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Adviento: un instinto de Dios nos lleva hasta Belén

Los aires del Adviento los sopla el Espíritu Santo. Isaías, en la primera lectura de este domingo, anuncia que sobre el Mesías se posará espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de ciencia y piedad y temor del Señor. La tradición ha visto aquí los siete dones del Espíritu Santo. El Evangelio, por su parte, habla del Bautista, precursor de Jesús, quien nos bautizará en Espíritu Santo y fuego.

Así que Juan el Bautista es llamado precursor, pero a la vez el Precursor por excelencia es el Espíritu, que prepara las rutas hacia Belén. Según san Justino Mártir, todos los profetas tenían algún don del Espíritu Santo, que se posaba por algún rato sobre ellos. A uno le tocaba la sabiduría, a otro la fortaleza, a otro la piedad… Lo nuevo de Jesús es que sobre Él se concentraron todos los dones. Y, además, no solo para actuar durante un tiempo, sino para habitar y morar en Él, como Pedro por su casa.

Nosotros, en Adviento, caminamos hacia Jesús, sabiendo que Jesús ya ha venido a nosotros. Por eso el Espíritu nos guía más intensamente que a los patriarcas y profetas. Es que ahora, como bautizados en Espíritu y fuego, tenemos en nosotros los siete dones del Espíritu, siempre que vivamos en amistad con Dios.

¿Y qué son estos siete dones? Nuestra vida comienza con un don de Dios, que nos llama y nos empuja, como un manantial hace nacer el río. A nosotros nos toca cultivar el don para que lleve fruto, encauzarlo para que alcance su meta. Ahora bien, resulta que la meta de nuestra vida es tan alta (¡llegar a ser amigos de Dios, compartiendo su vida!) que necesitamos otro don para culminarla. No basta el don confiado, como una semilla fecunda, sino que hace falta un don que abre flor y madura fruto. Nosotros trabajamos desde el don primero de Dios, esperando su don definitivo.

Y aquí, en esta culminación del don, entran los siete dones del Espíritu Santo. Los dones disponen nuestro corazón para que Dios pueda llevar las riendas de nuestra vida y hacer fecundo todo lo que nos ha confiado.

Santo Tomás de Aquino dice que estos dones son como un “instinto” del Espíritu Santo. Igual que los animales nacen con un instinto, como el que lleva al corderillo a buscar la leche materna, o a las aves migratorias a sobrevolar los mares hacia un lugar cálido, así hay en el bautizado un instinto de Dios. Este instinto no lo mueve la naturaleza, como en los animales, sino el Espíritu Santo. Por eso es un instinto especial, que no está por debajo de nuestra razón, sino por encima. Es un instinto hacia el amor más grande, hacia el amor divino.

Ese instinto nos lo trajo Jesús, al hacerse hombre, y nos lo transmitió en el Bautismo. Y en Adviento este instinto nos guía hacia Belén. Este instinto nos lo dan los dones del Espíritu. Querría fijarme en tres dones que son especialmente aptos para el Adviento.

En primer lugar, está el don de piedad. Por él nos disponemos para que el Espíritu anime nuestras alianzas, especialmente en la familia y con Dios. Juan Pablo II refirió el don de piedad al cuerpo, pues el cuerpo nos relaciona con nuestros padres, hermanos, marido o mujer, y nos recuerda que el Creador nos ha dado la vida. En concreto, el don de piedad nos ayuda a respetar el cuerpo, el nuestro y el de los otros, mostrándonos en el cuerpo un misterio divino. Lo vive el hijo cuando agradece a los padres que, a través de su amor corporal, le hayan transmitido la vida. Lo viven los cónyuges que respetan mutuamente sus cuerpos, porque entienden que Dios obra en ellos, permitiéndoles unirse y bendiciéndoles con los hijos.

El Espíritu, en Adviento, con su don de piedad, nos prepara para adorar a Dios hecho carne y para abrazar en nuestras manos esa carne. De este modo aprendemos que en la carne se juega nuestro destino. Y entendemos la dignidad de nuestro trabajo y de nuestra fatiga. O de nuestro estudio, que requiere paciencia, según el tiempo de la carne para aprehender la verdad. No temáis: Dios no nos va a pedir celebrar este año la Navidad en modo telemático, para crear menos molestias, porque está muy ocupado y no puede viajar. Viene en la carne para salvar nuestra carne, y se anticipa con el don de piedad para que nos dipongamos a recibirle.

Junto al don de piedad, es propio del Adviento el don de fortaleza: “robusteced las rodillas vacilantes” (Is 35,3). La fortaleza es, por un lado, una virtud, una potencia del hombre para resistir al mal y perseverar en su búsqueda de una vida plena. Pero esta fuerza no basta para enfrentarse a la gran meta del hombre, que le supera radicalmente. Y no se trata de que la meta última de la vida sea una “misión imposible” como en la serie de películas de Tom Cruise. Pues cuando decimos que algo es imposible es porque nos lo imaginamos y decidimos que está por encima de nuestras fuerzas. De hecho, Tom Cruise termina alcanzando la inalcanzable meta. Sin embargo, la meta última de la vida, que es llegar a Dios, ni siquiera podemos imaginarla por nosotros mismos. Por eso hace falta el don de la fortaleza, es decir, participar de la fuerza misma de Dios.

Ante un proceso veloz de alejamiento social de Dios, cuando parecen temblar los cimientos mismos de la fe, viene la tentación de ceder y acomodarse a la cultura ambiente. Es necesaria la fortaleza, no solo la virtud, sino también el don. Es también el don de la paciencia: paciencia para preparar con nuestro trabajo un don que supera todo lo que hagamos para prepararlo. Somos como un caminante nocturno que, a fuerza de pasos en la noche, pretende que salga el sol. Y esto solo es posible si, como va a suceder en Navidad, el sol liga sus pasos a los del caminante.

Finalmente, está el don de consejo. No sabemos qué vías seguir para llegar a Belén. Es verdad que existe la virtud de la prudencia, que guía nuestros pasos. Pero esta no acierta por sí sola con el camino, ni siquiera con la ayuda de mil navegadores. El don de consejo significa capacidad para dejarse aconsejar por Dios, más allá de nuestra pobre luz. Y el consejo de Dios supera nuestra mirada, no porque sea un consejo muy complicado, sino precisamente porque es muy sencillo. El Niño va a nacer donde ningún sabio podría esperarle, y cada Navidad vuelve a sorprendernos por el ocultamiento humilde.

San Agustín, comentando el Sermón de Jesús en el monte, decía que los siete dones del Espíritu Santo son como una escalera hacia la felicidad, desde el temor de Dios hasta la sabiduría. Y equiparaba cada don del Espíritu con una bienaventuranza. El quinto escalón es el don de consejo, y llega cuando nos damos cuenta de que no podemos por nosotros mismos conocer la ruta hasta Dios. Coincide con la quinta bienaventuranza, la de los misericordiosos. Este es, pues, el gran consejo que Dios nos da: haceos misericordiosos con los pequeños, y así imitaréis a Dios, y Él se hará misericordioso con vosotros, ayudándoos a llegar hasta Él. El Adviento es tiempo para socorrer, para perdonar, para acoger. He aquí el mejor consejo para que el Espíritu se apiade y nos guíe hasta la Sagrada Familia.

Que este Adviento nos guíe el instinto del Espíritu. Es un instinto que nos conduce hasta la carne de Jesús. Allí se concentró el Espíritu y hasta allí nos conduce su viento. Por eso el instinto del Espíritu es un instinto de Eucaristía. Nace el corderillo y busca instintivamente la leche de su madre. Nace el cristiano y busca instintivamente el pan de vida, y que ese pan se extienda a todos los rincones de su trabajo y de su familia. Ya que somos hijos de Dios, que este Adviento nos dejemos llevar por el Espíritu de Dios.