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Homilía votos temporales Miguel Ángel García Galindo e Ignacio de la Lastra Alvear
La Ascensión enmarca los votos que hoy profesáis. En la iglesia de la Ascensión, en Tierra Santa, se venera la última huella que el Señor dejó. San Ignacio de Loyola, cuando peregrinó a Jerusalén, quiso imprimir bien esta huella en su memoria, e incluso volvió de nuevo para darle una última mirada, debiendo sobornar a los guardianes. Algo había en ella apto para simbolizar el seguimiento radical de Cristo. Tal vez Ignacio pensara en esta huella cuando, más adelante, contemplara con nostalgia las estrellas de las noches romanas que le evocaban a Dios.
El poeta Luis Rosales escribió: “en la vida no nos llevan los pies, sino las huellas”. Para el cristiano esto significa: nos llevan las huellas de Cristo. ¿Y qué nos dicen estas sus últimas huellas, cuando Jesús tomó impulso para ascender al Padre? Ahora las huellas se hacen empinadas, y se radicaliza su seguimiento. ¿Es posible dar con Él también este paso? De pasada hay que decir que se trata de un paso apropiado para vuestros votos, pues entre vuestras aficiones está, por un lado, la montaña; por otro, la aviación. Pero veamos qué significa ascender con Él.
- Seguir a Cristo es propio de todo cristiano. A todo bautizado le corresponde subir la montaña que es Cristo, Monte de Dios. Pero para subirle hay diferentes vertientes o rutas.
El famoso escalador Emilio Comici (llamado el ángel de los Dolomitas) acuñó el término “direttissima”, usado hoy en montañismo para hablar de la vía sin rodeos hacia la meta. Mientras antes de él lo normal era encontrar, con distintos rodeos, la ruta que hiciera más fácil la ascensión, Comici veía una particular belleza en atacar directamente la cumbre en cada momento. Ahora bien, la “direttissima” no es simplemente una línea recta geométrica hasta coronar. ¿Cómo se traza entonces?
Comici la describió como la línea que seguiría una gota de agua que cayera desde la cumbre hasta el suelo, siguiendo las distintas aristas de la roca. No estamos, por tanto, sólo ante la vía más corta, sino ante una vía marcada por una atracción, por la gravedad. Si la gota cae por gravedad, también el montañero sube por la gravedad o atracción que ejerce la cima. De ahí la belleza que cobraba para Comici la “direttissima”, al trazar sobre la roca la pasión por lo alto.
Pues bien, la vida consagrada puede asimilarse a esta “direttissima” que sigue a Cristo corporalmente, atraídos sólo por Él. Una vocación a la vida consagrada tiene que ver con el impacto de los pasajes “directísimos” del Evangelio. Un signo de tener vocación a este seguimiento de Jesús es que estas palabras “directísimas” de Jesús no se oyen como palabras que les pasaron a otros, o que podrían pasarnos a nosotros en otro momento o en otras circunstancias. Son palabras que se hacen reales aquí y ahora para mí.
Y uno escucha: “déjalo todo y sígueme”. O escucha: “una sola cosa es necesaria, María ha escogido la mejor parte”. O escucha: “no hay mayor amor que dar la vida por los amigos”. O: “¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre?” O también: “el hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza”. Y: “mi alimento es hacer la voluntad del Padre”. Y al escuchar: “sus amores son mejores que el vino” (Ct 1,2), entiende que es una llamada que llena toda la vida. Un padre de familia decía que no solo conocía a sus hijos, sino que los estudiaba. Os toca seguir estudiando a Cristo, para encontrar siempre la ruta “direttissima” hacia Él.
A algunos les llama Cristo a que lleguen a Él a través de mediaciones, y es un camino hermoso. Alcanzan a Cristo por la mediación del esposo, de los hijos, del trabajo en la sociedad… Así se hace presente el misterio de Jesús que vive en familia sujeto a sus padres o que bendice las bodas en Caná. Pero a la vida religiosa, a vosotros que profesáis hoy, os toca hacer presente su vida por la “direttissima”, imitando su camino en la carne y su vuelo corporal al Padre.
Eso sí, recordad que esa vía directa a Cristo es la vía de la humildad. El camino hacia arriba requiere una bajada. Lo dice san Pablo en la epístola: “el que bajó es el mismo que después subió” (Ef 4,10). Y, en realidad, conservó las heridas cuando subía, es decir, conservó el movimiento de bajada. Para acercarse al cielo hay que empezar subiendo a la cruz. Jesús eligió una forma de morir en la que no hay cadáver (que viene de “caer”), pues se muere subiendo. Los aviadores piden una sola cosa a la Virgen de Loreto, su patrona: que siempre sea igual el número de despegues y de aterrizajes. El vuelo de la Ascensión simplifica todo. Pues en él, despegues y aterrizajes siguen la misma dirección, ya que al bajar ya se sube y al subir se baja para ayudar a subir a los hombres hermanos.
- Siguiendo esta “direttissima” hacia Cristo vemos que Él ha seguido también la ruta “direttissima” hacia el Padre. Lo confirma ese último salto en el Olivete – con impulso tan grande que dejó huella en la roca. Por eso, en segundo lugar, la llamada a la vida consagrada implica el deseo radical y directo de Dios. Significa entender que el “sólo Dios basta” de santa Teresa es verdad para mí aquí y ahora.
Dicen que es necesario distinguir entre lo importante y lo urgente, pues no siempre coinciden. Al confundirlos se corre el riesgo de ir de un lado a otro llevados por lo que apremia y olvidando lo radical. Pues bien, para todo cristiano es claro que Dios es siempre lo importante, lo único necesario. Pero propio de la vida religiosa es que Dios, además de ser importante, se hace además urgente. De hecho, una palabra “direttissima” de Jesús es: “he venido a traer fuego a la tierra, y ¡cómo desearía que ya estuviera ardiendo!” (Lc 12,49).
Esta urgencia de Dios implica, en primer lugar, percibir la seriedad de elegir a Dios, es decir, lo que nos jugamos en ello. Dios aparece como “lo único necesario” y “la mejor parte”. Por eso es preciso que la relación con Él preste forma a todos los aspectos concretos de la vida. En realidad, la pobreza, castidad y obediencia están centradas en Dios como la gran riqueza, el gran amor y el gran proyecto ilusionante que dan forma a la vida.
Ahora bien, la seriedad y urgencia con respecto a Dios derivan de otra experiencia más originaria. Pues vuestro deseo de amarle ya, y de amarle sobre todas las cosas, ése deseo es, como todo deseo, una respuesta a una llamada previa, a un amor que os ha tocado y despertado. Es decir, vuestro deseo nace del deseo de Dios por vosotros. Él es el primero que quiere “romper la tela de este dulce encuentro”, como cantaba san Juan de la Cruz. Dios mismo quiere abrir y recorrer la vía “direttissima” hasta vosotros, porque le resulta urgente amaros. Entonces Dios se hace vulnerable, frágil, como nos decía un amigo cartujo. Y ese deseo de Dios por el hombre os enciende también a vosotros en el amor de Dios. Os sucede lo que decía Dante: “Oh, amor, que a ningún amado le permites no amar”. Este amor motivó la llamada de san Francisco: “¡el Amor no es amado!” y os motiva a vosotros. Os consagráis a Dios, o mejor: Dios os elige y consagra para sí.
Estos dos deseos y estas dos urgencias, la que mueve a Dios y la que os mueve a vosotros, se pueden aunar gracias al misterio de la Ascensión. Pues este misterio nos revela que podemos instalarnos en Dios, que Dios es habitable. El cuerpo de Jesús está en el cielo, y esto no significa que se localice en algún lugar entre la constelación del Boyero y la Osa Mayor, sino que está en Dios mismo, en el espacio del amor de Dios Trinidad. Desde la Ascensión queda claro que Dios tiene espacio para todo el hombre, cuerpo incluido.
Entonces puede decirse que, en la Ascensión, el monte que es Cristo abre sus dos laderas. Sigue en pie la ladera sur, la que Él recorrió en la tierra como hijo de Adán, en la que ahora peregrina la Iglesia. Pero su cuerpo está ahora ya en la otra ladera, ha entrado en Dios, en lo eterno. Y ha permitido que algunos, aún en esta tierra, se instalen ya en la ladera norte, hacia la que apunta la estrella polar que guía toda la historia.
Para poder habitar ya en esta otra vertiente norte es esencial el papel de la Virgen María, Madre de Jesús. Al estar su corazón materno tan unido al corazón del Hijo, Ella empezó ya a vivir, desde el día de su ascensión, en la vertiente eterna, aun en su carne mortal. Ella fue la primera en recibir de su Hijo la ciudadanía del cielo de la que habla san Pablo (Fil 3,20). Y así Ella abre el ambiente de la Iglesia donde es posible la vida consagrada, “género de vida virginal y pobre que Cristo escogió para sí y que María, la Virgen, abrazó” (Lumen Gentium 46). Tras la Ascensión, el cuerpo de Jesús sigue visible por su vertiente mariana, y luego seguirá visible en la Iglesia, de generación en generación.
- Pero la Ascensión nos abre una vía direttissima” más. Junto a la “direttissima” tras las huellas de Cristo, que es la “direttissima” hacia Dios, se abre la “direttissima” hacia los hombres.
Una paradoja de la Ascensión es que Jesús, alejándose, queda más cerca de nosotros. Un ejemplo nos ayuda a explicar la paradoja. Pintar de rojo una habitación grande, cuando se tiene poco color rojo, parece imposible. Una forma es pintar de rojo la lámpara que alumbra todo el cuarto. Entonces, con poco color, se tiñen todas las paredes. Pues bien, Cristo, con su vida en la carne, ha querido pintar todo el mundo con el rojo del amor. Lo ha hecho llevando su carne a Dios, e iluminando así todo desde su más profundo centro. Lo dice hoy san Pablo: “subió a los cielos para llenarlo todo” (Ef 4,10).
Hoy vosotros experimentáis que Él “lo llena todo”, llena totalmente la vida, y que viviendo en Él podéis ayudar a que Él llene la vida de todos. Por eso ir a Dios no os aleja de los hombres, sino que os acerca a ellos. Si Dios es más íntimo que la intimidad de cada hombre (san Agustín), al tocar a Dios tocáis lo más íntimo de ellos. Vivís para recordarles la transformación a las que le llama Dios en Cristo Jesús. Tenéis a todos los hombres presentes “de manera más íntima en las entrañas de Cristo” (Concilio Vaticano II, Lumen Gentium 46).
Y recordad también el verso bíblico, que se ha interpretado en la espiritualidad como petición a Dios para que nos permita llevarle almas: “Da mihi animas et caetera tolle tibi” (Gén 14,21): “Dame almas, y quédate con todo lo demás”. Lleváis almas a Dios porque los votos de pobreza, castidad y obediencia implican apuntar a Dios como único bien, único amor y único proyecto de todos los hombres.
La Ascensión os abre, por tanto, una escalada en el seguimiento de Cristo, marcada por la urgencia de Dios y la entrega a los hermanos. Para resumirlo puede ayudar otra imagen, tomada esta vez de la aviación. El avión, para despegar, necesita velocidad. Corred, pues, y amad, como pedía san Agustín. Pero esta velocidad no basta para tomar altura. Lo que le hace volar no es sólo la carrera, por muy esforzada que sea, sino también la forma de las alas. Esta forma provoca una diferencia de presiones entre la parte inferior y superior del ala, que succiona hacia arriba al avión. Hoy asumís la forma de la pobreza, castidad, obediencia. Esta forma de vida en comunidad ejercerá en vosotros la succión hacia Dios, al correr vosotros. Los votos son vuestras alas.
Ahora bien, lo esencial queda todavía por decir. Pues quien os eleva, quien os mueve arriba, no son las alas ni tampoco vuestra carrera, sino el aire mismo, símbolo del Espíritu de Cristo. Al subir al cielo, Jesús preparó nuestra humanidad para que pudiera ser succionada, hacia arriba, por su Espíritu. Dejaos succionar por Dios, como por una gravedad al revés. Podréis entonces trazar la “direttissima” que os conduzca a la cumbre y que siembre en toda la Iglesia pasión de amor para seguir subiendo.
