
Homilía de la primera profesión religiosa en los Discípulos de los Corazones de Jesús y María de Ricardo Ruiz del Castillo, Juan Pablo Chércoles y Adrián Castillo
“Tomó consigo a Ricardo, Juan Pablo y Adrián, subió con ellos al monte y se transfiguró delante de ellos”. El Evangelio de este segundo domingo de Cuaresma no dice exactamente esto. Pero hay un paralelo entre vosotros, que hoy profesáis los votos, y estos discípulos predilectos, Pedro, Santiago y Juan, que escucharán a Dios decir: “este es mi Hijo predilecto”. ¿En qué consiste esta predilección que compartís con estos tres discípulos?
Antes de subir al Tabor Jesús había predicho a sus discípulos su pasión y muerte. Ellos le escucharon con miedo, hasta el punto de que no se atrevían a preguntarle (Lc 9,45). También hoy vivimos tiempos de miedo al futuro: crisis económica, crisis de vivienda, crisis del medio ambiente, crisis de la guerra. Se dice que no es un buen tiempo para ser joven, pues el joven vive tendido al futuro y hoy deseamos que el futuro no llegue. E incluso hay un miedo peor para los jóvenes: miedo a que el futuro no traiga nada, a que la vida no termine con una explosión, sino desinflándose lentamente, el miedo a la desesperanza. Pues el anciano teme cuando falta seguridad; el joven teme cuando falta horizonte.
Precisamente para quitar el miedo a los discípulos y comunicarles audacia sube Jesús al Tabor. Lo hace ocho días después de haber predicho su pasión y muerte, porque va a mostrar a los discípulos la luz del día octavo, que es la luz de la Pascua. Esta es la luz de la meta a la que Dios destina todo: la humanidad glorificada a Jesús, promesa de nuestra humanidad glorificada. Así que Pedro, Santiago y Juan perciben la grande gloria que nos espera en el futuro y la ayuda que Cristo nos da para alcanzar ese futuro. El Señor les pide luego que comuniquen a todos esa esperanza, cuando Él resucite. Y de este modo los cristianos, a la luz del Tabor, vencen el miedo, llenándose de audacia y esperanza.
Pues bien, esta esperanza y audacia ante el futuro se vive en la Iglesia según dos modos que se complementan. En la vocación al matrimonio se trata de una esperanza y audacia pacientes. Pues los casados participan en el tiempo de esta creación, que avanza poco a poco hacia Dios al ritmo del amor humano entre hombre y mujer, de los hijos que nacen y son educados, de las generaciones que se suceden con paciencia en el tiempo. Pero esta no es la única forma de vivir la audacia.
En efecto, los llamados a la vida consagrada viven una audacia impaciente, pues quieren que llegue ya el destino y se haga presente ya esa luz de la Transfiguración. Se ha dicho que el tiempo cristiano tiene la fórmula “ya sí, pero todavía no”, pues ya vivimos la presencia de Cristo resucitado, pero aún ha de plenificarse en nosotros esa presencia. Podríamos decir que, para quien está llamado a la vida consagrada, la fórmula es, más bien, “¡ya ya!”, por la impaciencia de que venga pronto el Reino. El religioso vive de modo que en cada amor, en cada lugar que habita, en cada proyecto que emprende se pone ya en fuego, por anticipado, el encuentro definitivo con Cristo glorioso para ser uno con Él.
De hecho, Pedro, Santiago y Juan, comparten esta impaciencia. Pedro pide que el Señor le lave, no solo los pies, sino manos y cabeza. Santiago y Juan quieren que descienda fuego del cielo, sin esperar a Pentecostés. Santiago será el primero que evangelice el fin del mundo y después inaugurará el martirio entre los Apóstoles. ¿No fue esta impaciencia la razón de que fueran los predilectos? Y Cristo sube a estos impacientes al Tabor para azuzar su impaciencia, mostrándoles el gran destino que les aguarda, y que puedan dar testimonio a todos los hombres de esta urgencia del Reino, para que nunca lo olviden. Recordamos a san Pablo VI: “hacer mucho, hacer bien, hacer pronto”. Veamos esa impaciencia declinada en los tres votos.
a) Virginidad: impaciencia del amor
Frente al miedo a amar propio de nuestra época, la vida religiosa vive la audacia impaciente por alcanzar ya el amor definitivo. Este es el voto de virginidad. Ahora bien, para subir al Tabor, Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan. Esto nos recuerda que en la subida de la vida consagrada, el amor de Jesús nos precede. Es decir, esta impaciencia no comienza por nosotros sino por el mismo Jesús. Si sus discípulos preferidos eran impacientes, es porque reflejaban la impaciencia de su Maestro. Ellos son locos por Cristo, pero… ¡el primer loco es Cristo mismo!
Jesús es el divino impaciente, que desea ardientemente comer la Pascua, que quiere que ya empiece el incendio que ha venido a traer al mundo. Tan impaciente estaba, que no esperó a resucitar, sino que se transfiguró ante ellos. Y luego, tras resucitar, siguió tan impaciente, que no esperó a que la Iglesia caminase poco a poco hacia la gloria, sino que regaló a su Iglesia la vida consagrada, que adelanta ya ahora esa gloria última. La virginidad nace de esa impaciencia que Cristo expresó al Padre: “este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy y contemplen mi gloria” (Jn 17,24).
Esta impaciencia de Cristo suscita la impaciencia de los discípulos. En el Tabor suena esa palabra del Padre: “Este es mi Hijo, el amado”. El Hijo no es un amado cualquiera, sino el Amado, pues en Cristo se concentra todo el amor del Padre. Todo lo que Dios ama lo ama hacia Cristo y en vistas a Cristo. No hay amor de Dios que no se dirija a Cristo. Por eso, puede mirarse a toda la creación como un don o regalo que el Padre hace a su Hijo amado. Nosotros hemos recibido de Dios la vida y, con gratitud, estamos llamados a responder a ese amor entregando la vida. Pues la vida solo se gana si se dona. ¿Y a quién la donamos? Nuestra vida solo llega a plenitud cuando se dona a Cristo, pues Él es el Amado a quien está orientada toda la creación, como la flecha al blanco.
Esto es verdad también para los que están llamados al matrimonio. El don pleno de la vida no lo hacen los dos esposos el uno al otro, porque ninguno de los dos es capaz de llenar el corazón del otro. Ambos están llamados a unirse para, juntos, entregarse a Cristo. Pues bien, lo propio de la virginidad es la impaciencia en el amor a Cristo. Queréis ir directamente a la plenitud de ese amor, dirigir todo vuestro amor a la unión con Cristo. Es lo de san Juan de la Cruz: “¡Descubre tu presencia / y máteme tu vista y hermosura!”
Esta frase del Padre en el Tabor (“¡mi hijo amado!”) puede aplicarse también a la Virgen María. De Ella dice también el Padre: “está es mi hija agraciada, que ha hallado gracia, es decir, que ha hallado amor ante mí”. Cristo muere en la Cruz para rescatar la belleza de María, preservándola del pecado, y que así Dios pueda donar también el mundo entero a María. El mundo entero es un regalo de Dios a María. Y hoy vosotros os hacéis ofrenda a María, caballeros de María, para servir a su honor: “Por ti, mi Reina, la sangre dar”.
b) Pobreza: impaciencia de la patria
Además del voto de virginidad, impaciencia del amor, vais a hacer voto de pobreza, impaciencia de la patria. San Pedro dice en el Tabor: “Haré tres tiendas”. El Apóstol piensa en la fiesta de Sucot, fiesta de las chozas. Esta fiesta recordaba la peregrinación de Israel por el desierto a partir de la salida de Abraham de su tierra. En esta fiesta se preparaban las tiendas para cuando el Mesías llegase con su gloria. Pedro cree que este momento ha llegado y por eso pide que se instaure ya la gloria definitiva.
Ahora bien, a las tres tiendas que propone san Pedro, responde el Padre con una tienda mayor, pues envía su nube que lo cubre todo. Esta nube luminosa recuerda la tienda del encuentro en el Antiguo Testamento, donde Dios vivía con los suyos. En la plenitud del tiempo esa tienda es el cuerpo de Jesús, y por eso tras disiparse la nube “no vieron a nadie sino a Jesús solo”. San Pedro tiene que aprender que para estar bien basta la tienda que es el cuerpo de Jesús. La pobreza no consiste en renunciar a toda morada, sino en instalarse ya en el cuerpo de Cristo. La pobreza significa que la patria puede vivirse ya en este mundo en camino, que puede anticiparse, porque se vive ya en el cuerpo de Jesús, definitiva tienda.
Por tanto, la patria del consagrado se identifica con la Eucaristía, con el sagrario. Dicen que, junto a la geografía material de una ciudad o país, existe también una geografía sentimental o afectiva. En Google Maps aparece un corazón en los sitios más ligados a nosotros. Para un enamorado el centro de la ciudad es la casa de su amada. Toda la ciudad gira en torno a ese punto. Las arterias principales son los caminos que transita diariamente la amada. Las periferias son los lugares a donde su amada nunca ha ido. Y tal vez la Gran Vía de Madrid es en ese mapa afectivo una callecilla, porque la amada no la frecuenta.
Pues bien, vuestra geografía sentimental o afectiva se centra en el sagrario. Pobreza es habitarlo todo desde el sagrario. Pobreza es que el sagrario nos baste para tener hogar y que todo lugar que habitamos irradie sagrario. El pobre es quien puede mudarse fácilmente, de un lado a otro, no porque le falte hogar, sino porque allí donde hay un sagrario tiene hogar.
También en esto nos acompaña María, que es tabernáculo donde Dios habita. María pone de relieve que la Eucaristía es, no solo presencia de Cristo, no solo alimento que fortalece, sino morada donde es posible habitar juntos. Pues es propio de la mujer generar espacios acogedores que nos protegen y reafirman nuestra identidad. Así que María ayuda a hacer eucarísticos todos vuestros espacios. Ante el sagrario podéis rezar, con Santa Teresita: “Mi única patria, tu santa Faz”.
c) Obediencia: impaciencia de generar
Junto a la impaciencia del amor y la impaciencia de la patria, está la audacia de generar. Esta audacia vence otro miedo de nuestro tiempo, el miedo a tener hijos, que es el miedo a proyectar un futuro que nos supera. Esto sucede para los consagrados en esa audacia impaciente que es el voto de obediencia. La obediencia nace desde la impaciencia por generar este mundo ya a su meta última en Dios. Solo si somos obedientes, solo si entramos en un querer más grande al nuestro que es el querer encarnado de Dios, es posible esta generación tan alta, que llegue a Dios mismo.
Por eso esta impaciencia está unida a la acogida de Dios como Padre, que quiere que todo el mundo desemboque en su Hijo. El Padre quiere que todo el mundo nazca para Cristo, y os pide que participeis en esta generación. En la fórmula de votos diréis al superior que recibe vuestra profesión que “le tenéis en lugar de Dios”. Esto parece excesivo. Pensar que el superior está en lugar de Dios, ¿no le da un puesto exagerado que oprime la libertad humana? Para entenderlo es preciso aclarar que, cuando en la fórmula de votos se dice “en lugar de Dios”, se quiere decir “en lugar del Padre”. Y al tener y acoger a un padre no se pierde la libertad, porque lo que el padre busca es precisamente que el hijo expanda su libertad.
También la Virgen María ilumina en el Tabor vuestra obediencia. Dice Fray Luis de León que la palabra “monte”, suena en hebreo (har) cercana a la palabra “concebir” (hārāh). Así, decir el “monte” es decir el “preñado”. En Guadarrama hay una montaña que, por su forma de una mujer yacente, se llama “La mujer muerta”. María, por el contrario, es montaña que tiene forma de “la mujer viva”, pues su seno da a luz al mundo para Dios. María es ese espacio donde nuestra acción recibe el don divino para generar el mundo para Dios. Pidamos que María, la mujer viva, impaciente por dar a luz el mundo para Dios, bendiga vuestra divina impaciencia. San Ireneo interpretaba que María, al pedir a Cristo que trajera el vino a Caná de Galilea, estaba pidiendo ya, impacientemente, el vino de la Eucaristía, la sangre de Jesús. Es impaciencia porque en María suceda Cristo y, por Cristo, lleguemos ya al Padre.
