La confesión, puerta hacia la Eucaristía: “Es necesario que hoy me hospede en tu casa”

P. José Granados, dcjm

1 de noviembre de 2022

Homilía, Domingo XXXI del Tiempo Ordinario, Ciclo C.

“Zaqueo, es necesario que hoy me hospede en tu casa” (Lc 19,5). La historia de Zaqueo termina en una cena de Jesús con su familia. Cuando encuentra a Zaqueo, Jesús está subiendo hacia Jerusalén, y su meta será otra cena: la Eucaristía. El encuentro con Zaqueo nos muestra el camino de conversión para poder seguir a Cristo y participar en su cena.

La primera lectura, del libro de la Sabiduría, habla precisamente de este camino de Dios con los pecadores, para conducirlos poco a poco hacia sí. La de Zaqueo es una historia de conversión, de vuelta del hombre a Dios, y la conversión es una constante de nuestra vida cristiana. El sacramento de esta conversión es la penitencia, que nos rehabilita para recibir de nuevo la Eucaristía. Podemos ver en la historia de Zaqueo los tres actos del penitente, que son la materia del sacramento de la penitencia.

  1. Está, en primer lugar, la contrición. Es el dolor por haber pecado contra el amor fontal de Dios. Zaqueo percibe que algo va mal en su vida, ha escuchado hablar de Jesús y quiere verle. Ya la gracia le está tocando, como dijo Pascal: “no me buscarías si yo no te hubiera ya encontrado”. Zaqueo quiere ver a Jesús, pero Jesús desde antes conoce su nombre. Y no solo quiere verle sino entrar en su casa y compartir comida y techo. En Zaqueo se daba el terremoto de la conversión, pero dicen los científicos que también el sol experimenta seísmos, que podrían llamarse “sol-motos”. Dios empieza a moverse siempre antes que el hombre y va más allá en su deseo de encontrarle.

La contrición es el dolor de los pecados por causa del amor de Dios a quien hemos ofendido. Los pecados pueden dolernos también por otras razones, y esto no es malo. Nos pueden doler por miedo, o por la humillación que nos causan. Son razones válidas para dejar de pecar, pero no son la razón plena. Una gracia de la confesión es que nos enciende en el amor  a Cristo, como ocurrió a Zaqueo. A su casa ha llegado la salvación, ¿y qué es la salvación? El nombre de Jesús significa precisamente “salvación”. Ser salvado es tenerle a Él por amigo, porque de Él vienen todos los bienes.

Nos mueve a este amor nuestra propia maldad y la condescendencia de Dios. Él viene a buscar a quien está perdido, a sanar a quien está enfermo, a amar a quien no le ama. Zaqueo era de baja estatura. En sus Confesiones San Agustín escribió esta expresión de asombro ante su propio pecado: “tan pequeño hombre y tan gran pecador…” (Conf. I,12,19) “¿Dónde o cuándo, te pido, he sido inocente?” (Conf. I,7,12). Y aun así Jesús llama a la puerta de Zaqueo para cenar con él, compartiendo la intimidad. Por eso, para san Agustín, las Confesiones, primero que ser confesión del pecado, son confesión de alabanza por los dones que Dios le ha dado, y por el modo en que, sembrando acíbar en sus pecados, le ha ido guiando hacia sí.

  1. En segundo lugar, tenemos la confesión propiamente dicha. El Evangelio no nos dice de qué hablaron Jesús y Zaqueo durante la cena. Zaqueo relataría a Jesús su vida. Jesús ya la conocía, pero es preciso que Zaqueo la pronuncie, porque solo entonces llega Zaqueo a reconocerla. ¡Qué importante es expresar el relato de nuestra vida, decirlo con palabras, porque las palabras fraguan nuestro mundo interior! Sólo cuando decimos: “lo siento”, y cuando decimos “te perdono”, tiene lugar verdaderamente el perdón. Si las cosas no se hablan se quedan dentro, y nos carcomen. La confesión es obra de misericordia, porque el confesor presta oído para que el hombre pueda hablar con Dios como habla un amigo con su amigo. 

También Jesús relataría a Zaqueo su misión para salvar al mundo, pues ha venido a buscarle. “Es necesario que yo me hospede en tu casa”, significa: “lo quiere el Padre, está escrito por Él”. Dios es capaz de enderezar nuestro pecado, de incluir nuestra historia en su misma historia de amor, en su acción de gracias eucarística. Dios no puede hacer que no haya sucedido lo sucedido, pero puede cambiar el significado de lo que ha sucedido, al asociarlo a su amor. 

Zaqueo tendría mucho pecado que contar, y podría desesperarse. ¿Era posible la salvación también para él? Cristo viene a poner su relato al lado de nuestro relato, para renovarlo. Por eso, junto a los pecados que narramos está la absolución del sacerdote: “Dios, Padre de misericordia, ha reconciliado el mundo consigo por la muerte y la resurrección de su Hijo, y ha enviado el Espíritu Santo para el perdón de los pecados…” La historia de Jesús se pone al lado de nuestra historia para enderezarla, de modo que ya no miremos solo a nuestro pecado, sino al amor que ese pecado provocó y al perdón que Cristo nos regaló. Zaqueo subía al árbol para ver a Jesús, mientras Jesús subía a otro árbol, el de la Cruz, para salvar a Zaqueo.

De este modo, el perdón de Jesús no humilla a Zaqueo. Jesús perdona a Zaqueo, no porque piensa que Zaqueo sea poca cosa, sino porque reconoce en él a un hijo de Abrahán. Como si le dijera: “Tú eres una de esas estrellas que Abrahán vio en el cielo y no podía contar. No solo subirás al árbol, sino que, a pesar de tu baja estatura, subirás al cielo”. Jesús sabe ver hondo en Zaqueo, y descubrir allí la mano creadora de Dios, como dice la lectura de hoy de la Sabiduría: “Amas a todos los seres | y no aborreces nada de lo que hiciste; | pues, si odiaras algo, no lo habrías creado” (Sab 11,24). Es como la madre que, en su hijo adulto, obrador acaso de graves males, descubre siempre al niño que fue. Y de todo hombre se puede decir: “tú también fuiste hijo de una madre”, es decir, tú también fuiste amado incondicionalmente, de ti también alguien lo esperó todo. El amor de Dios es la fuente del amor de las madres, y Jesús ha venido a revelárnoslo, de modo que, sea cual sea nuestro pecado, siempre haya esperanza, porque somos “hijos de Abrahán”, es decir, “hijos de la promesa”.

  1. Por último está la satisfacción o penitencia que hacemos por el pecado. Zaqueo repartió a los pobres la mitad de sus bienes. San Agustín dice que Zaqueo se quedó con la otra mitad, no para sí mismo, sino para poder seguir dando, pues daría el cuádruplo a todos los que defraudó. La satisfacción consiste en poder hacerse manantial de bienes para otros.

Parecería que la satisfacción disminuye la misericordia de Dios, como si tuviéramos que pagar algo por ser perdonados. Pero es al revés. La satisfacción es la mayor misericordia, porque nos permite imitar a Dios y realizar el bien con abundancia. Jesús, que nos ha dicho: “eres un hijo”, nos dice ahora: “sé un padre, como el padre Abrahán”. 

Decíamos antes que el relato de nuestro pecado nos puede desanimar. El mal que hemos cometido nos impide mirar adelante y detiene nuestra historia. Cuando nos confesamos reconocemos que caemos siempre en lo mismo. Por un lado, eso es bueno: no sería muy positivo tener siempre pecados nuevos que contar. Por otro lado, esto mismo nos invita a la humildad y a la paciencia. Tal vez un remedio sea no mirar únicamente a la lucha contra estos pecados, sino al desarrollo de las virtudes, engendradas por la caridad. Indirectamente el pecado puede vencerse si nos lanzamos a hacer el bien. Y aquí sí que podemos ser creativos, inventando nuevas formas de amar. Como dice san Pedro, el amor cubre multitud de pecados.

Contrición, confesión, satisfacción. El pecador, que vuelve a Dios, se hace imagen de Dios. Es decir, se hace imagen del Dios trinitario, que es comunión de personas. Por la contrición, nos toca el amor, y nos llenamos del Espíritu Santo que une al Padre y al Hijo. Por la confesión, nos llenamos de palabra de sabiduría, y nos asemejamos al Hijo, Palabra del Padre. Por hacemos poderosos para realizar el bien, para ser fuentes de vida para nosotros mismos y para otros, y así nos parecemos al Padre, que hace salir el sol y caer la lluvia sobre todos sus hijos.

“Primero la confesión, después la comunión”, decía san Agustín comentando la primera carta de san Juan. Pronto diremos, en la Misa: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa”. Si aceptamos con humildad que somos indignos, si acudimos a la confesión para convertirnos, podremos escuchar esta respuesta del Señor: “es necesario que hoy me hospede en tu casa”. Lo quiere mi Padre. Para esto he venido.