Homilía de Pentecostés, 19 de mayo de 2024 – en el 37 aniversario de los Discípulos de los Corazones de Jesús y María – P. José Granados, dcjm
“El amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado”. Estamos dedicando esta discipulada al corazón de Cristo, que renueva nuestros corazones. Preparamos así el Jubileo del año próximo: 2025 años que un corazón lleva latiendo en nosotros y por nosotros.
Corazón y Espíritu están muy unidos. En el Veni Creator Spiritus hemos escuchado: “quae tu creasti pectora”, es decir, el Espíritu ha creado y sigue recreando nuestros corazones, porque ha puesto en ellos el manantial que viene de Dios. Lo vemos porque el Espíritu obra en el corazón las tres virtudes teologales. Está la caridad, según lo que acabamos de oír en la lectura: “el amor se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado” (Rom 5,5). Está la fe, porque “con el corazón se cree” (Rom 10,10), y nadie puede decir “Jesús es Señor” si no es en el Espíritu Santo (1Cor 12,3). Está, finalmente, la esperanza, porque el Espíritu ilumina los ojos de nuestro corazón para conocer el don que nos está reservado (cf. Ef 1,18).
Esta unión de corazón y Espíritu se refuerza si pensamos cómo ambos se unen con el vino. San Pablo dice que “hemos bebido todos de un solo Espíritu” (1Cor 12,13), pidiéndonos que no nos embriaguemos de vino, sino que nos dejemos llenar del Espíritu (Ef 5,18). Los Discípulos, en Pentecostés, parecían borrachos. Alguna razón habría. La única excusa que dieron no se refería a su comportamiento, sino a la hora tempranera. La tradición ha hablado de la “ebria sobrietas”, algo así como una sobria borrachera o borracha sobriedad. Y si un fruto esencial del Espíritu es el gozo, resulta que el vino alegra el corazón del hombre (Eclo 31,28). “¿Qué es la vida para quien le falta el vino?” (Eclo 31, 27), dice la Biblia, lo que puede afirmarse también del Espíritu.
El punto de unión entre vino, corazón y Espíritu, es la alegría. Hoy esta alegría del Espíritu llena nuestros corazones con esta borrachera sobria. Es una borrachera de la que quitamos lo malo y dejamos lo bueno. Entre los efectos de la alegría enumera santo Tomás de Aquino estos tres: nos dilata, perfecciona nuestras obras y pide todavía más alegría. Veámoslos.
- Primero, la alegría nos dilata. Sabemos que la tristeza encoge el corazón. Es que la tristeza nace en la presencia del mal, que tiñe de pena, y que tratamos de evitar contrayéndonos, como metiéndonos en una esquina del hombre interior. Por el contrario, la alegría expande el corazón, igual que el vino dilata las arterias. La razón es que, al alegrarnos, estamos en comunión con el bien, y le hacemos sitio en nosotros, agrandando nuestra capacidad.
Esta dilatación de la alegría está en nuestro camino de Discípulos. Un símbolo son las casas que el Señor nos ha ido regalando. Pienso en nuestra casa madre de Villaescusa de Haro, don de doña Carmen González Lodares. Fue el primer espacio que el Señor nos abrió y nos pidió que reconstruyéramos. Destacan en esta casa manchega las grandes tinajas, de hasta tres o cuatro metros de altura, que se usaban para guardar el vino y el aceite, símbolo del ensanchamiento del corazón.
¿Cómo se dilata el corazón en Pentecostés? El don del Espíritu nos recuerda que, para la fe cristiana, todo está ya ganado desde el principio. El camino normal de la alegría empieza por la atracción del bien, que nos mueve a desearlo y a buscarlo, hasta hacernos uno con este bien y disfrutar del gozo. Pues bien, en el cristianismo este camino se invierte. Comenzamos, no con la atracción de un bien lejano, sino con el gozo de poseerlo ya. ¿Cuál es entonces el camino, como llaman a la fe cristiana los Hechos de los Apóstoles (Hch 9,2)?
No es un camino donde comenzamos con nuestros recipientes vacíos para conseguir llenarlos, sino un camino donde empezamos con un don desbordante, con un manantial en el corazón. El camino es camino para que se dilate el recipiente, de modo que siempre pueda caber más. Recordemos que el cristianismo no es “ya sí, pero todavía no”, sino “ya sí, y todavía más”.
Nuestra casa de Discípulos fue luego la casa de Madrid, que hoy está en la calle Moscatelar. Allí se nos dilató de nuevo el corazón porque empezasteis a llegar las familias. El gozo no es solo el gozo de mis bienes individuales, sino es sobre todo el gozo de los amigos, con los que se comparten los bienes. Con la amistad el corazón se dilata más allá de nosotros, su gozo se multiplica por dos. Y, como en el amigo vemos un camino a lo alto, el gozo se multiplica también “por Dios”. Según san Pablo el fruto del Espíritu es en primer lugar amor, gozo y paz (Gál 5,22). Es un amor, explica santo Tomás de Aquino, que ya se ha logrado, y por eso es gozo; y es un gozo que se vive con los amigos, y por eso es paz o comunión.
En fin, nos llegó una tercera dilatación con nuestra casa de Roma. Entonces se nos dilató la visión, al entrar en la mirada de grandes teólogos que nos acompañaron e iluminaron. Es sabido que el borracho ve más, porque ve doble. Pero en la borrachera del Espíritu no se ve repetido, sino que se ve con más hondura, porque se ve en la visión de otro, y se ve el origen y destino de la vida, que nos permite caminar derecho sin dar tumbos.
- Un segundo efecto de la alegría es que perfecciona la obra. Tras darnos casas que nos dilataran, el Señor nos ha dado obras para que pudiéramos entregarnos al trabajo. Pienso en los colegios, en las parroquias, en el trabajo en universidades y con nuestra editorial… Sabemos que quien está alegre trabaja mejor, no solo porque el trabajo se le hace ligero, sino porque lo hace con excelencia. Por eso Dios ama al que da con alegría (2Cor 9,7), porque da de corazón. Y por eso decía Jesús: hay más placer en dar que en recibir (Hch 20,35), porque quien da no sólo da, sino que también ha recibido de la fuente, y ha recibido tanto que puede desbordarse.
Este es el misterio del obrar cristiano, que no nace de una carencia que buscamos solucionar, sino que nace de una sobreabundancia. Hay un camino, pero es el camino para poder dar más a otros, para derramar lo que nos sobra. Sabéis que algunos dcjm tienen fama de bilocarse o trilocarse en las obras. Gracias al Espíritu Santo esto no tiene que ser por activismo, sino por desbordamiento de sus dones.
Leí hace poco la historia de la abadía de Casamari, en Italia, donde estando en Roma íbamos de vez en cuando de retiro y oración comunitarios. Durante la ocupación francesa hubo monjes que murieron mártires por defender la Eucaristía de la soldadesca. El monasterio se convirtió en lugar de peregrinacion, por los milagros que hacían los santos. Hasta el punto de que allí era ya imposible a los monjes mantener el silencio. El superior tuvo entonces que tomar una decisión drástica. Pidió por obediencia a los mártires que dejaran de hacer milagros. Unos años después, cuando ya se calmó la cosa, volvió a permitírselos, siempre bajo la obediencia.
La simpática historia (la jurisdicción de la obediencia no llega tan alto) nos recuerda que todo obrar cristiano es como el de los mártires, y consiste en derramar dones. La obediencia no es necesaria para que hagamos más, tanto gozo hay en dar y en darse. La obediencia es necesaria para que descansemos y no nos agotemos en el don.
- Esta sobreabundancia de la alegría nos conduce a un tercer efecto suyo: quien está alegre quiere más alegría. Esto no se cumple con los placeres naturales, que tienen un límite, y por eso la alegría de la comida se colma con la saciedad. Pero cuando se trata de una alegría por la amistad, y por la amistad abierta a Dios, entonces siempre hay más que gozar, y al gozar algo se nos enciende el deseo de más gozo. “Los que me comen todavía tendrán hambre, y los que me beben todavía tendrán sed” (Ecclo 24,21). Tras mirar al modo en que Dios ha dilatado el corazón de nuestra familia y nos ha dado obras, esta sobreabundancia nos invita a mirar al futuro, a la misión. Esta misión comenzó en América, que simboliza para nosotros la esperanza de las fronteras cruzadas para llevar el Evangelio a todo el mundo.
El gozo sobreabundante de Pentecostés viene de la mirada de Jesús, que nos anima. Nos dice el Evangelio que los discípulos, al ver al Resucitado, se llenaron de alegría. Pero en el evangelio de Juan Jesús anuncia a sus discípulos algo un poco distinto: “os veré y se alegrará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestra alegría” (Jn 16,22). La alegría plena de Cristo no viene porque nosotros le veamos, sino porque Él nos verá a nosotros. La razón de nuestro gozo, que siempre busca más, es el modo en que Cristo nos mira. Es una mirada, podemos decir, desde el corazón, llena del triunfo que ha ganado para nosotros al resucitar. ¿Cómo nos mira Jesús? Ve en nosotros el proyecto de Dios, y la santidad a la que estamos llamados, y su mirada está llena de ánimo y de ilusión. Cuando nos mira afirma nuestra bondad y afirma también nuestro destino de plenitud y nos da alas para alcanzarlo.
Es conocida la frase del rabino Zusya. Decía que cuando el Señor le juzgara no le iba a preguntar por qué no había sido Moisés, sino por qué no había sido Zusya. La cosa tiene sentido, pues muchas veces nos quedamos cortos de nuestro verdadero nombre, de la promesa que Dios nos ha hecho. Esta es la única razón de la tristeza, según Léon Bloy: no llegar a ser nosotros mismos según el proyecto de Dios, es decir, no ser santos. Pero esta tristeza desaparece cuando Jesús resucitado nos mira, pues Él posee la fuerza para que lleguemos a ser plenamente según nuestra llamada. Y cuando Dios nos juzgue sí que nos va a preguntar por qué no hemos sido Jesús, porque esa es ahora nuestra meta, y con la fuerza del Espíritu, que es la comunicación de Cristo, estamos en ella y va madurando en nosotros. Este es el fundamento de la alegría que nadie nos podrá quitar.
Y también a los Discípulos y a la gran familia discipular nos alegra la mirada de Jesús sobre nosotros, llena de ilusión y de proyectos. Le pedimos que no abandone la obra de sus manos. Un refrán reza: “la casa, de los padres; la viña, del abuelo; el olivar, del bisabuelo”. El Señor nos ha dado casas, dilatándonos; y nos ha comenzado a dar obras, con la alegría de la viña. Le pedimos también la fortaleza y el esplendor del olivo, que necesita más tiempo para afianzarse, y que es símbolo a la vez del Espíritu, llamado por san Ambrosio “óleo de alegría”.
Termina la Pascua, pero termina sin terminar. Se apaga el cirio, pero la alegría del Espíritu enciende el cirio en los corazones. Volvemos a este valle de lágrimas, pero volvemos con el gozo del Espíritu, que hace el camino ligero y anticipa la patria. Jesús dijo: “la paz os dejo, mi paz os doy”. Los Evangelios dejan claro que quería decir también: “mi alegría os dejo, mi alegría os doy”. Que esa alegría nos propulse, a cada uno y a nuestra familia discipular, de pascua en pascua hasta la pascua eterna.
