“El correr de las acequias alegra la Ciudad de Dios” (Sal 46,5). Este verso del salmo encuentra su plenitud en la fiesta de hoy, el Corazón de Jesús. Pues su Corazón se ha abierto para que mane un agua que riega la Iglesia, ciudad de Dios. Igual que un río, a su paso, va creando vegetación y bosque, así el agua que mana de este Corazón va a su paso creando y fecundando. Pero no crea simple vegetación, sino que crea una ciudad, calles y plazas, la ciudad de Dios, en la cual todo es personal y todo está vivo y es fecundo.
1. Esta dimensión comunitaria y pública ha sido subrayada desde los comienzos de la devoción al Corazón de Cristo, que nace frente a la secularización y el laicismo modernos. Al abrirse este corazón descubrimos que dentro está la Iglesia, ciudad y esposa sacada del costado del nuevo Adán. Dijo san Agustín: “Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el olvido de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el olvido de sí, la celestial” (Ciudad de Dios, XIV). Es el amor de Dios el que hace la ciudad de Dios, y ese amor se contiene en el corazón de Jesús. Ahora bien, como el amor de Dios se nos revela en un corazón humano, y nos ama con lazos humanos, la frase de san Agustín puede reformularse. La ciudad de Dios nace del amor de Dios hasta llegar al pleno amor de todo lo humano. Solo cuando el hombre pone a Dios sobre todo, llega él mismo a ser verdadero hombre.
En la visita del Papa León XIV a España, recién concluida, grandes multitudes se han reunido en Madrid para ver al Papa. Así que hemos visto, ciertamente, al Papa. Pero hemos visto algo más. Hemos visto a la Iglesia. Se nos ha manifestado en rostros concretos de entusiasmo por encontrar al sucesor de Pedro. Ha surgido algo que intuíamos, pero que estaba oculto: el proceso de crecimiento de la fe y su despertar entre los más jóvenes. Esta manifestación es un don del Corazón de Jesús para nuestro camino.
Entendemos así que el río que mana del corazón de Cristo, al dar vida a la Iglesia, da vida desde ella a todas nuestras relaciones. A comienzos del siglo pasado Romano Guardini acuñó una famosa frase, al constatar cómo la Iglesia se volvía a vivir como misterio y no como una estructura externa. Dijo: “la Iglesia renace en las almas”. Ahora bien, si la Iglesia es misterio de amor que brota del Corazón de Jesús, entonces esta frase significa también: la Iglesia renace en nuestras relaciones.
¿Qué quiere decir esto? Si el corazón de Jesús nos revela el amor del Padre por cada uno de nosotros, este corazón nos revela también que Dios nos ama juntos, que ama nuestra concordia y el amor que nos une. Y si el corazón de Jesús revela también la capacidad del hombre para responder al amor de Dios, ahora entendemos que este corazón revela también cómo nuestro amor es capaz de crecer hacia Dios, de perdonar, de conducir al amado hacia lo alto. “Mi soledad termina en tu latido”, dice el poeta Luis Rosales a su corazón. Y esta frase podemos decírsela al Corazón de Jesús: “Nuestra soledad termina en tu latido”. O, en positivo: “Nuestra comunión empieza en tu latido”.
2. Además, en este corazón no encontramos solo el principio de unidad de los cristianos, sino el principio que mantiene unido todo el mundo. Por eso León XIII, al empezar el siglo XX, pudo consagrar al corazón de Jesús, no solo la Iglesia, sino el mundo entero. Ante esto se presentaban objeciones: ¿cómo consagrar al amor de Dios aquellos que no conocen este amor o que incluso lo desprecian? ¿puede uno ser consagrado a Dios sin saberlo o incluso oponiéndose visceralmente a ello?
León XIII respondió que, aun cuando muchas personas no aceptan el señorío de Cristo, ninguno queda fuera de tal señorío. Su corazón es el origen y el destino de todos los demás corazones. Para probarlo el Papa citó a san Agustín: “¿Buscáis lo que Jesucristo ha comprado? Ved lo que dio y sabréis lo que compró: La sangre de Cristo es el precio de la compra. ¿Qué otro objeto podría tener tal valor? ¿Cuál, si no es el mundo entero?” (Comentario a san Juan, XX). Pregúntate, podríamos añadir, por el amor que mana de este corazón. Y aquí no hay solo un amor que da lo que tiene, sino el amor omnipotente que da todo lo que existe y es.
Es verdad que muchos corazones humanos no tienen en el Corazón de Cristo el camino del amor. Pero sí que tienen en él el origen y el destino, la vocación y el descanso. La misión de la Iglesia es abrir camino donde no lo hay, pero no lo hace desde cero, sino uniendo el destino y la plenitud que hay en todos los corazones humanos. Esto da gran esperanza: al hablar del amor de Cristo no lo hacemos solo desde fuera, enfrentándonos con la indiferencia o el rechazo. Todo lo que decimos resuena en los corazones de quienes nos escuchan, por alejados que estén de Dios. Y todo lo que decimos resuena en la inspiración más honda de la sociedad.
La misión de la Iglesia es recordar cómo todo se sustenta en este amor de Dios, y cómo, sin el amor vivo de Dios, todo acaba cayendo. Fijémonos: no se trata solo de fundar la vida social en la existencia de Dios, en algo transcendente o absoluto. Se trata de fundar la vida social en un Dios que, en el Corazón de Cristo, se ha revelado como amor radical por lo humano y que potencia lo humano. Si Dios es este amor sobreabundante, la persona tiene dignidad, porque es amada infinitamente por Él. Si Dios es este amor que justifica, se puede edificar sobre la justicia y esperar en ella. Si Dios es este amor gratuito, lo que une a la sociedad no es la mera utilidad, sino la gratitud y la esperanza. Si Dios es palabra de amor, entonces se podrá fundar la sociedad sobre la razón, y no sobre el conflicto.
3. A esto podemos añadir: si Dios es este amor, entonces siempre hay futuro. Hoy la Iglesia es la que protege el futuro, cuando la esperanza resulta contracultural. De ese futuro último nos habla también el corazón de Cristo, pues sus acequias nos llevan a la ciudad definitiva, a la patria. El Corazón de Cristo despierta así el deseo de encontrar a Dios, que es también deseo de encontrar la patria definitiva.
Hace poco tuve la ocasión de descender en canoa durante una semana un largo río. Así como la montaña simboliza la ascensión hacia la meta, me preguntaba cuál era el simbolismo de ese descenso. Conversando con los compañeros de viaje salió ese texto de santo Tomás, donde comenta el Eclesiastés, y que habla de los ríos que vuelven a su fuente. El Eclesiastés habla aquí del círculo continuo de la naturaleza, donde todo acaba y vuelve a empezar sin meta clara. Según santo Tomás, este río que regresa a su fuente se inaugura con la Encarnación. Es decir, los ríos normalmente van a la mar, que es la muerte. Pero Cristo es el Hijo de Dios que ha entrado en la historia y ha reconducido la historia al Padre, que es su origen y su fuente. Por tanto, el río de la vida vuelve a su manantial originario.
Y si la historia vuelve a su fuente, entonces este deseo de la patria no nos separa de la historia del mundo y de nuestros contemporáneos. Pues sabemos que, estando la fuente en el origen y en el destino, está también en el camino, continuamente contamos con su ayuda. Y esto nos permite conducir todo el mundo a la meta alta a la que el Señor quiere conducirlo. Así, sabiendo cuál es la ciudad a la que peregrinamos, podemos imaginar mejores vías para que alcance su descanso definitivo en Dios.
Eso sí, sabemos que para llegar a esa meta no basta nuestro esfuerzo, porque se trata de nacer, de atravesar la muerte hacia una nueva vida, se trata del sacrificio. Este es el sacrificio, el nacimiento hacia Dios, que vamos a realizar ahora en esta Eucaristía y que continuamente nos une con la fuente originaria. Cuando se complete el sacrificio y el río del Corazón de Jesús nos conduzca a la patria, sucederá lo que escribe san Agustín al final de La Ciudad de Dios: “Allí descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos. Esto es lo que haremos al final, y lo haremos sin final”.
P. José Granados, dcjm
