Homilía de la vigilia pascual, 31 de marzo de 2024
“¡No duermas más! Macbeth ha asesinado al sueño, al inocente sueño”. Son versos famosos de la tragedia de Shakespeare. Para usurpar la corona, Macbeth acaba de matar al rey mientras este dormía. Pero al acuchillarle no ha matado sólo a un individuo, sino que ha matado al sueño. Lo ha matado porque Macbeth mismo ya no podrá dormir. Pero también porque a partir de ahora la traición se hará costumbre, y ya nadie dormirá confiado. No ha muerto solo el rey, ha muerto un mundo: ese mundo donde era posible abandonarse al sueño.
Igual que ocurrió con Macbeth sucede hoy: muere un mundo, una cultura, una civilización. Desaparecen claves de la vida común que nos han unido por decenios. Y así, por ejemplo, al constituirse el aborto como derecho, no se mata con él sólo a un ser humano, sino a ese mundo donde se percibe la novedad sagrada de cada nueva vida. Con el aborto mueren la iniciativa y la creatividad. De igual modo la eutanasia mata más que al enfermo. Mata la compasión paciente, para no tener que cuidar del hermano y aceptar el reto de devolverle la esperanza. Y así podríamos seguir describiendo la muerte de nuestro mundo. La fe también es una víctima en la sociedad secularizada. No hemos podido, como quería Nietzsche, matar a Dios, pero hemos matado un mundo habitable por Dios. ¿Cómo seguir unidos entre nosotros? ¿En qué mundo introducir a nuestros hijos?
Hoy, en esta vigilia de Pascua escuchamos también: “¡No duermas más! Cristo ha matado al sueño”. Ya san Agustín decía que es propio del cristiano velar en la noche, porque así nos acostumbramos a la resurrección. Como Macbeth, Cristo ha matado al sueño, pero no al sueño inocente, sino al sueño del aislamiento y la desesperación. Pues el sueño, decían los antiguos, se diferencia de la vigilia en que, cuando dormimos, cada uno se retira a su mundo mientras que, cuando estamos despiertos, habitamos un mundo común. La resurrección de Cristo nos reintegra al mundo común porque resucita su carne, lugar donde formamos una sola familia. Y Cristo da a ese mundo un destino nuevo, en su carne resucitada.
Esta resurrección del mundo se ilustra en el siguiente cuento, inspirado en el escritor italiano Dino Buzzati. En una colina fuera de los muros se alza la leprosería. Los leprosos miran con envidia la ciudad de los sanos. Cuando – rara vez – alguno se cura, se le somete a inspección y, sólo entonces, puede partir con gran gozo. Un día ingresó un joven que no se resignaba a la lepra y ansiaba volver a las diversiones. Se encerró en su habitación para rezar y rezar, esforzándose por ser curado. Ante la admiración de los incrédulos, su carne iba poco a poco limpiándose. Finalmente se encontró sano. ¡Por fin volvería a los placeres de antes! Pero los doctores le descubrieron todavía una mancha: ¡a seguir encerrado! Entonces se dio más rigurosamente a su oración. Y un día, hasta esa pequeña mancha se borró. Se le abrieron las puertas de la leprosería y al fondo se divisaba la deseada ciudad. Entonces el joven se detuvo en el umbral y… ¡no quería marcharse! ¿Qué había sucedido?
Alguno dijo: “Ya sé. Has rezado tanto, te has acercado tanto a Dios, que has perdido el gusto por las cosas de la tierra”. Pero él explicó. Se había acercado a la carne del Resucitado. Y esto no le había hecho perder el deseo de lo terreno, sino que lo había transformado. Primero: había descubierto que su carne era una carne común con los otros leprosos. Jesús, al resucitar en la carne, no resucita como individuo aislado, porque la carne nos hace miembros de una familia. Su resurrección nos descubre que con él resucita nuestra vida juntos. Por eso el hombre sano entendió que su sanación plena pasaba por la sanación de los demás leprosos. Segundo: había descubierto que el destino de la carne no consistía solo en que quedase sana para vivir una vida alegre, que terminaría por acabarse. El destino de su cuerpo se encontraba en asimilarse al cuerpo del Resucitado, lleno de gloria. Así podría superar la muerte y llegar a la plenitud de todos sus sentidos, pues gustaría, oiría, vería al Dios vivo. Por eso eligió vivir en el cuerpo el mismo amor de Jesús, para llevar a toda la leprosería, con Jesús, a Dios.
Así que con Cristo resucita un mundo nuevo con un destino nuevo. Al cambiar el destino cambia todo el mundo, pues el hombre, como decía Julián Marías, es un ser futurizo, es decir, inclinado hacia el futuro, que vive ya en el futuro. Cuéntame tus proyectos y esperanzas y te diré quién eres. Pues bien, si la resurrección es nuestro futuro, nos convertimos en hombres “resucitadizos”, que viven de antemano la plenitud que el Resucitado ya les regala.
“Tanto amó Dios al mundo que entregó a su único Hijo”, leemos en el Evangelio de Juan (Jn 3,16). Esta entrega incluye la resurrección. Tanto amó al mundo que resucitó a su Hijo, para que el mundo llegara a Dios. Tanto amó Dios nuestra carne que la llevó con Él. Tanto amó Dios la “una sola carne” de los esposos que abrió un camino para que juntos podáis llegar a Dios. Tanto amó a vuestros hijos, fruto de vuestra carne, que os regaló el bautismo para que les dierais como destino el destino de Jesús. Tanto amó Dios al mundo que se inventó la vida consagrada, para que el mundo tuviera un signo vivo de su destino en la resurrección.
Esta anticipación del futuro nos da esperanza ante el desastre cultural que vivimos. Pues, aunque el pasado haya muerto, podemos seguir generando un mundo cristiano desde el futuro de Cristo. Asistí hace poco a una tertulia en que se hablaba de la relación entre familia y Dios. Uno de los tertulianos narró cómo había aprendido la oración gracias al clima de oración que sus padres cultivaban en la familia. Enseguida otro, que era misionero en Perú, contó una historia muy diferente. Venía de una familia rota, el padre les había abandonado, nunca rezó en su infancia y como joven andaba perdido con una sola obsesión: surfear en las playas de California, donde vivía. Tuvo entonces la gracia de un encuentro con Cristo que le llevó a la fe. Y, agradecido por haber sido rescatado a pesar de su experiencia familiar, se dijo: “si no has salido de una familia sana, haz que una familia sana salga de ti”. No aprendió de sus padres la fidelidad, ni la oración, pero trabajó por un matrimonio fiel y pudo enseñar a sus hijos a rezar.
Esta historia es un testimonio de la fuerza de la resurrección. Pues rompe esa “pesadilla que se muerde la cola” con que se encuentra quien quiere sanar nuestra cultura. Por ejemplo: “¿Cómo formar familias estables? Educando a los jóvenes al amor estable. ¿Cómo educarles? Formando familias estables.” Este círculo se puede romper porque, aunque no nos haya llegado desde el pasado la experiencia de un amor sano y fuerte, esta experiencia se nos da, en el bautismo, desde el futuro, desde el Resucitado.
Para verlo ayuda entender el modo en que la Iglesia transmite su mensaje por generaciones. Podemos imaginar una carrera de relevos, en que se pasa de uno a otro el testigo. Es una visión algo pobre. Prefiero la de los antiguos griegos que transmitían una antorcha. O, aun mejor, imagino una carrera de relevos en que el testigo es un espejo que el corredor mantiene en alto, para que refleje la luz que viene de delante, de la meta.
Es decir, la tradición es necesaria, pero no para entregar el marco del espejo. ¿Qué más da que sea un marco rococó o clásico o moderno? La clave no es el marco, que es obra nuestra y pasa, sino el cristal que refleja la luz, la luz futura que viene del Resucitado. Además, esta luz crece según el corredor se acerca a ella, de modo que nuestros hijos harán crecer lo que les entregamos. Recordemos lo que veían los mártires crucificados en la novela Quo vadis? y que les sostenía en su dolor. No era tanto el Resucitado, sino “la resurrección”, es decir, veían cómo sus sufrimientos les dirigían hacia Cristo, y esto les sostenía.
¿Cuál es este espejo-testigo que refleja la luz? Cristo nos lo ha dado resumido en la Eucaristía, donde comemos la carne del Resucitado. Pasamos a otros este espejo-testigo cuando vivimos la Eucaristía como plenitud del amor de Dios por el mundo que Él creó. La clave está, pues, en dos sacramentos. Por un lado, la Eucaristía, que nos configura a la carne del Resucitado. Por otro, el matrimonio, que nos confirma que la Eucaristía plenifica el proyecto de Dios sobre el hombre, cuando los creó varón y mujer a su imagen y semejanza como célula primera de la sociedad. Unida al matrimonio la Eucaristía se transmite, no como fuga a un mundo futuro, sino como plenitud del amor de Dios por este nuestro mundo.
Para resumir podría decirse: basta transmitir, como espejo-testigo, el domingo, con la Eucaristía en su centro. Nos cuesta ver esto porque hemos domesticado el domingo, convertido en el día donde la semana desemboca cansinamente: fin de semana. Pero el domingo es el día primero, lleno de vitalidad, porque desde él se enderezan los demás días a su plenitud. Un himno litúrgico habla del domingo evocando el fuego de donde hemos prendido este cirio pascual: “Es domingo. De su hoguera / brilla toda la semana”. Ensayemos, pues, a vivir el domingo hacia delante. En la acción de gracias eucarística agradezcamos por lo que viviremos de lunes a sábado: proyectos, conversaciones, celebraciones, pruebas… Ensayémoslo como ruta hacia el Resucitado. Algunos imaginan el camino cristiano como un viaje de victoria en victoria, olvidando la cruz. Otros se lo imaginan de derrota en derrota hasta la victoria final. En realidad, el camino va de domingo en domingo hasta el domingo final.
“¡No duermas más!” Adéntrate en ese mundo común que ha inaugurado Cristo y que Cristo te invita a edificar juntos. Y como el destino de ese mundo es la resurrección, puede decirse: “¡No mueras más! ¡Cristo ha asesinado a la muerte, a la infecunda muerte!”
