Pentecostes, Discipulada 2026

Nos encontramos de nuevo en este convento dominico de Villaescusa de Haro. El año pasado nos fijábamos en el ambiente que evoca este templo, hoy restaurado, pero conservando las heridas de sus antiguas grietas. ¿Cómo regenerar los ambientes cristianos y humanos del mundo? La presencia de María, ambiente donde se recrea lo humano, nos iluminaba en esta tarea.

Hoy continuamos este camino. Pues los ambientes que recuerda este monasterio no solo albergaron vidas, sino que instilaron una pasión aventurera en el corazón de los hombres. De aquí, y del pueblo cercano de Belmonte, salieron misioneros para América, capaces de expandir la cultura a tierras nuevas.

Eran tiempos en que, como recuerda Quevedo, “nadie contaba cuánta edad vivía sino de qué manera”, hasta el punto de preferir “honrada muerte” a “larga vida”. Se puede decir de aquellos exploradores lo que se cuenta de los pioneros que expandían hacia el Pacífico las fronteras de Estados Unidos. Cuando morían, si llegaban al cielo, lo admiraban todo con cierta prisa para añadir, enseguida: “¿dónde está el Oeste?”

Esperanza para tiempos miedosos

Los tiempos son distintos hoy, gobernados por las “pasiones tristes”, entre las que destaca el miedo que paraliza o la indignación que se agita sin edificar. Son emociones que definen nuestro estado interior y también nuestra vida social. Un artículo del periódico El Mundo describía nuestro tiempo como de Apocalipsis permanente: guerras, virus, crisis económicas… Y añadía que, en este contexto, la esperanza resulta contracultural.

Esto es grave, porque el hombre vive tendido al futuro, hasta el punto de definirse desde sus proyectos. Anticipamos continuamente el porvenir, que cubre ya con su luz o su sombra nuestra vida. El filósofo Hobbes decía que el hombre, a diferencia de los animales, no se sacia cuando se sacia su hambre, pues está también “hambriento de su hambre futura”, es decir, del hambre que proyecta. Se debe añadir que el hombre está alegre de su alegría futura, y que goza ya la víspera como día de fiesta.

Esta alegría anticipada es el tono de la existencia creyente. Si, como decía Chesterton, hoy es la Iglesia la que defiende lo humano; y si hoy es la Iglesia quien defiende la razón frente al pensamiento débil; ¿puede hoy la Iglesia ser el lugar donde el futuro se ha refugiado? Así puede leerse la invitación del Papa León a “alzar la mirada”, lema de su próxima visita a España. Con esta frase del Evangelio de Juan Jesús invita a alzar la mirada a la mies abundante que el Padre ha hecho germinar.

¿Cómo conocer la relación entre la fe cristiana y el futuro? Un elemento clave consiste en atender al Espíritu Santo y al crisma que nos lo comunica. Pues el Espíritu es la vertiente futura de Dios, y por eso le rogamos: “¡Ven!” Jugando un poco podemos decir: si el Padre es memoria, por ser origen primero de dones; y el Hijo, por ser Palabra, es Promesa que unifica los distintos presentes; entonces el Espíritu es la vertiente futura de Dios, su fecundidad y desbordamiento, su “más”. Le invocamos como Espíritu Creador (“Veni Creator Spiritus!”), pues a Él corresponde perfeccionar lo creado y hacerlo llegar hasta su plenitud desbordante.

Preside esta sala un icono del P. Ioan Gotia che ilustra el lema de esta discipulada: “El crisma que recrea el mundo”. La mano de Cristo, llagada, aparece derramando el óleo, que es a la vez fuego. Desciende, por tanto, de sus heridas, de su corazón abierto. Cae sobre una familia, lugar de fecundidad, que representa así el futuro del mundo y de la Iglesia. Allí donde el crisma llega, todo se colorea, pues el crisma comunica luz y vida. Ante el porvenir gris de nuestra época el cristiano posee una fuerza renovadora, que transforma la realidad entera hacia su plenitud. Explorémosla.

1. El Espíritu: su rostro y su relato

En la Biblia, el Espíritu Santo es factor de futuro. Ya cuando se agitaba sobre las aguas (Gén 1,2), el término hebreo usado evoca a un ave que incuba a sus polluelos, para que crezcan a la vida. Es el Espíritu que, como confesamos en el Credo, habló por los profetas, porque su especialidad es el porvenir. Él es prenda de nuestra herencia, primicia del reino (2Cor 5,5) que gime con dolores de parto (Rom 8,22) y nos anuncia lo que está por llegar (Jn 16,13).

Tenemos una imagen de esta fecundidad del Espíritu en el árbol de Jesé (Is 11,1). El patriarca aparece dormido y de él nacen sus descendientes, de novedad en novedad, hasta llegar a Cristo. Ahora bien, aquí no termina la serie, porque sobre Cristo descansa el Espíritu Santo, de siete dones (cf. Is 11,2-3). La fecundidad se completa con el Espíritu, como si este trajera el nacimiento definitivo de Cristo. Pues, al llegar el Espíritu, el nacimiento de Cristo se puede ahora transmitir a todos los hombres, recreando el mundo.

Nos resulta difícil relacionarnos con el Espíritu porque toda relación personal requiere imaginar un rostro, y el Espíritu no tiene rostro claro. Es verdad que a veces el Espíritu ha aparecido en el arte como una persona más junto a Padre e Hijo, como en el icono de la Trinidad de Rublev. Y es verdad que en algunas ocasiones se le ha representado como niño, porque el Espíritu es la fecundidad de Dios. Pero lo normal es que aparezca como paloma, fuego o viento y, por tanto, sin rostro personal.

Ahora bien, si no podemos representar el rostro del Espíritu, sí que podemos narrar su relato. Y, si hay relato, si hay origen y proyecto, ya hay de algún modo rostro, porque el rostro hace visible la vocación personal. El Espíritu, veremos, aunque no tenga rostro, es aquel que hace que todo rostro no sea solo una máscara, sino verdadero rostro.

¿Y cuál es este relato del Espíritu? Lo narra la Biblia y lo recoge la confesión del Credo. El Espíritu tiene origen, al proceder del Padre y del Hijo; tiene camino, pues se dedicó a reunir al pueblo de Israel en unidad entre sí y con Dios; tiene destino, pues dirige la historia hacia su superación dentro del “más” de Dios.

1.1. Procede del Padre y del Hijo: el Espíritu es don y nos permite ver los dones

En el Credo decimos que el Espíritu procede del Padre y del Hijo. El Hijo procede solo del Padre, porque es generado por Él. El Espíritu procede de los dos, porque no es hijo, sino que es don. Él no nace como nace un hijo, recogiendo el ser del padre, sino que nace como nace un don, una relación, un amor. Y para que haya don, relación o amor son precisas dos personas. No hay don sin alguien que lo de y alguien que lo reciba. Si el don no se recibe, no es don. Y recibir no es en modo alguno pasivo, sino activo, como es activa la hospitalidad de quien acoge a alguien en casa. Padre e Hijo, como enseña la tradición, expiran juntos el Espíritu, con primacía del Padre, origen primero del don.

Además, este don entre Padre e Hijo no se encierra solo en ellos, sino que se desborda más allá. El Espíritu abre el círculo de amor de Padre e Hijo, de modo que el amor trinitario está abierto y se difunde. Esta apertura en el Espíritu explica por qué Dios quiso crear, es decir, difundir su amor más allá de sí mismo. El Espíritu recibe el nombre de “don” porque en Él Dios se abre y se dona al mundo. Por eso, el Espíritu no es un don más entre muchos otros dones. No, Él es ese don que nos permite entender que todo es don del Creador. El Espíritu se derrama en nuestro corazón y nos abre al don de Dios (cf. Rom 5,5). Es decir, el Espíritu nos permite acogerlo todo como un don y, de este modo, colaborar en la obra creadora, pues solo al acoger el don éste se convierte realmente en don.

¿Qué nos dice esto sobre el rostro del Espíritu? Ves el rostro del Espíritu cuando ves cualquier rostro (el de tu mujer, tu marido, tu hijo, tu amigo…) como alguien que se te dona y se te confía. Ves al Espíritu cuando aprendes a ver a alguien como confiado a ti por Dios. Él pone color al rostro, el color del don. Nos regala una forma de mirar que conlleva una forma de acoger, de proteger, de fomentar. Diadoco de Fótico usa una hermosa imagen: el Espíritu, que en hebreo es femenino, es como una madre que enseña a su hijo a decir “papá”, “Abbá”.

Notemos que, si el Espíritu enseña a ver el don, entonces el Espíritu no está solo en el rostro que veo, sino también en mi rostro cuando miro. Pues un rostro cambia cuando reconoce el don. Lo vemos en el cuadro El despertar de la conciencia de William Holman Hunt. Allí una mujer reconoce una luz que revela las acciones de ella, convocándola a una vida mejor. ¿Será esta mujer capaz de seguir esa luz, que es la luz del amor?

La película La vida de los otros cuenta la historia de un agente de la Stasi, Gerd Wiesler, que ha de espiar a Georg Dreyman, famoso escritor en la Alemania soviética. Pero el espía, en vez de acusar al escritor, le salva, arriesgando su propia vida. Tras la caída del muro este escritor descubre, mirando los archivos, que un agente, del que solo conoce el identificador operativo, le ha salvado la vida. Y le dedica el libro, poniendo en la dedicatoria: “Para HGW XX/7”. La escena final muestra al espía Gerd comprando el libro de Georg. Ve la dedicatoria con sorpresa y, cuando la vendedora le pregunta si es para regalo, él responde: “Es para mí”. No es para él solo porque lo vaya a usar y disfrutar, sino porque en efecto alguien se lo ha dedicado. Es un libro-regalo, pero un regalo que se le hace a él. Y el regalo no es solo ese ejemplar de la obra, sino el libro mismo, que incluye todos los ejemplares. La acción del Espíritu en nuestra vida nos ayuda, de modo similar, a mirar a cada realidad diciendo: “¡es para mí!” Es un don que viene del Creador del mundo, el cual, en lo que nos regala, se regala a sí mismo.

1.2. El Espíritu es comunión, porque el don crea una relación de amor

Junto al nombre de “don”, el Espíritu tiene como nombres amor y comunión. Cuando se recibe un don, algo nuevo se crea: se crea una relación entre quien dona y quien recibe. Por eso no queremos recibir dones de desconocidos, pues se creará un vínculo que puede ser cadena, como dicen los portugueses para agradecer: “obrigado”.

El Espíritu es, entonces, vínculo de unidad entre el Padre y el Hijo. Es el Espíritu el que hace de los dos uno. El Espíritu es quien crea el “nosotros”, pues “nosotros” no es solo el plural de “yo”, sino el encuentro de un “yo” y un “tú”, vinculados por un amor común.

La historia del Espíritu nos narra cómo Él teje poco a poco unidad entre los hombres. La alianza es posible porque actúa el Espíritu. Solemos pensar en el Espíritu como algo elevado, etéreo, pero la Biblia lo percibe más bien como factor de unidad y comunión. Así, el Espíritu nuevo da un corazón nuevo para vivir una nueva alianza. Y el Espíritu asocia las generaciones entre sí, como sucede a Elías con su sucesor Eliseo, que recibe dos tercios de su Espíritu.

¿Qué quiere decir esto para imaginar el rostro del Espíritu? El rostro del Espíritu aparece cuando descubrimos unidad de rostros. Sucede cuando vemos la huella que un rostro deja en otro rostro, o cuando vemos que dos rostros se funden, pues comparten proyecto. Marido y mujer comparten rostro, o forman el nuevo rostro de una familia. Percibimos esto en el cuadro de Rembrandt “El matrimonio de Isaac y Rebeca”, donde los rostros de los esposos adquieren expresión similar. No están relacionados genéticamente, pero están relacionados proyectivamente, y el rostro es también imagen del proyecto vital. La cosa sucede también entre padres e hijos, o entre hermanos. Pensemos en el icono oriental de la Virgen de la ternura, donde se funden el rostro de Madre e Hijo. En realidad, esta unidad de rostros sucede siempre que una amistad liga en un bien común.

En suma, el “nosotros” tiene también rostro, y vemos al Espíritu cuando percibimos este “nosotros”. Se ha dicho del Espíritu que Él, a diferencia de Cristo, no es “una persona en dos naturalezas”, sino más bien “una persona en muchas personas”. Podemos completarlo: es “un rostro en muchos rostros”.

1.3. El Espíritu despliega el “más” de Dios

Siendo comunión del Padre y el Hijo, el Espíritu es aquel que abre a Dios más allá de sí mismo, porque la amistad tiende a difundirse. El vínculo entre Padre e Hijo es a su vez una persona. Esto implica que este vínculo no es estrecho y cerrado, no es una autoproyección de Padre e Hijo, sino que les lanza más allá de sí.

En el Espíritu, el Padre y el Hijo viven el crecimiento del don mutuo, que se convierte también en crecimiento hacia fuera, en misión. Y el Padre envía al Hijo y envía al Espíritu de su Hijo (Gál 4,4-6). Podemos decir que el Espíritu es la capacidad que tiene Dios de dilatarse, de renovarse continuamente, como dice Dante, al describir la creación: “en más amor se abrió el amor primero” (cf. Paradiso XIV, 28).

De ahí la capacidad del Espíritu de ser profecía, iluminando el futuro. Y de dar fortaleza para afrontar ese futuro, al poder anticipar la compañía que nos sostendrá y la grandeza a que nos convoca. Por eso dice el salmo que Dios, al enviar el Espíritu, “renueva la faz de la tierra” (Sal 104,30).

¿Y qué rostro del Espíritu se deriva de aquí? Vemos al Espíritu cuando en un rostro vemos lo que la persona está llamada a ser, es decir, cuando vemos su vocación última. El Espíritu pone en un rostro la sorpresa, la determinación para arrostrar las dificultades, la generosidad para llegar más lejos, el deseo de ver más allá de uno mismo. Pensemos en el cuadro de Eugène Burnand que representa a Pedro y Juan corriendo ilusionados al sepulcro.

Recordamos que el artista, según Vladimir Solovyev, es quien pinta lo que las cosas están llamadas a ser. Podríamos decir que el Espíritu hace del rostro un boceto, porque el boceto está inacabado y mira al porvenir. Hay un pasaje de la novela “Doctor Zhivago” de Pasternak, en donde el protagonista descubre, que su mujer, Tonia, está embarazada, y lo descubre antes de que Tonia se lo diga. Así lo explica Zhivago: “El rostro de una mujer cambia en esos momentos. No es que se vuelva menos atractiva, sino que su aspecto ya no está del todo bajo su control. Ahora la domina el futuro que lleva en su interior; ya no está sola.” Esta esperanza en el rostro viene del toque del Espíritu.

Hemos visto que el Espíritu nos muestra cualidades de otro rostro: un rostro donado, un rostro común, un rostro futuro. Todo esto implica que el Espíritu está, no solo en el rostro que vemos, sino también en el rostro que mira, para enseñarle a mirar hondamente. El Espíritu nos enseña a reconocer un rostro y para ello tiene que tocar nuestro rostro y plasmarse en nuestra mirada.

Recordemos la conversación entre Serafín de Sarov y un discípulo suyo. Serafín invita a su discípulo: “mírame, pues estamos los dos en el Espíritu de Dios”. Su discípulo replica: “No puedo mirar, Padre, pues tus ojos llamean como relámpagos. Tu rostro se ha hecho más brillante que el sol…” Y Serafín le responde: “No te alarmes. Ahora eres tú igual de brillante que yo. Si no, no serías capaz de mirarme”.

Desde esta visión del Espíritu, que es comunión que se desborda y genera más allá de sí, nos acercamos a la Confirmación.

2. La Confirmación, sacramento generativo

La Confirmación es un sacramento que nos llena del Espíritu de fortaleza, esencial en estos tiempos miedosos. El nexo entre Espíritu y poder o fuerza es frecuente en la Biblia. Ya el profeta Miqueas había hecho tal conexión: “Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza, del Espíritu del Señor, de justicia y de valor…” (Miq 3,8). San Pablo insiste en ella: “no se nos dio un espíritu de cobardía para recaer en el temor” (2Tim 1,7). “Porque nuestro evangelio no llegó a vosotros sólo con palabras, sino también con poder, con el Espíritu Santo y con plena convicción” (1Tes 1,5).

Es importante entender este crisma que nos llenó con su fuerza cuando fuimos confirmados. Este Espíritu no se despliega solo en nosotros, sino que alcanza a todas nuestras relaciones. Pues la confirmación no nos toca de forma aislada, sino juntos, para dar fuerza a nuestra vida juntos. Los Padres decían “cuida tu sello”, refiriéndose al bautismo, pero la confirmación nos imprime asimismo un carácter o sello. De aquí brota una exhortación que puede referirse a toda la Iglesia, a toda nuestra comunidad de Discípulos: “cuida tu sello”. O, con san Pablo: “reenciende el don de Dios que hay en ti…” (2Tim 1,6).

Si damos vigor a un sacramento, estamos realizando el cambio fecundo en la Iglesia, y más fecundo que todos nuestros esfuerzos y planes, porque los sacramentos son potencia de Dios que genera Iglesia desde Él. Reavivar nuestros esfuerzos es dirigir aquí o allí el agua, pero reavivar un sacramento es encontrar nuevo manantial.

Empezaremos viendo cómo se articulan estos dos sacramentos del Espíritu: bautismo y confirmación.

2.1. Bautismo y Confirmación: dos donaciones del Espíritu

San Agustín interpretó los siete dones del Espíritu como una escalera por la que poco a poco se sube hasta Dios. Se empieza por el don primero de temor hasta el don de sabiduría, con que nos unimos a Él y le gustamos o saboreamos.

¿Qué diferencia al Espíritu que se nos da en el bautismo del Espíritu que se nos da en la Confirmación?

Aclaremos primero que la Confirmación no consiste en acoger el bautismo conscientemente, para completar lo que recibimos de niños. Esta era la interpretación de Calvino que la Iglesia católica rechazó. En la confirmación hay un don nuevo, un don que nos toca y transforma y que necesitamos para la plena semejanza con Dios.

El don del bautismo es don de infancia. Consiste en aprender a recibir. Y este don nos acompaña toda la vida, porque siempre recibimos de Dios y es preciso acoger cada día sus dones. En el bautismo se nos regala una potencia del Espíritu: la potencia de recibir sus regalos. Pues tal cual somos, no seríamos capaces de que Dios nos donase tanto. El bautismo nos regala un corazón capaz de agrandarse para que quepan en él los regalos que Dios nos reparte.

Así que el bautismo nos permite continuamente nacer, ser engendrados a dones más grandes. Desde el bautismo cada momento de la vida es un nacimiento, que es una puerta estrecha, porque el Señor nos va agrandando y la puerta se nos queda pequeña, como cuando somos dados a luz. En el bautismo, el Espíritu aparece según las claves que acabamos de dar: un don, una comunión, un fruto. Más en concreto: es don que recibimos; es comunión que nos acoge; es el fruto de agrandarnos para acoger esos dones mejores que cada don prepara.

¿Qué es entonces la confirmación? Si el bautismo habla de infancia, porque es un don que nos acompaña desde pequeños, la confirmación es el don propio del adulto. La tradición ha unido la confirmación a lo robusto, a la madurez, a la fuerza. Pero, ¿qué quiere decir esta fuerza propia del adulto?

Podríamos pensar que el adulto es el independiente, el que puede obrar desde sí mismo. Esto corresponde a una visión de las edades de la vida en que empezamos débiles, nos vamos fortaleciendo y luego declinan otra vez las fuerzas. Pero existen otras formas de mirar las edades vitales. Podemos mirar las edades de la vida, no desde el individuo y su arco vital, sino desde las relaciones y su ciclo vital: primeros somos hijos, luego padres, luego abuelos.

Entonces, propio de la edad adulta no es la fuerza que nos hace independientes, sino la fuerza que nos permite comunicar a otros lo recibido. Propio del adulto es que ya no solo recibe para sí, sino que recibe para poder dar. Nunca escapamos de la lógica del don que recibe y da, porque esa es la lógica del amor y es la lógica de nuestra vocación y plenitud. De hecho, esta es la forma en que el adulto devuelve la vida a sus padres: dando vida a otros que vienen tras él.

Pues bien, Dios ha querido hacernos semejantes a Él de modo que seamos también capaces de ser fuente para otros. Él quiere que no seamos solo receptivos, sino que también comuniquemos y rebosemos de los dones que Dios nos comunica. Desde este punto de vista llamamos al Espíritu Creador (“Veni, Creator Spiritu”). El Espíritu es Creador, no como origen (eso toca al Padre), ni como impresión de orden y belleza en el cosmos (lo que corresponde al Hijo, Palabra de Dios), sino como aquel que lleva la creatura a una perfección que la desborda. Esa perfección consiste en ser perfectos, como nuestro Padre es perfecto. Es decir, esa perfección consiste en hacernos padres.

Entendemos así mejor el fruto de la confirmación. Consiste en recibir el Espíritu para ser nosotros fuente de Espíritu. Es el don perfecto que con el cual nos hacemos también generativos. Pues no poseemos plenamente una forma de vida hasta que no somos capaces de transmitir esa forma de vida a otros. No poseemos plenamente una verdad hasta que no podemos enseñarla a otros como maestros.

La teología clásica ha distinguido entre la gracia que nos santifica y la gracia que recibimos para otros. Pues bien, la gracia de la confirmación es gracia que nos santifica y que a la vez nos capacita para desbordar esa gracia a otros. Es gracia que toca nuestra identidad, y lo hace en cuanto que nos desbordamos y nos hacemos padres.

La imposición de manos de la Confirmación expresa bien esta comunicación del don para que lo comuniquemos. Son manos que tocan la cabeza, en un modo parecido al que se realiza en la ordenación sacerdotal. Como el sacerdote se conforma a Cristo cabeza para llevar al hombre la Eucaristía, la confirmación conforma a Cristo que genera un nuevo orden de comunión para los hombres, y lanza a los hombres a edificar ese orden, que es el orden del Reino de Dios.

San Buenaventura escribe que el signo de la cruz sobre la frente se nos da para predicar con libertad el Evangelio, de forma que nuestra frente no enrojezca ni se avergüence de la cruz de Cristo. Pues las palabras “recibe por esta señal el don del Espíritu” recuerdan lo que los primeros cristianos llamaban el “sello”, y que es la cruz. Se trata de un tatuaje que nos distingue ante el mundo, quitándonos el miedo a aparecer como cristianos.

2.2. El Espíritu para recrear la Iglesia

Por tanto, el don del crisma nos hace capaces de edificar la Iglesia. Y esta edificación se realiza por los sacramentos. Podemos ver cómo la confirmación potencia nuestro modo de vivir los sacramentos.

La confirmación nos permite, en primer lugar, vivir más la Eucaristía. Quien está confirmado vive esa dimensión de la Eucaristía por la cual la Eucaristía transforma el mundo, recreándolo. Vive ahora ese aspecto por el cual la Eucaristía es sacrificio que eleva el mundo hacia Dios. En la celebración de la Eucaristía el sacerdote impone sus manos sobre los dones, invocando el descenso del Espíritu y, después de la consagración, pide que el Espíritu haga de nosotros un solo cuerpo y Espíritu. Entonces, el Espíritu participa en la transformación del pan y vino en la carne y sangre de Jesús. Al ser bautizados, en cada Eucaristía el Espíritu nos transforma para que seamos cuerpo y sangre de Cristo. A su vez, al ser confirmados, nos transforma para que participemos de su fuerza y edifiquemos su cuerpo, que es la Iglesia.

También los distintos estados de vida en la Iglesia son tocados desde la confirmación. La confirmación rompe la familia moderna o burguesa, lanzando el matrimonio a un fruto que lo supera. El vínculo que une a los esposos está bautizado y también confirmado. No es solo que cada esposo está confirmado, sino que su unión está confirmada y, por tanto, está llamada a crecer y expandirse, dando cobijo a otros. Esto sucede ya en los hijos, que se generan para ser regenerados por el bautismo y conducidos a Dios. Pero sucede también con la familia cuando se abre a otras familias, a la sociedad, a la Iglesia.

Este sello de la confirmación transforma asimismo la vida consagrada, pues le da su vertiente misionera, como signo para recordar a todos los hombres la radicalidad de Cristo. Es decir, la vida consagrada vive en plenitud la consagración del bautismo al identificarse con Cristo virgen, pobre y obediente; pero vive también la plenitud de la Confirmación, al atraer a todos los hombres a la plenitud de Cristo. El consagrado se imanta en Cristo para imantar a todos los hombres hacia Dios. Su vida se oculta, pero se oculta en la Iglesia, para hacerla signo de la belleza plena de Cristo, que atrae a los hombres a Ella.

Y también el sacerdote vive desde su confirmación, que le permite ser padre y entregar su cuerpo “para la vida del mundo” (Jn 6,51). Gracias a la confirmación, el sacerdote entiende y vive que, aun cuando el sacramento suceda por la fuerza de Cristo, la gracia quiere también su mediación humana paterna para llegar a los hombres y generarlos para Dios.

También los sacramentos llamados de sanación se viven de otro modo cuando estamos confirmados, pues recibimos la fortaleza para enfrentarnos a ese mal que amenaza con esterilizarnos. La penitencia la vivimos, no solo como contrición por el pecado propio, sino también como pena por nuestra esterilidad y por lo que dejamos de transmitir. Y la satisfacción por nuestros pecados ya no solo repara el mal que hicimos, sino que nos lanza a reparar para otros, restaurando nuestra capacidad de transmitir vida.

La unción de enfermos también se ve tocada por la confirmación. Pues desde el crisma vivimos el dolor como testimonio, para que otros aprendan el sentido del dolor. Es un dolor fecundo, para llevar a muchos hijos a la gloria. El dolor se hace dolor de parto para beneficiar a aquellos que Dios nos ha encomendado. Recordamos a los mártires que, en su martirio, convirtieron a otros. El primero fue Jesús, pues tras expirar el centurión exclamó: “este es el Hijo de Dios” (Mc 15,39) y el gentío regresó a Jerusalén dándose golpes de pecho (Lc 23,48). Así murió san Esteban, el protomártir, con Saulo de Tarso guardando los vestidos de quienes le apedreaban (Hch 7,58).

2.3. Espíritu que enciende nuestro afecto

Como signo de la confirmación tenemos también el aceite que unge. Gracias a él se dinamizan los músculos y se propaga un buen perfume. Es símbolo del Espíritu que penetra todo el cuerpo para ajustar sus miembros. Pensamos en la Iglesia, que es cuerpo de Cristo y que es también casa que se llena del perfume de Cristo, como la de Betania tras la unción por María. Es interesante aquí una distinción que hace Fray Luis de León en De los nombres de Cristo, entre la unción que llega a lo hondo, relaja y dinamiza; y el simple barniz que reluce por fuera pero no toca lo íntimo, no modela las relaciones, no transforma ni edifica la Iglesia. Desde este punto de vista ha hablado santo Tomás de Aquino del “instinto del Espíritu Santo”, que es un instinto de Dios y un instinto de santidad, que habita en el corazón del hombre.

Así, el Espíritu se asocia con el corazón de Cristo. En primer lugar, porque el crisma brota también de su corazón abierto; y, en segundo lugar, porque el crisma llega a nuestros corazones. Esto es así porque el corazón es el lugar del amor y de las relaciones, y el Espíritu es el amor mismo. El fuego que arde en el corazón de Jesús se nos comunica luego a nosotros, como fuego que enciende otros fuegos. Esto significa que el Espíritu toca nuestros afectos y los modela.

Si el Espíritu del bautismo se asocia a la fe, en la confirmación queda unido a la esperanza y, de este modo, se acerca a la constelación de la fortaleza. Recordemos cómo Tertuliano llama al Espíritu “entrenador” (xystarches) de los mártires (Ad mart. III 3), mientras que Dios Padre es el presidente del club. El Espíritu toca nuestro corazón para que se dilate y se lance más allá de sí hasta alcanzar los bienes más arduos.

Esto es así porque la capacidad de transmitir vida a otros, de agrandar la vida de otros, requiere que llevemos en nosotros la herida propia del padre y de la madre. Estos llevan una herida porque están llamados a dejar ir al hijo, a abrirle un camino que les supera a ambos. Necesitan singular fortaleza porque engendran a alguien que les superará a los dos.

Hoy vivimos los afectos como el viento que nos mueve de un lado para otro, de modo que somos manipulados socialmente. Pero el afecto, si se vive desde el don personal de sí mismo, fortalece al sujeto y nos hace responsable de nuestra propia acción. Propio de la virtud es precisamente ordenar el afecto para que se dirija a una plenitud personal dentro de una comunión. Pues bien, el Espíritu infunde el amor de Dios que ordena todos los afectos para que luchen por el bien común y dirijan ese bien hacia Dios. La magnanimidad, por ejemplo, que es, según Josef Pieper, la búsqueda de lo mejor o más grande, es necesaria para generar, porque lo más grande es transmitir a otros nuestra vida, pudiendo decir lo que dijo Héctor a su hijo Astyanax, cuando lo acogió como bebé: “que cuando te vean, digan: es mejor que su padre”.

Los siete dones del Espíritu se reciben en el bautismo, y se vuelven a recibir de otro modo en la confirmación. Es decir, la confirmación nos confiere todos los dones del Espíritu, según un aspecto concreto. Por la confirmación vivimos los siete dones según el bien común que se confía al confirmando, es decir, el bien común de la Iglesia. El Espíritu da luz y fuerza para instruir, transmitiendo la luz a otros. Así, quien es padre o madre necesita el temor de Dios, es decir, respeto ante la tarea de padre que Dios le confía. Necesita también piedad paterna, que le permite entender que el don se nos da para darlo. Necesita fortaleza, que se apoya en la fuerza de Dios, pues hemos de comunicar lo divino. Necesita consejo, porque se nos escapan los caminos para conducir la libertad de otro a su meta última. Necesita sabiduría, para no perder nunca de vista el fin último, el único por el que merece la pena generar a otro y educarle…

3. La misión: desbordar el crisma para recrear el mundo

Vemos, pues, que el Espíritu lanza más allá y es, por eso, protagonista de la misión de la Iglesia. Desde esta zona de España donde nos encontramos salió antaño un gran empuje de misión. Fray Luis de León, oriundo de Belmonte, dedicó su vida a expandir la verdad revelada y a hacerla fecunda en una lengua y en una cultura. De Villaescusa salió también el obispo Sebastián Ramírez de Fuenleal, que era la autoridad civil en México cuando se apareció allí la Virgen de Guadalupe. Allí Nuestra Señora fue misionera, pues generó una cultura apoyada en la maternidad y en la familia. También de cerca de aquí, de Belmonte, salió san Juan del Castillo, jesuita que trabajó en las reducciones del Paraguay, fraguando una sociedad que nacía de la fe en Cristo. Atendamos al Espíritu misionero de la Iglesia.

3.1. Confirmación: empuje a la misión

La misión de la Iglesia tuvo desde el principio dos ejes. El primero fue la edificación de la misma Iglesia como lugar donde se podía invitar al hombre, para que respirase y habitase en un lugar digno. La misión es posible desarrollando la comunión eclesial, alimentada por los sacramentos. Es misión vivir plenamente la fe, en sus relaciones, de modo que la vida del creyente atraiga a muchos.

A la vez, en segundo lugar, esta misión se vio desde el principio como algo benéfico para toda la sociedad. Es interesante el uso del nombre de “cristiano” en los primeros siglos. Procede de “Cristo”, que significa “ungido”, pero en griego hay una palabra de sonido similar, chrēstós, que significa “útil” o “bueno”. Entonces, los primeros cristianos argüían que el mundo no debía odiar a los cristianos, pues ellos eran útiles y buenos para toda la sociedad. De hecho, como dice la Carta a Diogneto, son los cristianos los que sostienen el mundo. Si los cristianos abandonasen ese puesto tan alto que les ha asignado Dios, el mundo dejaría de sostenerse y se hundiría. ¡Qué pretensión, siendo tan pocos! Solo se explica desde la conciencia de la altura a la que Dios les llamaba en Cristo.

Entendemos así que la misión consiste en que la Iglesia se desborde más allá de sí hacia otros. ¿Y por qué desean los cristianos atraer a otros hacia sí? Si el destino de los otros hombres nos fuera ajeno, no se explicaría este afán por atraerles. El escritor Javier Marias reprochaba agriamente a los cristianos el querer convertir a los demás, en vez de dejarlos en paz. Parece justo decir: “vive tu fe, pero sin molestar ni incordiar a los hombres que no quieren vivirla”. Ahora bien, la cosa cambia si esos hombres están en relación con nosotros, es decir, si son circunstancia nuestra, según lo de Ortega: “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo a mí”. Si el prójimo es mi hermano, entonces ocurre que si no le salvo a él no me salvo a mí. El deseo de evangelizar nace de una mirada distinta sobre los demás hombres, que brota de la revelación de Jesucristo como hermano que nos descubre como hijos de su Padre para conducirnos a Él. Entonces nos urge compartir y testimoniar el don recibido y la grandeza de vida que hemos experimentado: “no podemos menos de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).

3.2. Los retos nuevos en el orden social del siglo XXI

Entendemos entonces que la misión se expanda en la sociedad, transformándola para que crezca un pueblo cristiano. Vivimos en una sociedad que no solo ha negado el entramado cristiano de la vida, sino que ha negado también toda idea fuerte de bien. Desde la Segunda Guerra Mundial la única virtud aceptable ha sido la tolerancia, la apertura a lo diferente y diverso. Nos encontramos ahora, sin embargo, con un cambio, pues ha entrado en crisis la visión liberal, generando una mirada distinta sobre el mundo.

Por eso se habla hoy del retorno de los “dioses fuertes”. Tras la Segunda Guerra Mundial estos dioses fuertes fueron expulsados, por miedo a la violencia que provocaban. Y se creó una sociedad de dioses débiles: la tolerancia, el respeto, la duda sobre uno mismo… Pero hemos visto que estos dioses débiles no permiten vivir bien, pues logran solo a la larga una paz de muerte. Y por eso retornan hoy los dioses fuertes. Es decir, se aprecia de nuevo la identidad, la patria, la familia, incluso la fe…

Este retorno de los dioses fuertes devuelve esperanza, pero a la vez nos sitúa ante un reto. Pues el cristiano sabe que la fuerza viene de Dios, y que Dios es amor. Por eso la identidad, la patria, la familia o la fe se interpretan, no como marcas distintivas que dicen “¡aquí estoy yo!”, sino desde el don recibido al que se responde. El Evangelio, por ejemplo, relativiza la familia, en cuanto que la hace relativa al Creador, que es su fundamento absoluto. Y relativiza también la nación, porque la pone al servicio de un bien universal. La identidad no se defiende como algo cerrado y definitivo, sino como vocación que invita a crecer más allá de uno mismo. En suma, es necesario que todos estos “dioses fuertes” se llenen de la fuerza del Espíritu, es decir, se interpreten como un don recibido, como un amor que nace de este don, como un “más” que es el fruto de este amor.

Podemos desde aquí iluminar algunos lugares en los que el Espíritu se hace fecundo dando vida social.

3.3. Recrear la sociedad

En primer lugar, el Espíritu nos convence del papel generativo que tiene la verdad en nuestra sociedad. La verdad no es conocimiento abstracto que divide a los hombres y que resulta estéril. Al contrario, la verdad es una luz que desvela el origen y destino de las cosas. Y como ese origen está en un don primero y ese destino está en el fruto prometido por ese don, entonces verdad y don se corresponden y son inseparables. Conocemos algo en verdad cuando lo vemos a la luz del don originario y de su promesa de fruto.

Por eso la verdad es fecunda, es decir, no solo nos da una imagen del mundo, sino que lo transforma. Pues la verdad nos muestra el destino del hombre y, al mostrarlo, permite a la imaginación abrir caminos para alcanzar ese destino. La verdad cristiana es incomprendida por el mundo, no porque sea una verdad de ayer, sino porque es una verdad de mañana, que se anticipa a su tiempo.

En segundo lugar, el Espíritu abre el ámbito de las relaciones que ligan a los hombres en la sociedad. Además de establecer la verdad que genera, el Espíritu también crea relaciones que generan, que nos llevan más allá de nuestro pobre aislamiento.

Podemos pensar en la familia y en el trabajo. El crisma proyecta la vida familiar para que edifique más familia, porque ser familia consiste precisamente en irradiar. Por eso, según san Juan Pablo II, la misión de la familia consiste en ser ella misma.

También el trabajo, ungido con el crisma, es capaz de generar el mundo para Dios. En la Biblia se nos dice que el Espíritu inspiró a orfebres y carpinteros que trabajaban en la edificación del Templo, según se dice en Éx 35,35: “Les ha llenado de habilidad para hacer toda clase de trabajos de escultor, de diseñador, de bordador en púrpura, en púrpura violeta, en escarlata y en lino fino, y de tejedor; para realizar toda clase de trabajos y concebir diseños”.

Podríamos pensar que, dado el individualismo ambiente, dada la sociedad anti-familia, dada la visión utilitarista del trabajo, que el cristiano es un hombre con un tenedor en un mundo de sopa. Y puede ser que sea así. El Espíritu, en ese caso, nos fortalece para vivir esa dificultad ambiental. La buena noticia es que esa sopa es insustancial, y que la sustancia está en el fondo. Es decir, si vamos al fondo de la realidad, al fondo de nuestro trabajo, encontraremos sustancia que nutre.

En esta novedad generativa entran los llamados “terceros lugares”, lugares informales de intercambio que generan sociedad, pues solo cambiando la sociedad puede llegar a regenerarse la política.

Esto implica que la misión toca siempre nuestras relaciones. Los cristianos pueden evangelizar porque crean relaciones de amistad o de fraternidad, porque se acercan y se asocian a los demás hombres. Esa relación, cuando crece, llega a pedir el “más” de Cristo, quien lleva a todo a plenitud. Evangelizamos porque lo requiere la misma amistad que nos une a los hombres, pues la amistad, para ser plena, pide compartir la plenitud de la vida. El anuncio no es algo externo, sino que nace de la amistad y de su dinamismo.

Esto implica también que sea necesario evangelizar desde la relación. Quien evangeliza es la amistad que une a los cristianos, que se abre para acoger otras amistades. Quien evangeliza es la familia misma, que se acerca a otras familias. Y evangelizan los cristianos que trabajan juntos, y crean un entorno donde es posible trabajar en Cristo.

En tercer lugar, el Espíritu genera haciendo posible un futuro nuevo. Al invocarle como Espíritu Creador le confesamos como Espíritu que lleva a plenitud la creación. El Espíritu es el Creador, en cuanto que plenifica, pues hace a las criaturas capaces de participar de su fuerza creativa. Por eso donde Dios está se puede equiparar vida y esperanza. Es algo que nuestra sociedad está negando, con la eutanasia y el suicidio asistido. En estos casos se rompe el axioma común, de modo que ya no es verdad que “donde hay vida, hay esperanza”. La confesión de Dios desde el Espíritu permite devolver esperanza allí donde todo parece fallar.

Tenemos aquí el ejemplo de la educación, que afecta tanto a la familia como a la escuela y a la sociedad. El crisma toca al educador, pues a él le corresponde transmitir una chispa de vida a los hijos o alumnos. La clave es que el educador no se limita a repetir lo recibido, sino que es capaz de generar novedad, esa novedad que está desde siempre en el hijo. Por eso la educación puede verse como consecuencia de que hay nacimiento y de que hay bautismo, es decir, de que hay dos chispas que se encienden y aportan novedad. El Papa León XIV, en su encíclica Magnifica Humanitas trae ese texto clave de Platón donde habla de la educación para poder contemplar el Bien (n.140). Esa educación sucede en una conversación prolongada, donde en el contacto vivo con el maestro se frotan los pedernales hasta que salte la chispa de la verdad.

Hay un título que Jesús da al Espíritu: Paráclito, que es Consolador o Abogado. Se opone a un título de Satanás, el Acusador de nuestros hermanos. Satanás es el Acusador porque se presenta ante Dios para decirle que el hombre es en el fondo indigno de sus dones, que es un traidor y un malnacido. Es lo que ocurre en el libro de Job, cuando el diablo dice a Dios que Job le escupirá en la cara. Pues bien, desde que ha venido Jesús ha caído el Acusador, pues ahora ya es claro lo que el hombre puede dar de sí. Si el Hijo de Dios se ha hecho hombre, es vana toda acusación contra lo humano, que en Cristo es redimido y encumbrado sobre todos los ángeles.

Pues bien, el Espíritu es también Paráclito o Abogado, como dice Jesús: “os daré otro Paráclito”. El Espíritu es Abogado en cuanto que nos hace uno con Jesús, como afirma san Ireneo de Lyón, al llamar al Espíritu la “comunicación de Cristo”. De este modo, el Espíritu Abogado extiende a todos los hombres esa “fe en el hombre” de que hablaba san Juan Pablo II. Es fe en que todo hombre es capaz de convertirse, de volver a Dios, de generar un futuro mejor.

Terminamos volviendo a la imagen del “Apocalipsis permanente” con la que se ha descrito nuestra época. Hay una novedad constante del Espíritu que queda de manifiesto cuando lo describimos como “viento”. Así como el agua se puede almacenar en embalses para luego recoger su energía; y así como el fuego de alguna forma se almacena en el aceite o petróleo; el viento no puede almacenarse, su energía no la controlamos, pues no existen silos de los vientos o, si existen, como dice la Biblia (Sal 135,7), están en manos de Dios. El Espíritu, por tanto, es el factor sorpresa, que lleva al hombre más allá de sí, cuando Él quiere y como Él quiere.

El Espíritu aparece precisamente al final del Apocalipsis cuando, con la esposa, grita al esposo, a Jesús: “¡Ven!” Revelar significa quitar el velo, y el velo que el Apocalipsis quita es el velo de la esposa, porque todo concluye en bodas. El Espíritu se asocia con una nube o velo, porque deja ver, pero, a la vez, indica que hay mucho más que ver, que la visión no se agota, y por eso el Espíritu, al que decimos “¡Ven!”, hace que gritemos “¡Ven!” al Señor Jesús, de fuego en fuego.

P. José Granados García

Superior General DCJM

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