Una antigua invocación al Corazón de Jesús le llama “deseo de los collados eternos”. Es una frase tomada del libro del Génesis (Gén 49,26), cuando Jacob bendice a su hijo José. San Jerónimo la tradujo con sentido mesiánico: Cristo es aquel a quien todas las cosas desean con ardor desde el principio o eternidad de los tiempos. Esto se halla en línea de la traducción que el mismo san Jerónimo hizo de un verso de Ageo, llamando a Cristo “el deseado de todas las naciones” (Ag 2,7).
Además, este que es “el deseado” es también, como se decía de Daniel, “varón de deseos” (Dan 10,11). San Lucas nota cómo Jesús “ardientemente deseó” entregarse por nosotros (cf. Lc 22,15). Y pone de relieve su impaciencia para que viniera fuego a la tierra (Lc 12,49-50).
El grandemente deseado que grandemente desea: el corazón de Jesús se muestra así como lugar donde se cruzan los deseos de los hombres. Vivimos en un tiempo en que el deseo está a la baja. Está a la baja sobre todo ese deseo ardiente que los antiguos llamaban eros, que no referían solo a lo sexual, sino a todo lo que nos eleva hacia lo divino. Se ha definido a nuestro tiempo “la época de las pasiones tristes”, porque predominan las pasiones que se protegen ante el mal. En vez del deseo está la aversión o la fobia, y en vez de la esperanza, el temor. ¿No podrá el Corazón de Cristo devolvernos este deseo de grandeza?
- Para responder, hay que recordar que el deseo no surge por sí solo en el hombre. No es expresión de lo subjetivo y único de cada uno. Si hay deseo es porque se da la atracción de un bien. Como decía santo Tomás de Aquino: “el amor precede al deseo”. El amor se da cuando un bien nos toca y atrae, y entonces surge el deseo por alcanzar ese bien. Tal vez nuestro tiempo haya olvidado esto y haya querido generar el deseo desde lo íntimo. Por eso languidece hoy el deseo, por haberse olvidado de la belleza que lo suscita y atrae.
Pues bien, el Corazón de Cristo es capaz de tocarnos porque percibimos su bondad y belleza, de modo que vuelva a encenderse el deseo. Pero lo que nos toca no es solo algo bello que nos atrae. Los antiguos griegos concebían a Dios como un imán de belleza que lo atrae todo, sin ser él mismo atraído, porque nada necesita. Pero en el cristianismo se da una novedad, pues Dios mismo es atraído por el hombre. Ya no es solo que “el amor precede al deseo”, sino que “el deseo hacia nosotros de Dios (suma bondad y belleza) precede a nuestro deseo por Él”. Nos impacta un amor que nos desea de antemano, porque descubre en nosotros la bondad y la belleza. Nace así nuestro deseo de responder al amor porque “amor saca amor”.
Jesucristo lo dice en su oración sacerdotal: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria” (Jn 17,24). Impresiona que Jesús desee que yo esté con Él. ¿De qué personas deseamos esto profundamente: que esté siempre conmigo? No de muchos. Pues bien, ese es el deseo de Cristo por nosotros, que precede nuestro deseo.
- Cristo, al desearnos, despierta nuestro deseo por Él. Y al unirnos a Cristo aprendemos a desear lo que Él desea. Dicen, en efecto, que el deseo es mimético. Es decir, deseamos las cosas porque otros las desean. Cuando un bien es muy apreciado por otros, se hace precioso también a nuestros ojos. Esta imitación puede causar la envidia, cuando competimos por lo que el otro desea; pero es también la fuerza que nos permite desear juntos la misma cosa y, de este modo, desear la unión que resulta de este deseo compartido. ¿No nace así la amistad, cuando decimos: tú también ves y deseas lo que yo veo y deseo?
Al estar con Cristo, se nos contagia su deseo, que es el deseo de Dios y el deseo de que Dios reine en el mundo, es decir, el deseo de que Dios sea deseado y alcanzado. El Padre Antonio Orbe se quejaba de los que anuncian un Evangelio de segunda o tercera mano. ¿Qué significa esto? Significa, en primer lugar, un Cristo del que no soy amigo directo, sino solo por mediación de otros. Es un Cristo de oídas, y no de conversación. Es también un Cristo barato, como las cosas usadas, que no cuesta mucho, pero que tampoco da mucho, porque no le dejamos entrar hasta el fondo. Y es, sobre todo, un Cristo del que no conozco el origen, como no conozco el origen y la primera historia de las cosas usadas. Es de segunda mano un Cristo si no se muestra en Él el deseo del Padre, que le mueve desde lo más hondo. ¡No anunciemos a Cristo sin poner de relieve, al mismo tiempo, su pasión por Dios! De este modo Él podrá contagiarnos y contagiar a otros su deseo de Dios, que fundamenta nuestra amistad con Él y entre nosotros: desear juntos al único Dios.
Hoy decae, decía antes, el deseo de Dios. No es que se le odie, sino que resulta indiferente: Dios no despierta interés. El poeta cretense Nikos Kazantzakis describe, en su Carta al Greco, un diálogo con su antepasado. Kazantzakis le pide una orden y este, poniéndole la mano en el hombro, le dice: “hijo mío, llega hasta donde puedas”. Entonces el poeta responde que esa orden le llega, sí, al cerebro, pero que no le llega al corazón, que es el lugar del más, de aquello que nos supera. “Dame una orden más difícil, más cretense”. Entonces una voz le grita: “¡Llega hasta donde no puedas!” Cuando se habla tanto, también en la Iglesia, de que al hombre solo hay que pedirle “el bien posible”, el Corazón de Cristo vuelve a poner en nosotros el deseo de ese bien más alto, al que no podemos llegar por nosotros solos.
- Ahora bien, ¿no es esto exagerado? ¿No es locura pedirnos “llegar hasta donde no podemos”? La respuesta está de nuevo en el Corazón de Cristo. Pues en Él no solo se da el deseo de Dios, sino la posibilidad de que ese deseo encuentre a Dios. Cristo ha abierto el camino para que el deseo humano se transforme.
Esto sucede porque todos los deseos del hombre pueden dirigirse a Cristo para, en Él, abrirse hacia Dios. Jesús dijo: “cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí” (Jn 12,32; cf. Jer 31,3). La frase de Jesús puede también traducirse, como lo leía san Agustín: “atraeré a todo hacia mí”. Y lo explicaba así el obispo de Hipona: atraerá a todo lo que somos, sin dejar nada. Atraerá detrás de sí nuestra mente, nuestra vida, y también nuestro cuerpo, hasta los cabellos de nuestra cabeza. Esto significa que el deseo de Cristo es más hondo que mis deseos conscientes, porque se inscribe en mi carne, y desde ahí me empuja para que llegue más allá de mí mismo. Por eso nuestros deseos no tienen que abandonar su humanidad para convertirse en deseo de Dios. San Agustín añade: atraerá a todo género de hombres, según sus diferentes lenguas, edades, clases sociales, artes y profesiones… Ahora, si deseamos con plenitud cada cosa, la deseamos hacia Cristo y, con Cristo, el deseo nos lleva a Dios.
Leía hace poco una entrevista al pintor español Antonio López. López pinta cuadros realistas, que tratan, como él dice, de retratar la vida, mirándola con atención y respeto. Y ahora ha acogido también un encargo de arte religioso, para las puertas de la catedral de Burgos, donde tiene que pintar la cara de Dios. Y este pintor realista lo intenta, porque Dios es real, el fundamento de todo realismo. Confiesa Antonio López que se le está resistiendo el rostro de Dios: “No sé hacerlo bien y estamos luchando muchísimo. Pero saldrá.” La fiesta del Cor Iesu permite concluir esa búsqueda inacabable: “estamos luchando pero saldrá”. Hay esperanza porque a Dios se le desea al desear las pequeñas cosas de la vida. Y también un cocinero, por ejemplo, puede decir con Antonio López: “Se me resiste el gusto de Dios. Estamos luchando muchísimo. Pero saldrá”.
Delante del Corazón de Cristo podemos sentir hoy el tirón de su amor, que nos atrae a sí y al Padre. Ricardo de san Víctor escribió una obra sobre los cuatro grados de la violenta caridad, que describe como una herida progresiva, pero herida salvadora porque empuja hacia Dios. Ante el Corazón de Cristo sentimos su llaga, que tira hacia Dios y, para ello, tira hacia la Cruz de Cristo, hacia su humildad y pequeñez, hacia el amor del hermano…
Pero, ¿no estamos lejos de este deseo? ¿No nos falta esa atracción por la que Cristo atrae todo hacia Él y hacia su Cruz? Es propio del deseo humano poder transformarse. Recordemos lo que san Ignacio de Loyola pedía a quien no tenía deseos de seguir en todo a Cristo: que tenga al menos deseo de deseos. A diferencia de los animales, podemos desear que nuestros deseos se transformen. El Corazón de Cristo, “paciente y de mucha misericordia”, abre un camino de transformación del deseo. Así, el movimiento del deseo no se mide según su satisfacción, que lo cierra en sí mismo; sino según su dilatación, que le permite desear más, hasta desear a Dios mismo. Lo que pedimos hoy al Cor Iesu es, por tanto: que nos de deseo de deseos de conocerle, amarle, seguirle para, con Él, gozar al Padre.
