Fuente: Cathopic

Navidad: el mejor orfebre del habla materna

En su paso por el Purgatorio encuentra Dante un poeta que destacó en la lengua provenzal, que era una lengua del pueblo. Y le elogia llamándole: “il miglior fabbro del parlar materno”, es decir, “el herrero mejor de la lengua materna”. También podríamos decir, usando una palabra española más cercana al italiano “fabbro”: el mejor orfebre del hablar materno. Es una bella imagen del poeta como herrero y artesano, que recibe por material la lengua sencilla de la madre y la acendra, la refina, la fragua hasta hacer de ella una pieza maestra. 

Pues bien, en Navidad, Jesús se muestra como el “miglior fabbro” o “mejor orfebre” de la lengua de su madre, María. Contemplemos a Cristo entre pajas, infante, que todavía no habla, pero que ya se va introduciendo en el lenguaje. Una profecía de Baruc dice: “conversó entre los hombres” (Bar 3,38). De este modo se completa el Evangelio de Juan: “habitó entre nosotros” (Jn 1,14). Es decir, la Palabra habitó en la carne para que la carne aprendiera a hablar el lenguaje del Hijo de Dios. Y Cristo, en Belén, empieza hablando ya el lenguaje de la carne, dejándose coger, abrazar, nutrir por su madre. 

Ahora bien, en Navidad no nace solo el mejor orfebre del lenguaje materno, sino también del lenguaje paterno, del lenguaje de su Padre. Veamos cómo este arte del lenguaje nos introduce en la fiesta de hoy.

  1. El hablar materno
 

El hablar materno es, en el verso de Dante, el hablar sencillo, que los niños aprenden de sus madres. Es, pues, el lenguaje de las palabras originarias que van al corazón de nuestra experiencia. Y este hablar se ha deteriorado mucho hoy. Un documental reciente gira en torno a la pregunta: “qué es una mujer”. Se ve cómo resulta difícil a los entrevistados responder a la pregunta. Esto no es raro, pues en otros tiempos tampoco se sabía decir con plenitud qué es una mujer, porque la pregunta nos desborda. Así sucede con todas las preguntas que se refieren a un misterio personal, y que deberían mejor formularse con el “quién”, y no solo con el “qué”.

Ahora bien, hay una diferencia en nuestra época moderna. Pues otros tiempos sabían de sobra (y hoy no se sabe) lo que no es una mujer. Es decir, sabían dónde encontrar a la mujer, aunque luego encontrarán difícil (acaso imposible) definirla. Y hoy se ha olvidado dónde está la mujer, porque se ha olvidado el lenguaje del cuerpo femenino. Y junto a la pregunta por el significado de mujer se unen otros: ¿qué es una madre o un padre? ¿un esposo? ¿un hijo…?

Por tanto, necesitamos más que nunca un orfebre del lenguaje materno que nos devuelva el peso primero de las palabras. Esto es lo que sucede en Navidad: Jesús, hijo de María, hereda el lenguaje humano y, a lo largo de su vida, hablándole como nadie antes lo había hablado, transformará este lenguaje para que podamos usarlo de nuevo, y usarlo en su plenitud.

Cristo hereda, por un lado, un lenguaje deforme, que procede de Adán y Eva pecadores. Es el lenguaje que se esconde, que no da la cara. Lo escuchamos en Adán (“tuve miedo y me escondí”), en Caín (“¿soy yo acaso el guardián de mi hermano?”), en Ezequías rey (“no pido una señal, no quiero tentar a Dios”). Este lenguaje huye del propio lugar, huye del propio cuerpo y de las relaciones fraternas que nos abre, huye del encuentro concreto con Dios en la carne.

Pero, junto a este lenguaje hay otro que culmina en María, y es el lenguaje materno originario. Aquí el lenguaje no huye, sino que acepta el propio lugar de un cuerpo recibido y de una misión que se nos entrega y con la que colaboramos. Fue la primera palabra de Adán a Eva: “esta sí que es hueso de mis huesos…” Y luego resuena en Samuel: (“aquí estoy, porque me has llamado”), en los profetas (“aquí estoy, envíame”), hasta culminar en María: “he aquí la esclava, hágase en mí”. Según la carta a los Hebreos Cristo, al entrar en este mundo, dice justamente eso: “he aquí que vengo a hacer tu voluntad” (cf. Heb 10,1-10). Por eso le llamamos orfebre del hablar materno, orfebre del “hágase” que aprendió de María. 

Según la misma carta a los Hebreos Cristo pronuncia este lenguaje, en primer lugar, con su mismo cuerpo: “me has preparado un cuerpo”.  “Heme aquí” es el lenguaje de la carne, que nos ancla en el aquí y ahora. Aceptar la carne es aceptar el lugar donde hemos nacido, como Cristo aceptó el censo y Belén y el portal, y ser hijo de un carpintero.

Así, si aceptamos la carne aceptamos un lenguaje que no hemos creado, empezando por nuestro ser hombre y mujer. Y en cada “yo hago” pronunciamos un “hágase”, porque aceptamos una sabiduría más honda que nos precede y convoca y acompaña. Gracias a este lenguaje del cuerpo sabemos qué es una mujer, y un varón, y un padre, madre, hijo, hermano… y ahondamos en el misterio de cada uno.

Así, al encarnarse, el Hijo de Dios usa el lenguaje humano, el lenguaje materno. Es sorprendente el número de lenguas que pronuncian la palabra “mamá” con la letra “m”. Se dan muy pocas excepciones. Hasta en azteca, cuyos sonidos nos parecen tan complicados, “mamá” se dice “mehem”. ¿Cómo entender este fenómeno? No es que procedan de una lengua común, ni tampoco se da aquí onomatopeya, sino que se trata de las sílabas más fáciles de pronunciar para el niño. Pero, ¿por qué entra entonces en el lenguaje de los adultos? Es porque las madres están deseosas de que el niño las llame, y no esperan a que sepan pronunciar trabalenguas, sino que se adaptan a las capacidades del hijo. 

Hoy, en Navidad, Dios hace lo mismo con el hombre. Quiere tanto que le hablemos, que adopta nuestro lenguaje, que se deja llamar con las palabras sencillas del cuerpo, para que podamos establecer con Él una alianza. Y para eso nos envía a su Hijo como orfebre del lenguaje materno.

  1. El hablar paterno
 

Pero este Niño no será solo orfebre del hablar materno. Será también orfebre o herrero del hablar paterno. Porque junto a la palabra materna hay otra palabra que recorre la historia, y es la palabra del Padre. 

La escuchamos cuando, al crearse los seres, iba repitiendo: “hágase” para inaugurar el mundo. Y es la palabra que luego imperó a Abrahán: “sal de tu tierra”, y que desde el Sinaí dio los mandamientos: “amarás”, porque antes había dicho: “yo te amo primero”. 

Pues bien, este Niño de Belén dice también la palabra paterna. Por eso le escuchamos, le contemplamos, le adoramos. No dice solo “heme aquí, hágase”, sino también: “sea la luz, y sea el mundo nuevo, y sea el hombre a imagen y semejanza de Dios”. Y hoy, en el Portal de Belén, nace un mundo nuevo, donde Jesús es la nueva luz y aquel que vence a las tinieblas. Por eso ya no es solo Él quien lleva los apellidos de María y José, sino también al revés: María y José son los primeros cristianos. Y también el Niño, orfebre del lenguaje paterno, nos conmina: “sal de tu tierra, sígueme, da la vida por mí”, y ahí van magos y pastores, dejándolo todo. Y Él mismo renueva los mandamientos del Sinaí: “amarás, porque yo te he amado hasta el extremo, amarás como yo te he amado”. Es el mejor orfebre del lenguaje del Padre.

Además, el lenguaje del Padre es el cumplimiento de todas sus promesas, cuando Dios vio que todo estaba bien y descansó. Ese deseo de descansar en Dios es el centro del corazón inquieto del hombre: “nos hiciste, Señor, para Ti”. 

Tiene el escritor inglés Samuel Taylor Coleridge esta parábola poética: “si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces, qué?” 

Esta parábola puede ser una descripción de la humanidad. Cada día, antes de venir Jesús, soñaba en el Paraíso, es decir, en el lugar de las promesas originarias, que corresponden con los grandes deseos de la vida. Pero cada día despertaba sin flor, porque le parecía todo un sueño, porque al hombre le resulta imposible ser bueno y construir la paz.

Pues bien, la Navidad es el día en que, tras una noche de sueño, la humanidad despierta y ¡la flor está en su mano! La flor es el Niño Jesús, donde se cumplen en carne y hueso nuestros deseos más hondos, y descubrimos el amor que dio origen a esos deseos y que puede colmarlos. Cristo ha venido a confirmar que es posible alcanzar la meta prometida por el Padre, que anida en el fondo de nuestro ser. ¡Orfebre mejor del lenguaje paterno!

  1. Navidad: fragua de un lenguaje nuevo
 

La Navidad nos presenta, pues, a Cristo, orfebre del habla materna y paterna. Ahora bien, no hay ningún lenguaje privado, que no pueda traducirse, que no pueda ser entendido por otros. 

Por eso Cristo no es herrero solo de sus propias palabras, sino que modela también nuestro lenguaje, nos transforma y nos regala nuevas palabras. Podemos compararlo con un gran escritor, como es Cervantes para la lengua española. Cervantes asumió la lengua materna y, forjándola en el Quijote, nos la dio a todos ennoblecida. Y ahora podemos usarla como un instrumento más bello, más capaz de describir la realidad, de constituir realidad, de comunicar vida. 

Así, Cristo asumió el lenguaje originario del cuerpo, lo usó magistralmente, sacándole su mejor estilo y nobleza, y nos lo dará en herencia en los sacramentos, para que sea también nuestro lenguaje. 

Y este lenguaje se nos da en la Eucaristía, que es donde el Portal de Belén se hace contagioso y enciende nuestras vidas, y donde todos pasamos a ser herreros y orfebres. Recordemos que celebramos la Navidad desde la Eucaristía, desde el “hoy” de la liturgia que nos hace presentes en la gruta donde nace el Niño. 

De hecho, en la Eucaristía se consuma el lenguaje materno: “este es mi cuerpo”, “gracias Padre”. Y también se consuma el lenguaje paterno: “mi cuerpo entregado para la vida del mundo”, “mi sangre derramada para el perdón”. He aquí al mejor orfebre que nos hace ayudantes de su gremio para crear un nuevo lenguaje. Este lenguaje es capaz de nombrar por fin las cosas, y de clarificar lo que significa cada término. 

En primer lugar, Cristo no ha eliminado las antiguas palabras que recogen experiencias fundantes. Al contrario, la Navidad anuncia que estas experiencias valen tanto, que Dios mismo ha querido vivirlas. Y por eso Jesús en el Portal reafirma el lenguaje del principio, que habla del hombre, de la mujer, del padre, la madre, los esposos, los hijos y hermanos… Todo esto vale tanto, que Dios ha querido serlo. Es decir, ser varón vale tanto que Dios mismo ha querido vivirlo. Y ser mujer vale tanto, que Dios mismo ha querido nacer de madre y dar la vida por la esposa. Y así dignifica a hombre y mujer: vive como el varón, vive para la mujer. 

Pero en la Navidad estas palabras originarias no solo se reafirman, sino que se dilatan. Pues si Dios mismo ha querido vivir la vida humana, entonces la vida adquiere una nueva medida: ya solo merece la pena vivir una vida digna de Dios. Y por eso, si la Virgen María es la mujer, entonces hay que dilatar los horizontes del proyecto femenino. Y si san José es el padre, hay que ampliar la perspectiva de la paternidad. Y si hay una alegría como la de los pastores, una generosidad como la de los magos, una pena como la de los posaderos, cambia el horizonte de la alegría, la generosidad o la pena. Y también: si Dios ha querido habitar en un portal y luego en una casa, y ha querido recorrer los caminos, se amplía el significado de nuestras casas y de nuestros caminos, sean de huida o de regreso, porque en nuestra casa puede habitar el Hijo de Dios y ser compañero de nuestros caminos.

Es más, Cristo, orfebre del lenguaje, ha cambiado también los nombres propios. Desde que Él nació de María y fue José su Padre, desde que llamó a Pedro y Juan a seguirle, llamarse María, José, Pedro o Juan, ya no puede significar lo mismo. Y esto se refiere también al nombre único que cada uno tiene, seguido de apellidos. Pues el nombre que te hace único, ese nombre cambia de sentido si Cristo ha querido nacer y morir por ti, y ser tu amigo y que pases a ser parte irrenunciable de su vida, de la vida del “Dios con nosotros”, Emmanuel.

Así, este orfebre ha cambiado también el modo en que el lenguaje conjuga los tiempos. Pues el tiempo se ha vuelto de pronto irrevocable. Y es que Dios se ha jugado toda la historia a una sola carta, la carta de la vida de su Hijo, cuyo haz es Belén y cuyo envés es Jerusalén. Y ahora, ¿cómo no jugarnos también nosotros la vida a una carta? ¿Y cómo que esa carta no sea la carta de la vida de Jesús? 

En fin, Cristo, naciendo en Belén, ha cambiado el sentido de la misma palabra “Natividad” o “nacimiento”. Es una natividad nueva, decían los Padres de la Iglesia, pues “ha reformado nuestro nacimiento con su propio nacimiento” (Tertuliano, Adv. Marc. III 9). 

Por eso desde la Navidad nacer y dar a luz ya no significan lo mismo. Antes de la Encarnación, al nacer un niño, no se sabía nunca del todo si ese nacimiento merecía o no la pena, y si no habría situaciones desesperadas en que podría ser mejor acabar con la propia vida. Los cristianos, sin embargo, rechazaron el suicidio, porque desde que Dios ha querido vivir la vida humana, ya son equivalentes vida y esperanza. Y tiene razón el refrán, que es un refrán cristiano: “mientras hay vida, hay esperanza”. Es decir, desde que el Verbo se ha hecho carne, mientras estemos en la carne, siempre podemos encontrarnos con Él por los caminos, y entonces todo puede cambiar. 

Y si merece la pena nacer, merece la pena también generar. Desde que Dios ha querido vivir la vida humana, entonces no podemos sino transmitir la vida, que es la vida de Dios. No podemos sino generar más vida y generar la vida de Cristo, evangelizando el mundo. 

Fray Luis de León enseñaba que Cristo es el gran experto en nacer, pues siempre nace del Padre, y luego siguió naciendo en Belén, en la Resurrección, en cada Eucaristía. Es decir, la Navidad inicia una serie de transmisión continua de vida. Por eso, la Navidad no es solo singular, sino que es el comienzo de las Navidades, en plural. Si aprendemos el lenguaje de este gran orfebre del habla materna y paterna, no dejaremos de nacer de Dios y de generar en Dios: ¡sea siempre Navidad!