fuera entretener, contentar, emocionar, o solucionar problemas legalistas de conciencia, entonces otros planteamientos podrían funcionar mejor. Pero si se trata de formar a Cristo, entonces es clave seguir el camino escogido por Él con la samaritana. En el encuentro con Dios se revela el amor pleno que precede, transforma e inspira. Sin verdad del amor, el evangelio no alcanza su objetivo, no llega a incidir en el corazón de las personas y se perpetúa la separación entre fe y vida. Una fe que no cambia las relaciones y el modo de ver el mundo y de vivir en el cuerpo resulta estéril e irrelevante, y traiciona el estilo misericordioso de Cristo. No abre a un futuro nuevo, sino que permanece siempre en el pozo.

3.2. Una pastoral familiar desde su raíz

“Llama a tu marido y ven”. Para ser fiel al maestro, la pastoral eclesial mira a la persona como una red de relaciones, no como un individuo aislado o una conciencia pura. Las relaciones personales constituyen a la persona como hija, esposa, madre… Y todas esas relaciones deben ser cultivadas y sanadas. Jesús no interpeló a la conciencia ni a las emociones, sino a los vínculos personales. Afrontó el reto de la renovación (la “arquitectura divina”) de todas las relaciones humanas.[31]

Frente a una pastoral emotivista, veneno que impide la conversión pastoral, la Iglesia se centra en las relaciones que sacan a la persona de su aislamiento. El lugar donde estos vínculos se generan y cultivan es la familia. Si el encuentro con Cristo vivo inicia la formación del sujeto cristiano, la vida familiar se ofrece como el ambiente en el que este puede crecer. En la Iglesia doméstica se aprende a recibir y agradecer, a interpretar los afectos, a educarlos en el tiempo, a prometer y guardar la palabra, y a entregarse en el don de sí. El sujeto familiar es el ambiente de la transformación y regeneración del sujeto emotivo utilitario[32].

Entendemos así que la pastoral familiar no es un sector más de la acción de la Iglesia. Frente a una pastoral fragmentada en muchas áreas, la familia se presenta como el lugar de unidad. Desde ella es posible alcanzar todos los ámbitos y edades de la persona (enfermedad, ancianidad, juventud, niñez, pobreza, hambre, estudios…). Cuando la familia es su centro, la pastoral deja de ser sectorial y llega a ser integral. Por eso, la pastoral parroquial será pastoral familiar, o no será lo que está llamado a ser en plenitud[33]. Sin la Iglesia doméstica no es posible evangelizar. Ella es sujeto activo y esencial en la nueva evangelización. Es el camino de la Iglesia, el espacio humano de nuestro encuentro con Cristo[34].

La misión de la Iglesia, por tanto, pasa por fortalecer a la familia en su identidad y misión. Por eso, la pastoral eclesial debe ser “pastoral del vínculo”, de la promesa. Papa Francisco ha lamentado que la Iglesia no está esforzándose lo suficiente en fortalecer los matrimonios y en ayudarles a superar las dificultades y educar a sus hijos. “La pastoral prematrimonial y la pastoral matrimonial deben ser ante todo una pastoral del vínculo, donde se aporten elementos que ayuden tanto a madurar el amor como a superar los momentos duros”[35]. También la espiritualidad matrimonial debe ser “una espiritualidad del vínculo habitado por el amor divino[36]. Para fortalecer el matrimonio y la familia en su vocación, la Iglesia ha de centrarse en la belleza de la vocación al amor conyugal, que culmina en la caridad conyugal. Esta es el “modo propio y específico con que los esposos participan y están llamados a vivir la misma caridad de Cristo que se dona sobre la cruz”[37].

3.3. Conversión y gradualidad

“Tienes razón. No tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido”. (Jn 4, 17-18). Siguiendo los pasos del Señor, la pastoral evangelizadora comienza con la invitación a la conversión y sitúa a la persona ante la verdad de sus amores y relaciones. La salvación pasa por el reconocimiento de la propia historia y por el nuevo inicio ofrecido por Jesucristo. No hay situación personal tan dramática (pensemos en la samaritana y sus repetidos divorcios), en que un nuevo inicio no sea posible.

La llamada a convertirse llega dentro de un itinerario pedagógico paciente propio de la ley de la gradualidad. Jesucristo se adapta a la situación de su auditorio. En ocasiones, simplemente dice: “Convertíos y creed”. En otros momentos, como con la samaritana, actúa de forma paulatina, generando confianza, despertando curiosidad y apertura, hasta llegar a la llamada a la conversión y la invitación a creer en él y seguirlo. En todos los casos, Jesús ofrece un camino de esperanza y exigencia, de verdad del amor.

No es frecuente hablar de conversión en la pastoral actual. Y sin embargo, todos los esfuerzos de evangelización deben dirigirse a ella, entendida como un auténtico cambio de mentalidad y de vida. Esta no se reduce a generar sentimientos positivos y consolar. La predicación de Jesús, inspiración de toda la acción de la Iglesia, no traía paz sino guerra y espada. Cierto, Jesús curó y consoló a muchos, ofreciendo su presencia y ánimo[38], pero su predicación era fuego que exigía reconsiderar la propia vida. Así sucedió con la samaritana, Zaqueo, el joven rico, o los dos de Emaús, que fueron corregidos e imprecados por el maestro. “Creer que somos buenos solo porque sentimos cosas es un tremendo engaño”[39]. Pensar que evangelizamos bien solo porque la gente se emociona también lo es. Jesucristo no llamó a sentir sino a actuar: “¡Ven y sígueme!” “Llama a tu marido.” “Toma tu camilla y echa a andar”…

La conversión es el inicio de la transformación en Cristo. Es siempre una muerte y resurrección: el yo deja de ser un sujeto autónomo y se convierte en una nueva criatura íntimamente unida a Cristo, cuyo ambiente es la Iglesia, su cuerpo.[40] Si la crisis actual procede de la pérdida del sujeto moral, reducido a emociones y utilidad, el encuentro con Cristo supone el nacimiento del sujeto cristiano. Al participar del misterio pascual del Señor, el fiel avanza en el itinerario de purificación y crecimiento en el amor, caminando en sus deseos (eros) hacia el amor verdadero (agape)[41].

Como vemos en el diálogo con la samaritana, la conversión no es un ideal romántico ni un mensaje inalcanzable que genera resentimiento. Se trata más bien de un don que es preciso abrazar con fortaleza y sufrimiento[42]. “Si conocieras el don de Dios”. Este cambio de mente y de corazón es posible porque Cristo ha redimido verdaderamente al hombre[43]. No es simplemente una decisión humana, sino una vocación divina que pide una respuesta libre[44]. De esta manera, la verdadera libertad no procederá de la absoluta independencia e indeterminación ante muchas opciones sino como respuesta a un don que nos precede.

Llegados a este punto, es preciso señalar que la conversión no es un evento puntual en la vida humana. La ley de la gradualidad implica la necesidad de un camino paulatino en el que la persona se encuentra en un estado de conversión (status conversionis) permanente, en una constante reforma del corazón y una incesante salida de sí mismo. La insistencia en esto no procede de una obsesión en el pecado. Al contrario, la fuente constante de conversión es el auténtico conocimiento de Señor como Dios de la misericordia y del amor[45]. Convertirse no es solo un momentáneo acto interior, sino también una disposición estable que transforma toda la visión del mundo y de la historia. El asombro ante el amor divino permite vivir in statu conversionis, que es “la componente más profunda de la peregrinación de todo hombre por la tierra in statu viatoris[46].

El diálogo con la samaritana nos muestra que el ofrecimiento del perdón y la llamada a la conversión no conoce límites de tiempo ni de espacio. Después de cinco divorcios, la samaritana llegará a ser discípula y misionera de Jesús en su ciudad. Hay siempre futuro a través de la conversión y el arrepentimiento. Ahora bien, esta renovación pasa por la verdad del amor y el arrepentimiento. El pecado y el vicio deben ser reconocidos y confesados para poder ser sanados. En este sentido, es preciso insistir en que ser “pastoral” no significa rebajar las exigencias, evitar afrontar los problemas o falsificar la verdad del evangelio. El verdadero misionero sigue el ejemplo de Cristo, el buen Pastor. En ocasiones, como le sucedió a san Agustín, Dios actúa con una misericordia que es “severa” y medicinal[47]: “Si por caridad se actúa con severidad, que no se aleje del corazón la benignidad. ¿Hay algo más pletórico de humanidad que un médico con el bisturí? Aquel que va a cortar llora, pero le corta; llora aquel al que le va a cauterizar la herida, pero se la cauteriza. No hay en ello crueldad alguna. ¡Lejos de nosotros hablar de crueldad en el médico. Es cruel con la herida para que el hombre sane, porque, si anda con miramientos con la herida, perece el hombre”[48].

Entendemos así que esta pedagogía paciente y misericordiosa no tiene nada que ver con lo que algunos autores han llamado la “gradualidad de la ley”. Esta teoría, propuesta durante el siglo XX, ha vuelto sorprendentemente a la escena en los últimos años, pero sin nuevos argumentos. Ya demostró en el pasado su debilidad teológica y su esterilidad pastoral[49]. Según esta teoría teológica, sería preciso adaptar la ley de Dios a la situación personal y a las posibilidades concretas de cada uno. Dando por hecho que es imposible cumplir la ley divina, se propone establecer grados en su exigencia y aplicación (gradualidad), incluso en el caso de los actos intrínsecamente malos (preceptos divinos negativos). Así por ejemplo, en el caso de Humanae Vitae, la aplicación dependerá de la conciencia de cada uno. En algunos casos será necesario e incluso bueno para el matrimonio, el recurso a la anticoncepción.

Frente a esta falsificación del evangelio, el cardenal Lustiger ya señaló el modo en que debe entenderse el término “gradualidad”, evitando tanto el pelagianismo como el relativismo. La pedagogía divina consiste en la historia de un verdadero nacimiento a la vida divina a través del Espíritu. La exclusión de la gradualidad de la ley es la condición de posibilidad de una evangélica ley de la gradualidad. Solo si mantenemos el carácter obligatorio de los mandamientos, podremos ofrecer una pedagogía del acompañamiento, basada en el poder de la gracia y la conversión[50]. Todo debe comenzar con la conversión, que es muerte al pecado. No hay gradualidad entre muerte y vida, entre un cadáver y un cuerpo vivo. Solo desde esta premisa, es posible ofrecer el camino gradual de crecimiento en virtud y de recepción del don de Dios. Cambiar la ley de Dios y redefinir lo que es bueno y malo sería una falsa misericordia: un acto legalista que haría innecesaria e incluso imposible la pastoral[51].

Lo que está aquí en juego no es una simple cuestión terminológica (gradualidad de la ley o ley de la gradualidad) sino una cuestión esencial. La ley de Cristo y las exigencias morales del cristiano, ¿dependen de la fragilidad humana o de la gracia divina? ¿Quién determina las reales posibilidades del hombre? ¿Su debilidad o el poder de Cristo? La respuesta de Agustín es clara: “la ley se nos dio para que invocáramos la gracia; la gracia se nos dio para que pudiéramos cumplir la ley”[52]. El criterio de la alianza con Dios no es la fragilidad del hombre sino la infinita misericordia divina.

Esta aclaración nos permite mostrar en qué sentido la acción de la Iglesia está llamada a ser pastoral de la misericordia. Frente a las falsificaciones actuales, la misericordia se presenta como la plenitud de la justicia y la más radiante manifestación de la verdad de Dios[53]. La misericordia va más allá de la mera compasión y tolerancia del mal. El que tolera no elimina el mal, no lo sana y, por tanto, no ofrece un futuro de esperanza a la persona. Por eso, la verdadera misericordia exige la conversión, que es la expresión más concreta de la acción del amor en el mundo. “El significado verdadero y propio de la misericordia en el mundo no consiste únicamente en la mirada, aunque sea la más penetrante y compasiva, dirigida al mal moral, físico o material: la misericordia se manifiesta en su aspecto verdadero y propio, cuando restablece, promueve y extrae el bien de todas las formas de mal existentes en el mundo y en el hombre”[54].

Más allá de la mera compasión y tolerancia, la misericordia supone una regeneración del sujeto cristiano, que llega a ser capaz de amar en la verdad. Es una auténtica batalla que culmina en la victoria del bien sobre el mal[55]. Aplicado a su relación con Dios y con los hombres, el verdadero sentido de la misericordia implica el restablecimiento de la Alianza[56]. Esta es la misericordia que “constituye el contenido fundamental del mensaje mesiánico de Cristo y la fuerza constitutiva de su misión” [57].

3.4. Pastoral de fuente, no de pozo

“El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Jn 4, 13-14). La pastoral de Cristo con la samaritana es pastoral de transformación, no de mantenimiento, pastoral de manantial, no de pozo. Jesús acude al lugar de los deseos (pozo) para encontrarse con la mujer, pero no se queda allí: hace de ella una fuente. Ya no habrá más cisternas agrietadas, sino un manantial del que brota agua de vida eterna. En la mujer se cumple la profecía de Jesús en el templo de Jerusalén: “El que tenga sed, que venga a mí y beba el que cree en mí; como dice la Escritura: de sus entrañas manarán ríos de agua viva. Dijo esto refiriéndose al Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en él”[58].

De acuerdo con la teología joánica, el don del agua de vida eterna, el Espíritu Santo, brota del corazón traspasado de Cristo en la cruz[59]. Del Calvario brota un río de agua viva que regenera las relaciones heridas y transforma el corazón humano en un paraíso y un manantial para muchos[60]. Así, en la cruz se cumple la palabra de Cristo a la samaritana: “Se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad”[61]. El Espíritu Santo donado en la cruz es, según la bella expresión de san Ignacio de Antioquía, la fuente que surge en el corazón y susurra: “Ven, ven al Padre”[62]. La fuerza del Espíritu fluye como un río subterráneo y lo une más y más a Cristo a través de la gracia de los sacramentos de la Iglesia.

La pastoral del manantial es siempre, por tanto, pastoral trinitaria: en Cristo, por el Espíritu, hacia el Padre. Frente a esto, la propuesta emotiva (de “pozo”) ofrece una salvación reducida, “puramente inmanente, a medida de las necesidades materiales o incluso espirituales que se agotan en el cuadro de la existencia temporal y se identifican totalmente con los deseos, las esperanzas, los asuntos y las luchas temporales”[63]. La salvación de Cristo desborda todos estos límites e introduce al hombre en la comunión con Dios, ya presente, y en camino hacia más. Se trata de una salvación transcendente: comienza ciertamente en esta vida y alcanza su plenitud en la eterna.

Desde esta perspectiva, entendemos también que la pastoral eclesial ha de ser esencialmente mariana. En María se encuentra a Cristo. La mujer bienaventurada y llena del Espíritu Santo, es la que muestra el camino y enseña a abrazar la lógica de la sobreabundancia.

Nos encontramos aquí ante un verdadero cambio de paradigma de la pastoral: de las fuerzas aisladas del hombre debemos pasar al don original de la vocación confiada por Dios al hombre. Existe una nueva medida porque hay una fuente inagotable de vida eterna. El desbordarse del don del Espíritu lleva a abandonar una pastoral individualista y mediocre centrada en solucionar problemas, y abrazar una propuesta comunitaria de llamada a la santidad. Si la “antigua pastoral” ha buscado emocionar y consolar, es preciso ofrecer una propuesta que llame a la acción y promueva el florecimiento de la persona en su seguimiento de Cristo. No se trata ya de discernir en conciencia y considerar valores, sino de recibir el don divino, ejercitar la prudencia y crecer en virtudes. La pregunta guía no será: “¿Qué he de sentir?” sino “¿Qué he recibido?” y “¿Qué he de hacer?” En realidad, este “cambio de paradigma” no es una “revolución”, sino un regreso a las fuentes de la Escritura y de la Tradición desde la frescura de la fuente divina que nunca cesa de manar novedad.

Desde esta perspectiva, se supera la tentación de silenciar o abandonar las enseñanzas difíciles y exigentes de la Iglesia. Los “Noes” que la Iglesia debe proclamar forman parte del gran “Sí” de Cristo al hombre y a su felicidad. “Sin un ‘no’ a ciertas cosas no crece el gran ‘sí’ a la verdadera vida”[64]. Evitamos así toda oposición entre pastoral y doctrina, entre la labor del pastor y la del teólogo[65]. La conversión pastoral a la verdad del amor revela la profunda unidad entre doctrina y pastoral, entre fe y vida diaria[66]. Lo que salva es la verdad del amor de Cristo, no la verdad sin amor ni el amor sin verdad.

La “pastoral de fuente” no se fundamenta en las muchas acciones humanas sino en la acción divina. Por eso, reconoce en la liturgia de la Iglesia la actualización del misterio de Cristo y la fuente de la iniciativa pastoral. Los sacramentos, lejos de ser acciones sociales puntuales son verdaderos nacimientos, nuevos inicios en la vida de la persona que renuevan sus relaciones. Al tratarse de manantiales de vida eterna, no basta con preparar con antelación su celebración, sino que es preciso considerarlos puntos de partida que es preciso acompañar después, desde la parroquia y la familia[67]. En especial, la celebración de la Eucaristía, fuente y culmen de la vida de la Iglesia, será central para la renovación de la pastoral. “Gracias a la Eucaristía, la Iglesia renace siempre de nuevo”[68].

El manantial del corazón de Cristo no se agota. La pastoral de fuente, al no depender de las fuerzas aisladas del hombre, ofrece confianza en el futuro. No faltará la gracia de Dios. Al mismo tiempo, al exigir entrar en una nueva medida, esta pastoral pide humildad y docilidad. Es preciso “dejarse vencer” por el Señor, y alegrarse por ello. Como dirá bellamente san Efrén: “El sediento se alegra cuando bebe y no se entristece porque no puede agotar la fuente. La fuente ha de vencer tu sed, pero tu sed no ha de vencer la fuente, porque, si tu sed queda saciada sin que se agote la fuente, cuando vuelvas a tener sed podrás de nuevo beber de ella; en cambio, si al saciarse tu sed se secara también la fuente, tu victoria sería en perjuicio tuyo. Da gracias por lo que has recibido y no te entristezcas por la abundancia sobrante”[69]

3.5. Pastoral de santidad y misión

Desde esta sobreabundancia de la fuente divina, entendemos que la perspectiva en la que debe situarse el camino pastoral es la de la santidad[70]. “Todos los fieles, de cualquier estado o condición, están llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad”[71]. Esta es la dinámica intrínseca y determinante de la pastoral. No será el camino de una pequeña élite de selectos, pues la verdad del amor es la vocación de todo hombre, sin excepción.

La situación actual de la Iglesia en el mundo y la atmósfera posmoderna hacen necesario insistir en este punto de la pastoral evangelizadora. La santidad es posible porque la redención de Cristo es real[72]. El celibato sacerdotal puede ser prometido y cumplido. La castidad conyugal puede ser vivida con alegría por el matrimonio. Como manifiesta el ejemplo de la samaritana, hay siempre lugar para el arrepentimiento y un nuevo nacimiento.

En este camino, los santos no son islas sino más bien oasis en torno a los cuales la vida de Cristo brota y crece, y el paraíso regresa a la tierra[73]. Por eso, el camino hacia la santidad no es individual sino comunitario. El futuro de la pastoral pasa por minorías creativas[74], es decir, por comunidades misioneras donde la persona florece en sus relaciones. En estas comunidades la formación del sujeto se realiza a través de prácticas comunes e itinerarios a través de ritos de paso[75].

La santidad pasa por la cruz e integra el dolor y la persecución como participación en la entrega de Cristo[76]. La perfección de la caridad en el seguimiento de Cristo tiene el martirio su máxima expresión.

4. La misión: Del manantial a los manantiales

La mujer abandonó el cántaro y corrió a la ciudad[77]. En su carrera se manifiesta la urgencia generada por el gran amor de Jesucristo. Se convirtió en una fuente de agua viva para sus vecinos. La que acudía sedienta y desesperada regresó libre y colmada. Aquella mujer no esperó a recibir más formación. No podía no comunicar el don recibido. Evangelizar fue el fruto natural de su conversión. Por eso, si antes hablábamos de un “estado de conversión” permanente, podríamos pensar también en un status evangelizationis, un “estado de evangelización”, propio de todo bautizado, de todo el cuerpo místico de la Iglesia. Ser cristiano es ser misionero. Compartir la fe con otros es el modo en que esta crece y afianza sus raíces[78]. Se trata de un don contagioso que va generando manantiales por donde pasa.

“Venid a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho. ¿No será acaso el Mesías?”[79] La mujer basa su invitación a la fe en la luz que el Señor trae a sus acciones y relaciones. Con su presencia, Cristo transforma el relato de la vida de la samaritana, introduciendo un nuevo inicio.

En esta mujer, señala san Agustín, podemos reconocer un símbolo de la Iglesia anunciadora[80]. La urgencia misionera de la samaritana muestra que hacer prosélitos es una necesidad interior de todo creyente. El anuncio no es el trabajo de unos pocos expertos sino que es propio de quien encuentra a Cristo. Todos los miembros de la Iglesia son misioneros activos. Junto a la importancia apostólica de la familia, Iglesia doméstica, es preciso también señalar la relevancia del laicado en la santificación del orden temporal[81]. Plantear la pastoral desde la verdad del amor permite iluminar la relación entre la familia y la vida consagrada, el laicado y el orden sacerdotal desde la alianza de vocaciones.

“Ya no creemos por tu palabra, sino que nosotros mismos hemos conocido y sabemos que este es verdaderamente el Salvador del mundo”[82]. Enseguida los samaritanos siguen el ejemplo de la mujer: dejan el “cántaro” y corren a anunciar a Cristo, transmitiendo la fe a otros. San Agustín condensa este contagio misionero de este modo: “primero mediante la fama, después, mediante la presencia”[83]. Primero, Cristo es anunciado a través de amigos cristianos que extienden su fama. Entonces, los que reciben la palabra conocen al Salvador y reciben el don de su presencia. El fin de la Iglesia consiste en hacer discípulos de Jesús que – casi inmediatamente – se convierten en misioneros.

Cristo es reconocido por los samaritanos como el “salvador del mundo”, y no simplemente como un hombre ejemplar o uno entre varios mediadores de lo divino. Solo en Él se revela plenamente el misterio del hombre y su vocación al amor. La perspectiva de la verdad del amor, con su raíz creacional y antropológica, muestra la necesidad de promover una cultura evangelizadora que, respetando las otras religiones y culturas, sepa anunciar con valentía a Jesucristo como el único Salvador del mundo, evitando el relativismo[84].

Conclusión

“Cuando todos los pozos se hayan secado, esta (la samaritana) tendrá todavía agua”[85]. La Iglesia, experta en humanidad, conserva el agua de vida eterna hasta el fin del mundo, hasta el regreso victorioso del Señor. En la situación actual, cuando se vacían los pozos del proyecto moderno y del sujeto emotivo utilitario, la nueva evangelización pasa por la perspectiva de la verdad del amor, que dirige nuestra mirada al manantial del corazón de Cristo.

La nueva luz de la pastoral no vendrá de una adaptación de la Iglesia al mundo, renunciando a las exigencias de la verdad. Reducir el plan de Dios a las posibilidades humanas con un catolicismo de baja identidad y políticamente correcto sería una traición al evangelio de Cristo. La renovación tampoco vendrá de un mero regreso al pasado que encierre en modelos antiguos que sirvieron para afrontar las crisis de otros tiempos. No se tratará de dar pasos atrás, ni mucho menos de saltar hacia delante, hacia el abismo posmoderno. La clave será ascender hacia el manantial del amor divino[86]. La perspectiva de la verdad del amor permite superar dialécticas estériles (entre tradicionalismo y liberalismo) desde la invitación a la elevarse hacia la fuente, hacia la “belleza siempre antigua y siempre nueva”[87]. Esta fuente es el Señor, presente en la Iglesia y, en especial, en la Eucaristía, que es su fuente y su cumbre. En esta fuente, Jesús nos enseña la verdad del amor, que es la esencia misma de Dios[88]. Por eso, la pastoral evangelizadora encuentra su centro y manantial en el sacramento del altar, que se prolonga en la adoración eucarística.

“Si quieres la fuente encontrar, tienes que ir arriba, contra la corriente. Empéñate, busca, no cedas”[89].

  1. Jer 2, 13. 

  2. Cf. Papa Francisco, Evangelii Gaudium, 25. 27.30.32. 

  3. Papa Francisco, Amoris laetitia, 294. 

  4. Cf. Fil 2, 5-11. 

  5. Orígenes, Homilía XIII sobre el Génesis

  6. Cf. J. Corbon, Liturgia fontal. Misterio – Celebración – Vida, Palabra, Madrid 2009, 27. Cf. Gen 33, 18; 48, 21; Jos 24, 32. 

  7. Cf. Orígenes, Homilía XII sobre Números

  8. Cf. 1 Tim 2, 4. 

  9. Cf. S. Pablo VI, Discurso a la ONU, 4 de octubre de 1965; S. Juan Pablo II, Discurso a los obispos europeos, 11 de octubre de 1985; Discurso a la Pontificia Academia Eclesiástica, 26 de abril de 2001

  10. Cf. F. Dubois, La época de las pasiones tristes, Siglo XXI editores, 2020. 

  11. P. Claudel, Le Père humilié, acto II, escena 2. 

  12. Cf. Melina, Moral, entre la crisis y la renovación, Eiunsa, Madrid1998. 

  13. Véase al respecto C.S. Lewis, La abolición del hombre, Encuentro, Madrid 2007. 

  14. Cf. Juan Pablo II, Carta a las familias, 13-14. 

  15. J.-J. Pérez-Soba, La pastoral familiar. Entre programaciones pastorales y generación de una vida, BAC, Madrid 2014. 

  16. Cf. Ch. Péguy, Clio I, Temporal and Eternal, Indianapolis, Liberty Press 2001, 85-165; Ch. Chaput, Strangers in a Strange Land… 

  17. Véase al respecto: L. Granados—I. De Ribera (coed.), Minorías Creativas: El Fermento del Cristianismo. Colección Didaskalos. Burgos: Editorial Monte Carmelo, 2011. 

  18. Benedicto XVI, Encíclica Deus Caritas Est, 1. 

  19. Cf. S. Juan Pablo II, Encíclica Redemptor hominis, 10. 

  20. Cf. Gaudium et spes, 22. 

  21. Gaudium et spes, 24. 

  22. Cf. S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 9 y especialmente 27. 

  23. Centurias sobre la caridad, 4, 100 

  24. Cf. Ef 4, 11-13. 

  25. Ef 4, 13. 

  26. Gal 2, 20. 

  27. Benedicto XVI, Discurso al Pontificio Consejo Cor Unum, 23 de enero de 2006, citando: Dante, Divina comedia, Paraíso, 33. 

  28. Cf. S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 22. 

  29. Cf. Veritatis Splendor, 103. Véase también la Tesis 10 del Veritas Amoris Project. 

  30. Papa Francisco, Homilía, 7 de marzo de 2015. 

  31. A este respecto véanse las interesantes reflexiones sobre la arquitectura divina de las relaciones humanas en la primera encíclica del papa Francisco, Lumen Fidei. Véase también C. Granados – J. Granados, El corazón, urdimbre y trama, Didaskalos, Madrid. 

  32. Cf. J. Granados – S. Kampowski – J.-J. Pérez-Soba, Accompanying, Discerning, Integrating. A Handbook for the Pastoral Care of the Family According to Amoris Laetitia, Emmaus Road Press, Steubenville 2017, 4. 

  33. Cf. L. Granados, “Family Friendly Parishes”, in Giovanni Paolo II, Papa della familia. Vatican City: Cantagalli 2015. 

  34. Cf. Benedicto XVI, Discurso al Consejo Pontificio para la familia, 1 de diciembre de 2011; Papa Francisco, Amoris laetitia, 200. 

  35. Cf. Papa Francisco, Amoris Laetitia, 211. 

  36. Cf. Papa Francisco, Amoris Laetitia, 315. 

  37. Cf. S. Juan Pablo II, Familiaris consortio, 13. 

  38. Cf. Papa Francisco, Amoris laetitia, 100. 

  39. Papa Francisco, Amoris laetitia, 145. 

  40. Cf. L. Melina, Conciencia y prudencia, 43. 

  41. Cf. The Way of Love. 

  42. Cf. S. Juan Pablo II, Homily, October 25th, 1980; Familiaris Consortio, 9.34. 

  43. Cf. Thesis Veritas Amoris, 10; Veritatis Splendor, 103. 

  44. Cf. S. Juan Pablo II, Carta apostólica Dilecti Amici, 9 y 13. 

  45. Cf. S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 13. 

  46. S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 13. 

  47. Cf. S. Agustín, Confesiones, 8, 11. 

  48. S. Agustín, Sermo 83, 7. 

  49. Cf. J. Larrú, “Gradualità e maturazione”, in J. Noriega – R. & I. Ecochard (ed.), Dizionario su sesso, amore e fecondità, Cantagalli, Siena 2019, 442-450. 

  50. Cf. J. M. Lustiger, “Gradualitá e conversione”, in AA.VV., La Familiaris Consortio, LEV, Vatican City, 1982, 31-57, 55. 

  51. See Melina, 125. 

  52. De spiritu et littera 19, 34: CSEL 60, 187, citado en J. Larrú, “Gradualità e maturazione”, J. Noriega – R.&I. Ecochard (coed.), Dizionario su sesso, amore e fecondità, Cantagalli, Siena 2019, 442-449. 

  53. Cf. Papa Francisco, Amoris laetitia, 311. 

  54. S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 6. 

  55. Cf. Rom 12, 21. 

  56. Cf. Papa Francisco, Amoris laetitia, 64. S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 4. 

  57. S. Juan Pablo II, Dives in misericordia, 6. 

  58. Jn 7, 37-39. 

  59. Cf. Jn 19, 31-37. 

  60. Cf. Ap 22, 1; Ex 17, 6; Nm 20, 11; Ez 47, 1. 

  61. Jn 4, 23. 

  62. Cf. Ad Rom., 6:1-9. Véase también Benedicto XVI, Homilía, Jornada mundial de la juventud, 20 de julio de 2008. 

  63. Cf. S. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 27. 

  64. Benedicto XVI, Discurso, Encuentro preparatorio. Jornada mundial de la juventud, 25 de marzo de 2010. 

  65. L. Melina (ed.), Conversione pastorale per la famiglia: sì, ma quale? Contributo del Pontificio Istituto Giovanni Paolo II al Sinodo, Cantagalli, Siena 2015, 19. 

  66. Cf. Gaudium et spes, 43. 

  67. Cf. K.-H. Menke, Sacramentalidad: esencia y llaga del catolicismo, BAC, Madrid, 2014; J. Larrú – J. Granados (ed.), La perspectiva sacramental. Luz nueva sobre el hombre y el cosmos, Didaskalos, Madrid 2017. 

  68. Benedicto XVI, Homilía en la Misa de toma de posesión de la Cátedra de Roma, 7 de mayo de 2005. Cf. Id., Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, 6. 

  69. S. Efrén, Comentario sobre el Diatéssaron, 1, 18-19: SC 121, 52-53. 

  70. Cf. S. Juan Pablo II, Novo millenio ineunte, 30. 

  71. Lumen Gentium, 40. 

  72. Cf. S. Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 103. 

  73. Cf. J. Ratzinger, Jesus of Nazareth. From the Baptism in the Jordan to the Transfiguration, Doubleday, New York, 2007, 248. 

  74. Cf. L. Granados—I. De Ribera (coed.), Minorías Creativas: El Fermento del Cristianismo. Colección Didaskalos. Burgos: Editorial Monte Carmelo, 2011. 

  75. Cf. L. Granados, “Pastoral Conversion Through Practices: The Renewal of Family Ministry in the Parish”, en Anthropotes 31 (2015) 439-461. 

  76. Cf. K. Wojtyla, Sign of Contradiction, 251. 

  77. Cf. Jn 4:28. 

  78. S. Hahn, Evangelizing Catholics. A Mission Manual for the New Evangelization

  79. Jn 4:29. 

  80. Cf. Comentario a san Juan, 15, 33. 

  81. Cf. S. Juan Pablo II, Christifideles Laici

  82. Jn 4, 42. 

  83. Cf. Comentario a san Juan, 15, 33. 

  84. Cf. Congregación para la doctrina de la fe, Declaración Dominus Iesus sobre la unicidad y la universalidad salvífica de Jesucristo y de la Iglesia (6 de agosto de 2000). 

  85. P. Claudel, Le Père humilié, acto II, escena 2. 

  86. Cf. L. Melina, Conciencia y prudencia. La reconstrucción del sujeto moral cristiano, Didaskalos, Madrid 2019, 124. 

  87. Confesiones, 10, 27, 38. 

  88. Cf. Benedicto XVI, Exhortación apostólica postsinodal Sacramentum caritatis, 2. 

  89. Cf. S. Juan Pablo II, Tríptico romano