Acaba de concluir la visita del Papa León XIV a España. Le hemos acogido con gozo y expectación, con deseo de verle y escucharle. ¿Qué nos ha dejado esta visita? ¿Qué tarea nos abre? Para verlo, ayuda examinar qué se ha manifestado en ella y qué hemos contemplado.


1. Mucha gente estos días ha acudido a “ver” al Papa. Deseo legítimo, pues el Papa es visible fundamento de Iglesia unida en fe y comunión. Y, de hecho, la visión del Papa ha ido de la mano con una visión más radical: hemos visto el rostro de la Iglesia, creyente y unida.


En efecto, quienes hemos acudido a la convocatoria del Papa, especialmente en los actos multitudinarios de oración, hemos percibido un ambiente singular de fe, alegría, esperanza, que se declinaba en cantos, conversaciones, silencios. Un pueblo joven y familiar salía a la calle para celebrar el gozo de la vocación cristiana. Se ha manifestado el rostro de la Iglesia, la Esposa de Cristo.


Esto ha sido una sorpresa en esta sociedad secularizada, donde muchos relegan la fe a los museos. Sale a la luz lo que ha ido sucediendo durante los últimos años: el revivir lento y silencioso, sobre todo entre jóvenes, de un deseo renovado de Dios. Si Romano Guardini declaraba, mediado el siglo XX, que “la Iglesia renace en las almas”, hoy presentimos que la Iglesia puede renacer en calles y plazas, en el mundo el arte, de la cultura, del dolor humano, de la política…


¿Qué nueva responsabilidad se suscita al reconocer esta promesa vital de la Iglesia? ¿Qué nueva paternidad prenderá en los sacerdotes, al ver de modo nuevo a su Esposa? ¿Qué empuje misionero saldrá a la luz en los cristianos, si se saben respaldados y esperanzados por una fe que contagia? ¿Qué horizonte descubrirán los más jóvenes, al ver que la esperanza cristiana rima con sus deseos de vida grande y bella?


2. Esta manifestación de la Iglesia ha creado el ambiente donde es posible aquello que muchos anhelaban: ver al Papa. Ciertamente, este ambiente no era imprescindible para verle por fuera. Pero sí lo era para una visión más honda: contemplar el corazón del Papa. Y León XIV ha venido a España para que viéramos su corazón.


Todo pontificado se revela poco a poco. El Papa León ha dejado claro desde el principio que quiere traer unidad a una Iglesia polarizada dentro de un mundo polarizado. Lo que no se ha desvelado tan pronto es el modo con el que quiere forjar esa unidad. Pues para la unidad no basta mantenerse a distancia de los extremos. Es necesario acudir al manantial que nos acomuna y que aporta dirección y empuje al camino común. En este viaje se ha mostrado donde piensa León que yace este manantial. ¿De qué manantial se trata?


La respuesta se ha revelado en sus discursos pero, aún más, en sus gestos. Ha aparecido con fuerza la Eucaristía, decisiva en los dos grandes eventos de Madrid, en torno al Corpus Christi.

Cuentan que el Papa, al planear la procesión, no quiso que la custodia fuera en una carroza, acompañándola él por detrás, pues en ese caso la gente miraría al Papa, y no a la Eucaristía. Y el momento álgido de la vigilia de oración fue el silencio ante el Santísimo expuesto.


Esto es, creo, lo que hay en el corazón del Papa: la Eucaristía. Poner en el centro a la Eucaristía es poner en el centro a Dios, y a un Dios que nos envía a su Hijo Jesucristo. Es poner en el centro a Jesucristo, y a un Jesucristo que hace a la Iglesia su cuerpo, para que los cristianos amen al prójimo con el mismo amor de Cristo. Es poner en el centro a la Iglesia, cuerpo de Cristo, y una Iglesia que lleva la Eucaristía a todas las calles y plazas de la ciudad de los hombres.


Porque en el corazón del Papa está el deseo de una fe que transforme la sociedad, desde la familia a la eduación, desde el arte al deporte, desde la crisis migratoria a la política. Y esta propuesta de León ha sido acogida estos días por toda la sociedad, sorprendida de que el cristianismo pudiera decir una palabra sencilla, ponderada e incisiva sobre los problemas de hoy.


3. A quien ha visto el rostro de la Iglesia y ha visto el corazón del Papa, se le abre una nueva visión para el futuro. Es visión esperanzada, porque vemos brotes verdes donde creíamos que solo había desierto. Es visión serena, al entender que nuestro destino no depende de esta o aquella crisis, ni de tal o cual opción política, sino de la llamada irrevocable de Dios a que florezcamos en su ciudad, la Iglesia. Es visión paciente, porque reconoce en el bautismo y en la Eucaristía el fermento que transforma el mundo. Es visión luminosa, pues la fe ofrece criterio ponderado para juzgar lo que sucede y chispa para renovarlo todo. Es visión orante, para que el Señor fortalezca al sucesor de Pedro, cuando la lucha arrecie, y así pueda cumplir su misión de confirmar en la fe a sus hermanos.


Pues, además de lo que nosotros hemos visto, no olvidemos que el Papa también ha visto. Ha visto, acaso con gratitud y sopresa, el rostro de su Esposa, que el Señor le encomienda. Y es difícil quedarse indiferente ante una revelación así. Porque todo don suscita, en un corazón noble y generoso, el deseo de vivir a la altura de ese don. Si esto sucede en León XIV, este viaje no tendrá solo efecto para España, sino para todo su pontificado y, por tanto, para el mundo entero.

P. José Granados dcjm,

Superior General

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