En estos tiempos inciertos celebramos la fiesta de Cristo Rey. Él tiene en su mano la sociedad y el cosmos. ¿No parece esto difícil de creer hoy? ¿No está el mundo en manos de los poderosos, de los que tienen más dinero y más armas? ¿No ha fracasado Cristo en su intento de traer paz al mundo?
El Evangelio nos presenta el juicio final. De esta forma nos indica el modo en que Cristo es juez del mundo. Él no ha venido a triunfar con dinero, armas o prestigio. ¿Cómo ha vencido, entonces?
Nos pueden ayudar los distintos modos de plantear las negociaciones. Hay algunas en que uno gana porque otro pierde. Se llaman “juegos de suma cero”. Son negociaciones infecundas, sin creatividad. De esta forma la historia no avanza.
Hay otras negociaciones que se llaman “win-win” (en inglés: “gana-gana”), porque en ellas todos salen beneficiados. Ya no veo al otro como un competidor, sino que intento encontrar alianzas y sinergias. La suma ya no es cero, porque hay beneficio para ambas partes.
Ahora bien, en este caso tampoco hay verdadera creatividad que haga avanzar al mundo. Los dos ganan, pero cada uno por separado. No basta la filantropía que saca al otro de la pobreza, pero solo para que cada uno avance por su propio camino. Jesús ha traído otra novedad. ¿De qué se trata?
Él no solo nos pide que ayudemos al pobre, sino que nos hagamos uno con el pobre, como ha hecho Él para enriquecernos. “Lo que hicisteis a uno de estos, mis humildes hermanos, a mí me lo hicisteis”. Ahora vamos más allá del “win-win”, porque ha surgido un “nosotros” común. No gana cada uno por su cuenta, sino que se genera la comunión de quienes ganan juntos. En inglés, ya no es “win-win”, sino “we win” (“nosotros ganamos”). La historia avanza porque se crea una comunión nueva, una comunidad de dar y recibir. No se gana solo en riqueza material sino en riqueza personal.
Esta es la lógica que aparece en las obras de misericordia. Son obras de misericordia que Cristo ha ejercitado por nosotros, para que nosotros podamos ejercitarlas hacia sus humildes hermanos. Tienen un sentido corporal, y desde este sentido corporal se abre un sentido más hondo, espiritual.
“Dar de beber al sediento”. El agua indica el manantial o el origen de donde bebemos y que nos refresca. La sociedad hoy no reconoce un origen en el Creador. Cree que procedemos del azar o de las leyes anónimas de la evolución. Pero, sin manantial, ¿cómo puede ir adelante el río de la historia? Cristo nos ha traído agua porque nos ha revelado nuestro manantial en el Padre bueno. Y también nosotros podemos saciar la sed de nuestros hermanos. Pienso especialmente en los padres de familia, también en los educadores y en todos los que tienen autoridad. Están llamados a revelar a otros el origen bueno de donde viene la vida. Cuando esto sucede la historia avanza, como río desde la fuente. Cuando esto sucede, Cristo reina.
“Dar de comer al hambriento”. ¿Qué es lo que nos sacia? La sociedad consumista gira en el círculo de un deseo que cada vez desea más. Así la historia no avanza. Cristo ha venido a darnos un pan que sacia verdaderamente, cuando nos hacemos un solo cuerpo entre nosotros y con Él. Lo que sacia es la entrega de uno mismo para formar la comunión. Él se ha dado a sí mismo como alimento. Y nos ha dado poder para hacer lo propio. Pienso sobre todo en los esposos que viven uno para el otro entregando la vida. Cuando esto sucede la historia avanza y Cristo reina.
“Vestir al desnudo”. Una fuerza que parece mover la historia es el placer que da el cuerpo, sobre todo en la sexualidad. Pero, cuando se aísla en sí misma, este placer degrada al hombre. Cristo ha venido a vestir al desnudo, devolviendo la dignidad de nuestro cuerpo. Ha revelado que el cuerpo está hecho para el amor, para el don de sí mismo y la acogida del otro. En el Evangelio de hoy el juez dice a los justos: “lo que hiciste a uno de estos mis pequeños hermanos”. Los injustos, sin embargo, son aquellos que solo han visto “a los pequeños”, pero no han descubierto a los hermanos de Jesús. Descubrir en el prójimo al hermano de Cristo es descubrir su dignidad. Ha sido comprado a gran precio, su cuerpo ha sido rescatado, no lo profanes. Cada vez que honramos la dignidad del otro, el cuerpo se abre hacia un misterio más profundo. Y entonces la historia avanza. Y entonces Cristo reina.
“Dar posada al peregrino”. Nuestra sociedad vive sin casa ni familias. Trata, incluso, de redefinir la familia, olvidando lo que experimenta todo niño pequeño: que la familia es precisamente aquel lugar que nos es dado, que no hemos elegido, que nos precede en la acogida y el amor. Cristo ha venido a devolver al hombre la estabilidad de la familia: Dios ha unido a hombre y mujer; que el hombre no separe eso unido por Dios. Y nos pide edificar nuestra familia, lugar donde se da y se recibe. La familia es la primera misericordia que el hombre encuentra al llegar al mundo, y adonde siempre puede regresar. Donde se edifica la familia según el plan del Creador, allí la historia avanza, allí reina Cristo.
“Cuidar al enfermo”. En nuestro corazón hay heridas por las ofensas que nos infligimos unos a otros y que paralizan nuestra historia. Cristo ha venido a traer el perdón de los pecados, que sana las heridas y nos permite seguir caminando. Y Cristo nos invita a perdonarnos unos a otros, cuidando de los enfermos. Donde hay perdón, allí la historia avanza, allí Cristo reina.
“Visitar al preso”. Nuestra sociedad se cree libre y piensa que avanza en sus libertades. Pero son libertades sin meta, basadas solo en la autonomía, como esa “libertad del fugitivo”, siempre en huida, de que hablaba san Agustín. Cristo ha venido a orientar nuestra libertad hacia su grandeza definitiva. Hay libertad donde elegimos el bien verdadero, que está en el amor a los hermanos y a Dios. El Evangelio de hoy aclara que lo que el destino que Dios pensó para los hombres no es el infierno (“preparado para el diablo y sus ángeles”), sino el cielo. Allí donde a los hombres se les propone su meta última en Dios, allí la historia avanza, allí reina Cristo.
Esta es, pues, la ley de la historia. Dar agua, para que el manantial nos propulse. Dar comida, porque en la comunión personal se sacia el deseo. Dar vestido, para que el cuerpo recupere su dignidad y su misterio. Dar hogar, pues la familia es lugar de pertenencia estable y de acción común. Dar medicina, para que el perdón sane las heridas y reabra el futuro. Dar libertad, para que tengamos una meta última, que ya Cristo ha anticipado en el mundo. Es la resurrección, cuya esperanza se contiene en la última obra de misericordia, que la Iglesia ha añadido a las seis del Evangelio de hoy, tomándola del libro de Tobías: “enterrar a los muertos”.
Cristo es Señor de la historia porque ha instaurado en ella la ley del dar y del recibir. La historia no avanza por una negociación “de suma cero”, ni tampoco por un simple “win-win” filantrópico, sino cuando en Cristo se va edificando la Iglesia como un solo cuerpo. Luigi Giusanni, comentando la encíclica Redemptor Hominis de san Juan Pablo II lo expresó eficazmente. “El protagonista de la historia”, dijo, “es un mendigo”. Y añadió una frase que cito retocando un poco: “Cristo que mendiga el corazón del hombre, y el hombre que mendiga el corazón de Cristo”. Cristo reina creando esa comunión que nace del dar y del recibir. La historia es suya, contra toda apariencia. Acojámosle ahora como mendigo, para tener plena confianza luego cuando venga como juez. ¡Larga vida al rey!
