Homilía Discipulada 2025 ¡En María! Ambientes para regeneran lo humano

Homilía Santa Misa Solemnidad de Pentecostés
P. Ignacio de Ribera Martín, dcjm

¿Dónde están los dioses?

Desde el inicio de la humanidad el hombre fue consciente de que era más grande que las demás criaturas, a las que ponía nombre. Pero al mismo tiempo también entendió que había algo o alguien más grande que él. Fueron surgiendo las grandes preguntas religiosas. Al principio, antes de la revelación, las preguntas se hacían en modo todavía muy rudimentario y confuso, pero no por ello desencaminado: ¿quiénes son estos dioses? ¿cuántos son? ¿cuál es su poder? ¿quién es el más fuerte? Surgió también inevitablemente la pregunta de dónde están estos dioses, dónde moran, dónde los podemos encontrar.

Para nosotros es inconcebible pensar que algo existe y que no está en un lugar. Si algo existe, tiene que haber una respuesta a la pregunta de dónde existe, al igual que una respuesta a la pregunta de cuándo existe y qué es. Un niño sabe, sin que nadie se lo diga, que las preguntas del cuándo y el dónde tienen respuesta: si algo existe, tiene que estar en algún sitio. Recuerdo de niño, con seis años, cuando murió mi primer abuelo. Yo preguntaba por él, y mis padres me decían: “se ha ido al cielo”. Y enseguida yo preguntaba: “¿Y dónde está el cielo?”

¿Dónde están los dioses?

Desde que el hombre es hombre surgió rápidamente la intuición de que los dioses no podían habitar en el mismo sitio que nosotros, sino más arriba y más allá (en las montañas, en el cielo…). Y al mismo tiempo que se desarrollaba esta intuición, nació el deseo de que al menos pudieran visitarnos y que pudiéramos salir a su encuentro para complacerlos, apaciguarlos y obtener su favor. ¿Pero dónde encontrarlos? Aparece entonces la idea de los lugares santos y los templos. Los dioses no habitan con nosotros, pero se pasean por algunos lugares que les preparamos nosotros. Construimos nosotros el templo y ellos vienen a él o bajan a él, y allí, deseamos que se detengan. El hombre tuvo un sueño: soñamos que los dioses al menos nos visitarían, les invitamos a venir, construimos lo mejor para ellos. Soñamos con el Emmanuel, un Dios con nosotros.

¿Dónde están los dioses? ¿Bajarán al templo? ¿Responderán a nuestra invitación?

Con la Revelación, como decimos con tanta llanura en castellano, Dios, no nosotros, le ha dado la vuelta a la tortilla. Primero, Dios tuvo que poner los puntos sobre las íes a más de un filósofo, porque nos enseñó que Dios solo podía ser uno. Segundo, nos enseñó que no habitaba arriba, ni más allá, sino que trascendía completamente cualquier espacio y tiempo al ser su Creador: Dios no puede habitar en nada hecho por mano de hombres, ni podía estar en el tiempo y el espacio Aquél que los había creado él mismo. Más bien, el tiempo y el espacio están en él. ¿Cómo tú David, me vas a construir a mí una casa? ¡Yo no quepo en una casa!

Y entonces Dios nos dejó boquiabiertos: ¡la casa os la voy a construir yo! Y Yo voy a construir una casa de carne en la que sí quepo. Gran misterio, como dice la antífona mariana: “En ti (María) se encerró Aquél que no es capaz de abarcar ni siquiera el orbe entero.” Yo, Dios, voy a ser Emmanuel, voy a poner mi tienda entre vosotros, no porque lo queráis vosotros, no porque lo soñéis vosotros, no porque lo deseéis vosotros, ¡sino porque yo os amo con locura! Como le gustaba repetir a San Juan Pablo II, Dios sale al encuentro del hombre. ¡Él sale a nuestro encuentro! ¡Él pone su morada entre nosotros! Podíamos decir que en este sentido el cristianismo no es una religión del hombre, sino la religión de Dios, otra cosa totalmente distinta. Que no nos vendan la moto y confundamos esfuerzos y deseos humanos, por muy nobles y elevados que sean, con lo que solo Dios puede hacer.

Por nuestra condición, no somos próximos de Dios, sino lejanísimos de Él. Como el samaritano bateado por los bandidos, no estamos en su camino, ni de lejos. Pero la gran misericordia del Gran Samaritano que es Dios se muestra en que Jesucristo se encarna y nos sale al paso, o mejor dicho, se desvía para recogernos fuera del camino, haciéndose nuestro próximo. Soñar y desear a Dios es gratis, pero no genera nada: solo Dios puede acercarse a nosotros. La Gran Noticia es que Dios no solo se ha acercado, sino que ha con-descendido hasta la carne, y carne herida por el pecado, para encontrarse con nosotros y tendernos la mano.

¿Dónde está Dios?

En su templo, que es nada menos que el Cuerpo sufrido, muerto y resucitado de su propio Hijo, nuestro Señor Jesucristo. “¿Dónde está Dios?” es ahora un pregunta obsoleta: la gran pregunta es “¿Dónde está Jesucristo?”

¿Y dónde está Jesucristo? ¡Mecachis! ¡Estuvo, pero se fue! ¡Qué bonito mientras duró! Está en el cielo, como mi abuelo, pero el cielo no está aquí… ¿O me estoy perdiendo algo?

La con-descendencia divina es solo la primera parte de la historia de amor de Dios. Ciertamente, ¡cuánto amor nos ha tenido Dios!, ¡cuánta misericordia en su con-descendencia, en su entregar la vida por sus amigos! Pero como dicen los Padres de la Iglesia, la condescendencia es solo una parte, y solo la primera, del “gran negocio” del hombre, del “admirable intercambio”: que Dios se haga hombre. Pero queda la otra parte del intercambio: ¡que el hombre se haga Dios! Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios. Podríamos llamarlo la con-ascendencia: Él ha bajado con nosotros, ha condescendido, para que nosotros subamos con Él, para que nosotros “con-ascendamos” con Él.

El Buen samaritano se ha acercado al hombre herido y lo ha compadecido, sí; pero no lo ha compadecido para quedarse ahí abajo. La compasión que no remonta al hombre, lo entierra. Una mala compasión puede ser, incluso con las mejores intenciones, la puntilla de la muerte. La compasión nunca es un fin, sino un dar la mano para levantar. Los Ejercicios Espirituales de San Ignacio, el conmigo y el por mí de Dios que son la columna vertebral de todas las meditaciones, no se acaban en la tercera semana. Morimos y bajamos con Él, pero también estamos llamados a vivir y a subir con Él.

La Eucaristía no es solo bajada de Dios al hombre, sino subida del hombre a Dios. El Buen Samaritano bajó y nos compadeció, saliéndose del camino, pero lo hizo para llevarnos a la posada, para subirnos a Dios. Un pastor sin compasión no tiene olor de hombre. Y un pastor que se quedara en la compasión, deja al hombre sin el olor de Dios. Si me lo permitís decir así, Dios huele a hombre, por pura misericordia; pero también por pura misericordia el hombre huele a Dios.
No hay amor más grande que dar la vida por los amigos. Y la vida se da no solo con-descendiendo, sino dando la mano para con-ascender. O mejor, la con-descendencia, la entrega de la vida, es el primer acto, pero no el último, de la obra del amor en un mundo de pecado. Dios nos da la vida no solo muriendo por nosotros sino también muestra el amor más grande resucitando por nosotros. La Resurrección es el fin de la Misericordia divina, la expresión máxima del amor más grande.

Jesucristo vino y se fue, ascendió al cielo. Allí está ahora, sentado, como cabeza. Pero nos dejó su Cuerpo y esas monedas con su imagen llagada y resucitada que son los sacramentos y que ha dado al posadero, que es la Iglesia, para sanarnos y para santificarnos. Y nos dejó el Espíritu Santo para que con-ascendamos con Él, para que subamos con Él, y no para quedarnos parados mirando al cielo.

Y entroncamos así de lleno con la celebración de Pentecostés y el lema de esta discipulada. ¿Dónde está Cristo? ¡En María! ¡En María que es figura de la Iglesia! ¡En María que es la llena de gracia y la que ha sido cubierta con la sombra del Espíritu Santo! ¡En María, la Iglesia, que es el Arca de la Alianza, el lugar y la morada y el ambiente donde Cristo vive!

¿Y cómo puede morar Cristo en la Iglesia, en María, si se ha ido? ¡Porque mora en ella por medio del Espíritu Santo!

Éstos son los regalos del Resucitado: una morada, un Corazón y una Madre nueva que es la Iglesia y que es María; y un fuego, un viento, un espíritu nuevo que es el Espíritu Santo. “Un corazón nuevo y un espíritu nuevo.” ¡Dios ha cumplido la Gran promesa que nos hizo por medio de los profetas! Cierto, Cristo se va a prepararnos la morada cumplida, pero nos deja a la Madre (“Ahí tienes a tu Hijo”) y a su Espíritu (“Recibid el Espíritu Santo”). Nos deja el inicio de la morada y Su morador: Una morada, María, la Iglesia. Y un morador, su Espíritu Santo, el dulce huésped del alma.
Cristo Resucitado nos ha regalado morada y morador. Y estos regalos nos llegan a través de los Sacramentos.

¡Gracias Señor!

Hemos recorrido gozosos esta mañana la morada y el ambiente que es María, figura de la Iglesia, gracias a la luminosa y jugosa ponencia del P. José está mañana. Yo creo que de María ya no queda por decir nada, salvo las herejías, por lo que mejor me centro ahora en el Morador: el Espíritu Santo.
María es morada porque tiene Morador. Una casa sin habitantes no es un hogar ni un ambiente. Cuando murió mi abuela, que ya era viuda, hace un par de años, entré un momento en su casa y experimenté que sin mis abuelos ya no era un hogar, sino un mero inmueble. La Iglesia es hogar y ambiente porque el ella mora y regurgita el Espíritu Santo, “Señor y dador de vida,” a través de los Sacramentos. Sin él, todo son huesos secos, todo está muerto. Sin Él, la Iglesia es una institución más. Pero animados con el Espíritu Santo, nuestros ambientes están llenos de vida y fecundidad. Como nos dice el Salmo, “Si retiras el Espíritu, toda criatura muere y vuelve al polvo, pero si envías tu Espíritu le das vida y renuevas la faz de la tierra”.

En Pentecostés, Dios nos regala su Espíritu, “nos llena de Él”, nos vivifica con él. Jesús, como hemos escuchado en el Evangelio, se nos presenta y nos da la paz, nos muestra sus manos y el costado de donde mana el Espíritu que se nos regala, sopla sobre nosotros y nos dice: “Recibid el Espíritu Santo.”

“Donde hay caridad y amor, allí está el Señor”. El Espíritu Santo es la Caridad en Persona, y donde él mora, allí está el Señor. Y el Señor está en María. Podríamos parafrasear la canción y decir ahora: “Donde hay Espíritu Santo, allí está Cristo. Y Cristo está en María.” María, la Iglesia, está esposada con el Espíritu Santo. En ella Cristo nos entrega su Espíritu. Y así, en María, la nueva Eva, se renueva la faz de todo lo creado y nacen de sus entrañas, por obra del Espíritu Santo que la cubre con su sombra, los cielos nuevos y la tierra nueva: la Casa del Padre.

¿Dónde están los dioses?

¿Dónde está Dios?

¿Dónde está Jesucristo?

No busques a Dios en lugares ya construidos por mano de hombre; ¡que eso es lo fácil! ¡Y, además, los templos paganos están obsoletos! Sino preocúpate de generarlos. Con su gracia, desde la Eucaristía, sé tú mismo y tu familia fuente como el Padre celestial es fuente; y entonces sabrás dónde está Dios.

Y para ello, invita a María a tu boda, a tu familia, a tu trabajo, a tu tiempo, a tu ocio, a tus amistades, a tus deportes, a tu salón, a tus vacaciones, a todas y cada una de tus relaciones; conságrale todo a ella, no te guardes nada, que toda tu vida sea en ella. Y, con ella, nunca te faltará el nuevo vino del Espíritu de Cristo. Porque este vino habla todos los idiomas de lo auténticamente humano, como el aceite de oliva adereza todas las ensaladas. Después de la Encarnación y la Resurrección, la distinción ya no está entre lo humano y lo divino, entre lo material y lo espiritual; sino entre lo humano en María ungido por el Espíritu Santo, que es el Hombre Nuevo de Cristo Resucitado, y lo humano sin María y sin Espíritu, que es el hombre muerto.

¿Estás vivo o estás muerto?

Vive toda tu vida en María bajo la sombra del Espíritu Santo, y así encontrarás a Dios en todas las cosas y a todas las cosas en Él.
¿Dónde está Cristo?
En María,
– ¡Cristo!
Por Cristo,
– ¡al Padre!

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